Carta del Obispo de Posadas – QuintoDomingo de Pascua - 24.04.05

El texto de este domingo (Jn. 14,1-12), nos presenta la partida de Jesús. La liturgia nos prepara para las celebraciones de la Ascensión del Señor y Pentecostés. En este anuncio que realiza Jesús se genera un diálogo con sus discípulos que es importante que nosotros tratemos de actualizarlo. El Señor después de varios encuentros posteriores a su Resurrección, comienza a advertirles de su partida: “En la casa de mi Padre hay lugar para todos; si no fuera así, ya lo habría dicho; ahora voy a prepararles ese lugar...” Para llegar a ese lugar les dice que saben cual es el camino. Tomás con asombro le pregunta: “Pero, Señor, no sabemos a donde vas, ¿cómo vamos a saber el camino? Jesús le respondió: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie puede llegar hasta el Padre, sino por mí” (Jn. 14,2.5-6).

Durante el tiempo de la Pascua profundizamos en la necesidad de comprender que para llamarnos cristianos necesitamos tener o buscar un encuentro con la Persona de Jesucristo, muerto y resucitado. No es suficiente tener solo una captación intelectual de Jesucristo o de algunas de sus enseñanzas. Por el contrario el llamado es a tener un encuentro personal y Pascual con Él. Él mismo se revela como el Camino, la Verdad y la Vida y por lo tanto el camino necesario para entender que Dios es nuestro Padre. Esta formulación es central en orden a tener la certeza que todos los hombres y mujeres son mis hermanos, dándoles a nuestras relaciones humanas una dignidad más plena y responsable.

Para los cristianos que nos toca iniciar este siglo XXI nos es indispensable tener este encuentro personal con Jesucristo, el Señor y asumir la comprensión de Dios como Padre, sobre todo porque se va acentuando en los grandes centros urbanos el problema del secularismo. El documento de la C:E:A: “Navega mar adentro”, nos señala al respecto: “El secularismo actual concibe la vida humana, personal y social, al margen de Dios y se constata incluso una creciente indiferencia religiosa” (29).

Considero fundamental comprender el problema del “secularismo” porque inevitablemente todos formamos partes de ambientes que tienden a mimetizarnos y debemos discernir con libertad para realizar bien nuestras opciones. Para esto nos ayuda la aclaración del Concilio Vaticano II, en el documento “Gaudium et Spes”, señalando la diferencia entre “la legítima secularización” y “el secularismo”. Es importante para los laicos comprender esta diferencia para vivir su propia vocación de transformar las realidades temporales en sus ambientes y ser instrumentos en la Evangelización de la cultura.

La legítima secularización implica la necesaria autonomía de las realidades temporales. Autonomía de las leyes naturales y la libertad con que Dios nos ha creado. En general cuando tenemos una enfermedad recurrimos a un médico y tomamos una medicina adecuada e indicada por la ciencia. Lamentablemente se multiplican las propuestas religiosas que no respetan esto casi obvio de la justa autonomía de las leyes naturales, dando lugar a todo tipo de “sanaciones”, supuestos curas o doñas que obran una especie de milagros. A veces se cae en un proselitismo donde lo religioso se transforma en una oferta de consumo. En estos casos se elude la antigua enseñanza de la teología católica: “la gracia supone la naturaleza”. Es cierto que Dios puede obrar milagros y sanarnos, pero no es lo habitual y nosotros no podemos manejar la voluntad de Dios. Hace algunos domingos señalaba que Jesucristo no nos enseña que debemos aprovecharnos de la fe, ni de la vida, sino por el contrario debemos desde la fe comprometernos con la vida e incluso donarla por amor. Cuando entendemos esto empezamos a comprender la Pascua y cual es el Camino hacia el Padre.

Distinta a esta “justa secularización”, es “el secularismo” que desconoce a Dios, lo omite, ni siquiera lo discute. “El olvido de Dios, fundamento último de todo valor ético, conlleva al riesgo de alimentar en los hombres la autosuficiencia y absolutizar el poder, el dinero, la razón, la mera eficacia o el Estado mismo” (L.P.N.E. 12).

El secularismo, este mal que margina a Dios, generando ambientes desde algunos medios comunicacionales, programas educativos, culturales, nos dejan “huérfanos” y vacíos. La vida sin horizontes, se va haciendo pragmática, materialista y sin valores.

En el Evangelio de este domingo Jesús nos dice que Él es el Camino hacia el Padre. Necesitamos en medio del secularismo creciente sobre todo en lo urbano, sabernos hijos y hermanos para generar una cultura más solidaria, donde nos sintamos parte de la familia humana.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez

Cartas del Obispo
Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
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