Hace algunos domingos, reflexionando sobre las vocaciones señalaba que la gran mayoría de los bautizados son los laicos. Su vocación específica como cristianos es cumplir la misión de transformar las realidades del mundo. Son los cristianos que viven en nuestras ciudades, o en el campo, llamados a construir una familia, a comprometerse en sus trabajos, como docentes, políticos, como comunicadores sociales o bien en el trabajo silencioso y fecundo de la chacra o en una carpintería como el gran San José a quien hoy recordamos especialmente en este primero de mayo. Esta vocación laical es aquella que hoy tiene como exigencia, sobre todo en nuestra dirigencia, el generar valores nuevos y con sentido ético.
Hace casi 40 años la Iglesia, en el Concilio Vaticano II, profundizó sobre la vocación y misión de los laicos. Durante todos estos años fueron muchos los documentos que ahondaron este tema. Lamentablemente tenemos que ser sinceros y debemos reconocer que ha sido muy lenta la comprensión y puesta en práctica de este tema fundamental para la Iglesia. En Misiones aún contando con siglos de presencia de la Iglesia, hubo rupturas profundas como la expulsión de los Jesuitas y las luchas de la independencia, inmigraciones con muchas tradiciones “culturales” y la lucha por sobrevivir en una sociedad vital y nueva, que no hicieron fácil la asimilación de la formación de un laicado en sintonía con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, sobre la teología del pueblo de Dios y la comprensión del compromiso del mismo laicado en la transformación de nuestro mundo misionero con criterios más impregnados por valores, como la ética y la justicia.
Próximos a la celebración del domingo de Pentecostés, en donde la Iglesia recibe al Espíritu Santo prometido: “Les daré otro Paráclito para que esté siempre con ustedes” (Jn. 14,16), es bueno recordar que cuando hablamos de la Iglesia sería un error creer que nos referimos exclusivamente al templo o al obispo, a los sacerdotes o religiosos. Todos los bautizados somos parte de la Iglesia.
Algunas veces escuchamos erróneamente “la Iglesia no debe meterse en política”. Quienes dicen esto en general se refieren al rol del sacerdote y es cierto que los pastores (“y no sólo los católicos”) no debemos identificarnos con un “partido” porque tenemos que ser factor de comunión para los que piensan diferente y no es bueno influir en la conciencia de los laicos en temas opinables. Es lamentable que sobre todo en tiempos electorales nos encontremos con pastores que hacen de punteros políticos y negocian ventajas a cambio de la manipulación de sus feligreses. Es cierto también que erróneamente se dice esta frase “la Iglesia no debe meterse en política” cuando los sacerdotes predicamos necesariamente sobre temas que tienen que ver con la ética y el bien común. Los que cometen este error confunden: política, partidos políticos y temas éticos. Aquí debemos recordar que los laicos que son parte de la Iglesia, deben comprometerse con la política y los partidos, si es que tienen vocación y en todo caso todos los miembros de la Iglesia deben interesarse por la política como ciudadanos. Por lo tanto dicho todo esto la frase correcta tendría que ser que “la Iglesia debe meterse en política” y cada cristiano debe hacerlo según su vocación.
En muchas oportunidades nos cuestionamos y aparece en nuestras conversaciones el tema de la grave ausencia de laicos comprometidos en la dirigencia argentina. Al decir esto no me refiero solo a la dirigencia política, sino también empresarial, sindical, a los comunicadores sociales, educadores... ¿Si nuestro país es fundamentalmente cristiano, por qué nuestros dirigentes no generan una sociedad más humana y con sentido ético? ¿Por qué se da esta red de corrupción, tanto en las grandes estructuras, como en los pequeños pueblos y organizaciones?
Cuando evaluamos las causas de esta ausencia del laicado en la transformación del mundo, muchas veces señalamos fundamentalmente la falta de formación. Es frecuente que cuando asumen roles dirigenciales rápidamente se mimetizan con “malas praxis” y se olvidan de su compromiso cristiano. Debemos también señalar que nosotros los pastores en general no sabemos como acompañar a nuestros laicos. Por ello se hace urgente acentuar la formación del laicado, en temas de ciudadanía, doctrina social de la Iglesia y en ética social. Desde ya que no se trata únicamente de una formación intelectual. Solo cuando ponemos en práctica lo que creemos podemos comprender más profundamente las enseñanzas de Jesucristo y ser constructores en nuestra Patria y Provincia que nos reclama un compromiso inédito.
Jesucristo, en el Evangelio que leemos este domingo (Jn. 14,15-21) termina diciéndonos con claridad esta exigencia de poner en práctica lo que creemos: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama, y el que me ama será amado por mi Padre” (21). En la comprensión y puesta en práctica de la vocación y misión de los laicos en nuestro tiempo, recae uno de los grandes desafíos que deberá profundizar la acción evangelizadora de la Iglesia en este inicio de siglo.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez