Cristóbal
Colón
Cristobal Colón Carta a los Reyes Católicos («La
Tierra de Gracia»)
Partí en nombre de la Santísima Trinidad el miércoles
30 de mayo de 1498 de Sanlúcar de Barrameda y navegué
a las Islas Madera por camino no acostumbrado, por evitar los
perjuicios que me hubiera causado una armada francesa que me aguardaba
cerca del cabo de San Vicente, y de allí a las Islas Canarias.
De aquí partí con una nave y dos carabelas; envié
los otros navíos directamente a la Isla Española,
y yo navegué rumbo al Sur con propósito de llegar
a la línea equinoccial, y de allí seguir al Poniente
hasta que la Española quedase al Norte. Llegando a las
islas de Cabo Verde (falso nombre, porque son tan secas que no
vi en ellas cosa verde alguna) con toda la gente enferma, no osé
detenerme en ellas y navegué al Sudoeste 480 millas, donde
anocheciendo tenía la Estrella Polar en cinco grados. Allí
me desamparó el viento y entré en una zona de calor
y tan grande, que creí que se me quemarían los navíos
y la gente. El desorden fue tal que no había persona que
osase descender bajo cubierta a reparar las vasijas y víveres.
Duró este calor ocho días, el primero de los cuales
fue soleado y los siete siguientes de lluvia y nublados, que si
hubiesen sido soleados como el primero creo que no hubiéramos
podido escapar de manera alguna. Plugo a Nuestra Señora,
al cabo de esos ocho días, darme buen viento de Levante
y yo seguí al Poniente, mas no osé declinar hacia
el Sur porque hallé grandísimo cambio en el cielo
y las estrellas. Decidí, pues, mantener rumbo Oeste y navegar
a la altura de Sierra Leona hasta donde había pensado encontrar
tierra para reparar los navíos, remediar la escasez de
víveres y tomar agua, que ya no tenía. Al cabo de
diecisiete días en que Nuestro Señor me dio viento
favorable, el martes 31 de julio, al mediodía, avistamos
tierra. Yo la esperaba desde el lunes anterior y había
mantenido el rumbo invariable hasta entonces, mas el martes, al
salir el sol, careciendo ya de agua, decidí dirigirme a
las islas de los caribes y tomé esa dirección. Como
su Alta Majestad siempre ha usado de misericordia conmigo, por
suerte subió un marinero a la gavia y vio al Poniente tres
montañas juntas. Dijimos la Salve Regina y otras oraciones,
y dimos todos muchas gracias a Nuestro Señor; después
dejé el camino al Norte y me dirigí a tierra; llegué
con el crepúsculo al cabo que llamé de la Galea
[hoy cabo Galeote] después de haber bautizado a la isla
con el nombre de Trinidad. Allí hubiera encontrado puerto
de haber sido más hondo; había casas, gente y muy
lindas tierras, tan hermosas y verdes como las huertas de Valencia
en marzo. Pesóme cuando no pude entrar a puerto, y recorrí
la costa hasta el extremo Oeste; navegadas cinco leguas hallé
fondo y anclé las naves. Al día siguiente me di
a la vela buscando puerto para reparar los navíos y tomar
agua y víveres. Tomé una pipa de agua y con ella
anduve hasta llegar al cabo; allí hallé abrigo del
viento de Levante y buen fondo, donde mandé a echar el
ancla, reparar los toneles y tomar agua y leña, y envié
gente a tierra a descansar de tanto tiempo que andaban penando.
A esta punta la llamé del Arenal [hoy punta de Icacos]
y allí se halló la tierra hollada de unos animales
que tenían las patas como de cabra que, según parece,
había en abundancia, aunque no se vio sino uno muerto.
Al día siguiente vino del Oriente una gran canoa con 24
hombres, todos mancebos, muy ataviados y armados de arcos, flechas
y escudos, de buena figura y no negros, sino más blancos
que los otros que he visto en las Indias, de lindos gestos y hermosos
cuerpos, con los cabellos cortados al uso de Castilla. Traían
la cabeza atada con un pañuelo de algodón tejido
a labores y colores tan finos, que yo creí eran de gasa.
Traían otro de estos pañuelos ceñido a la
cintura y se cubrían con él en lugar de taparrabo.
Cuando llegó la canoa sus ocupantes hablaron de lejos,
y ni yo ni otro alguno les entendimos, mas yo les mandaba a hacer
señas de acercarse. En esto se pasaron más de dos
horas; si se aproximaban un poco, luego se alejaban. Yo les hacía
mostrar bacines y otras cosas que lucían enamorándolos
para que viniesen; al cabo de buen rato se acercaron algo más
de lo que hasta entonces habían hecho. Yo deseaba lograr
información, y no teniendo ya cosa que mostrarles para
atraerlos mandé subir un tamboril al castillo de popa para
que tañesen, y unos mancebos para que danzasen, creyendo
que se acercarían a ver la fiesta; mas cuando vieron tañer
y danzar dejaron los remos y echaron mano a los arcos y los encordaron,
embrazó cada uno su escudo y comenzaron a tirarnos flechas.
Cesó el tañer y el danzar y mandé a sacar
una ballesta; ellos me dejaron y se dirigieron a otra carabela
y de golpe se fueron debajo de la popa. El piloto entró
con ellos y dio un sayo y un bonete al que le pareció ser
el principal de la canoa, concertando que iría a hablar
con ellos a la playa. Éstos allá se fueron y le
esperaron, pero como él no quiso ir sin mi licencia, al
verlo venir con la barca a mi nave regresaron a la canoa y se
fueron; nunca más los vi, ni a ellos ni a otros de esta
isla. Cuando llegué a la punta del Arenal hallé
una boca grande, de dos leguas de anchura de Poniente a Levante,
que se abre entre la isla de Trinidad y la Tierra de Gracia; para
pasar al Sur había que pasar unos hileros de corrientes
que atravesaban la boca y traían un rugir muy grande; creí
que sería un arrecife de bajos y peñas infranqueables.
Detrás de ésta había otro hilero, y otro
más, trayendo todos un rugir tan grande como las olas de
la mar que van a romper y dar en peñas. Fondeé en
dicha punta, fuera de la boca, y hallé que venía
agua del Oriente hasta el Poniente con tanta furia como hace el
Guadalquivir en tiempos de avenida, y esto continuó día
y noche, tanto que creí que no podría volver atrás
por la corriente ni ir adelante por los bajos. En la noche, ya
muy tarde, estando a bordo de la nave oí un rugir muy terrible
que venía del Sur hacia nosotros. Me paré a mirar
y vi que, levantando la mar de Poniente a Levante, venía
una loma tan alta como la nave, y todavía venía
hacia mí poco a poco; sobre ella venía un hilero
de corriente rugiendo con gran estrépito, con aquella furia
del rugir que dije me parecían ondas de la mar que daban
en peñas. Aún hoy en día tengo el miedo en
el cuerpo, pues creí me volcaría la nave cuando
llegase bajo ella. Pasó la ola y llegó hasta la
boca, donde se mantuvo por mucho tiempo.
Al día siguiente envíe la barca a sondear la boca
y hallé que en el lugar más bajo tenía seis
o siete brazas de fondo, y de continuo andaban aquellos hileros,
unos por entrar y otros por salir. Plugo a Nuestro Señor
darme buen viento y atravesé la boca hacia adentro, donde
hallé tranquilidad. Por suerte se sacó agua del
mar y la hallé dulce. Navegué hacia el Sur, hasta
una sierra muy alta, distante unas 26 leguas de la punta del Arenal;
allí habían dos cabos de tierra muy alta, el uno
hacia el Oriente, perteneciendo a la isla de Trinidad, y el otro
hacia Occidente, correspondiente a la Tierra de Gracia. Hallé
una boca muy angosta [Boca Grande] más estrecha que la
existente en la punta del Arenal con los mismos hileros y el mismo
rugir fuerte del agua; como allá, la mar era dulce.
Hasta entonces yo no había logrado información de
ninguna gente de estas tierras, y lo deseaba vivamente. Por tanto,
navegué a lo largo de la costa hacia el Poniente; cuanto
más andaba hallaba el agua de la mar más dulce y
sabrosa. Navegando un gran trecho, llegué a un lugar cuyas
tierras me parecieron labradas; allí fondeé y envié
las barcas a tierra, donde hallaron que los habitantes se habían
ido recientemente, y encontraron el monte cubierto de monos; regresaron,
y considerando que ésta era tierra montuosa y que me parecía
que hacia el Poniente las tierras eran más llanas y estarían
más pobladas, mandé levar anclas y recorrí
la costa hasta el cabo de la serranía, donde anclé
en un río. Luego vino mucha gente, y me dijeron que llamaban
a esta tierra Paria, y que hacia el Poniente estaba más
poblado. Tomé cuatro de ellos y navegué hacia ese
rumbo; andadas unas ocho leguas, más allá de una
punta que llamé de la Aguja [punta de Alcatraces] hallé
las tierras más hermosas del mundo, muy pobladas. Llegué
allí una mañana, antes del mediodía, y por
ver este verdor y esta hermosura acordé fondear y ver los
pobladores, de los cuales algunos vinieron en canoas a rogarme,
de parte de su rey, que descendiese a tierra. Cuando vieron que
no hice caso de ellos vinieron a la nave en numerosas canoas,
y muchos traían piezas de oro al cuello, y algunos, perlas
atadas a sus brazos. Me alegró mucho verlas y procuré
con empeño saber dónde las hallaban; me dijeron
que allí y en la parte Norte de aquella tierra.
Quise detenerme, mas los víveres que traía, trigo,
vino y carne para esta gente de acá, que obtuve en España
con tanta fatiga, se me hubieran echado a perder. Por tanto, yo
no buscaba sino llevar los bastimentos a lugar seguro y no detenerme
en parte alguna. Procuré conseguir algunas perlas y envié
las barcas a tierra. Esta gente es muy numerosa, toda muy bien
parecida, del mismo color que los que vi, y muy tratable; la gente
nuestra que fue a tierra los halló muy tratables, y fueron
recibidos muy honrosamente. Dicen que luego que llegaron las barcas
a tierra vinieron dos personajes principales con todo el pueblo;
creen que el uno era el padre y el otro el hijo. Los llevaron
a una casa muy grande hecha a dos aguas, no redonda como tiendas
de campo cual son otras. Allí tenían muchas sillas
donde los hicieron sentar y también ellos tomaron asiento,
e hicieron traer pan, gran variedad de frutas y vino de muchas
clases, blanco y tinto, aunque no de uvas; deben ser producidos
de diversas frutas, así como de maíz, que es una
simiente que hace una espiga como una mazorca, de la cual llevé
yo allá y hay mucha en Castilla; parece que el que lo producía
mejor lo tenía en alta estima y lo vendía en alto
precio. Los hombres estaban todos juntos a un extremo de la mesa
y las mujeres al otro. Recibieron ambas partes gran pena porque
no podían entenderse, ellos para preguntar a los otros
por nuestra patria, y los nuestros por saber de la de ellos. Después
de haber comido en casa del más viejo los llevó
el mozo a la suya, donde hicieron otro tanto. Más tarde
los llevaron a las barcas en que vinieron a la nave. Yo levé
anclas porque andaba muy de prisa por poner en lugar seguro los
víveres que había obtenido con tanta fatiga, y que
estaban deteriorándose, y también por remediarme
a mí mismo, pues estaba enfermo de los ojos por falta de
sueño; pues si bien es cierto que cuando fui a descubrir
la Tierra Firme estuve treinta y tres días sin dormir y
quedé algún tiempo sin vista, no se me dañaron
tanto los ojos ni se me inyectaron de sangre, ni sufrí
tantos dolores como ahora.
Esta gente, como ya dije, son todos de muy linda estatura, altos
de cuerpo y de lindos gestos, de cabellos largos y lacios, y traen
las cabezas atadas con unos pañuelos labrados, como ya
dije, hermosos, que parecen de lejos de seda y gasa; traen otro
más largo ceñido a manera de taparrabo, tanto los
hombres como las mujeres. El color de esta gente es más
blanco que otros que he visto en las Indias; todos traían
al cuello algo a la usanza de esta tierra, y muchos traían
piezas de oro bajo colgadas al cuello. Sus canoas son muy grandes
y de mejor hechura que otras que he visto, y más livianas;
en medio de cada una tienen un apartamento como cámara,
en que vi andaban los principales con sus mujeres. Llamé
a este lugar Jardines porque esto asemejan. Asiduamente procuré
saber dónde cogían aquel oro, y todos me señalaban
una tierra frente a ellos hacia el Poniente que era alta, mas
no lejana. Pero todos me decían que no fuera, porque allá
se comían a los hombres, de lo que deduje que sus habitantes
eran caníbales y que serían como los caribes, mas
después he pensado que pudiera ser que lo dijeran porque
allí habían animales feroces. También les
pregunté dónde cogían las perlas, y me señalaron
el Poniente y el Norte, detrás de las tierras en que estábamos.
No intenté comprobarlo por lo de los víveres, por
la enfermedad de mis ojos y porque una nave grande que traigo
no es apropiada para semejante hecho.
El tiempo transcurrido en tierra fue breve y se pasó todo
en preguntas. Cuando los nuestros regresaron a los navíos,
lo que sería al atardecer, levé anclas y navegué
al Poniente, y así mismo al día siguiente, hasta
que hallé que no habían más que tres brazas
de fondo, creyendo yo todavía que ésta era una isla
y que no podría salir al Norte; y así visto, envié
una carabela ligera adelante a ver si había salida o si
estaba cerrado. Así anduve mucho camino hasta un golfo
grande, en el cual parecía que habían otros cuatro
medianos, saliendo de uno de ellos un río grandísimo.
Hallaron siempre cuatro brazas de fondo y el agua muy dulce, en
cantidad tan grande como jamás antes vi. Quedé muy
descontento cuando comprendí que no podía salir
al Norte, al Sur ni al Poniente porque estaba cercado por todas
partes de tierra; por tanto, levé anclas y torné
atrás para salir al Norte por la boca que antes descubrí,
sin poder regresar a la población que había visitado
por causa de las corrientes, que me desviaron. En todo cabo hallaba
el agua dulce y clara que me llevaba con fuerza al Oriente, hacia
las dos bocas a que me he referido; entonces conjeturé
que los hilos de la corriente y aquellas lomas que salían
y entraban en estas bocas con aquel rugir tan fuerte era la pelea
del agua dulce con la salada. La dulce empujaba a la otra para
que no entrase, y la salada luchaba para que la otra no saliese.
Conjeturé que allí donde están situadas las
dos bocas en un tiempo hubo tierra continua que unía la
isla de Trinidad con Tierra de Gracia, como podrán ver
Vuestras Altezas del mapa que con ésta les envío.
Salí por la boca del Norte y hallé que el agua dulce
siempre vencía; cuando pasé, lo que hice a fuerza
de viento, estando en una de aquellas lomas hallé en aquellos
hilos de la parte de dentro el agua dulce, y en los de fuera,
salada.
...
Yo siempre creí que la Tierra era esférica; las
autoridades y las experiencias de Ptolomeo y todos los demás
que han escrito sobre este tema daban y mostraban como ejemplo
de ello los eclipses de luna y otras demostraciones que hacen
de Oriente a Occidente, como el hecho de la elevación del
Polo de Septentrión en Austro. Mas ahora he visto tanta
deformidad que, puesto a pensar en ello, hallo que el mundo no
es redondo en la forma que han descrito, sino que tiene forma
de una pera que fuese muy redonda, salvo allí donde tiene
el pezón o punto más alto; o como una pelota redonda
que tuviere puesta en ella como una teta de mujer, en cuya parte
es más alta la tierra y más próxima al cielo.
Es en esta región, debajo de la línea equinoccial,
en el Mar Océano, el fin del Oriente, donde acaban todas
las tierras e islas...
...
Torno a mi propósito referente a la Tierra de Gracia, al
río y lago que allí hallé, tan grande que
más se le puede llamar mar que lago, porque lago es lugar
de agua, y en siendo grande se le llama mar, por lo que se les
llama de esta manera al de Galilea y al Muerto. Y digo que si
este río no procede del Paraíso Terrenal, viene
y procede de tierra infinita, del Continente Austral, del cual
hasta ahora no se ha tenido noticia; mas yo muy asentado tengo
en mi ánima que allí donde dije, en Tierra de Gracia,
se halla el Paraíso Terrenal.
Y ahora, hasta tanto sepan las noticias de las nuevas tierras
que he descubierto, en las cuales tengo asentado en mi ánima
que está el Paraíso Terrenal, irá el Adelantado
con tres navíos bien aviados para ello a ver más
adelante, y descubrirá todo lo que pudiere hacia aquellas
partes. Entretanto yo enviaré a Vuestras Altezas esta carta
y el mapa de las nuevas tierras, y acordarán lo que se
deba hacer, y me enviarán sus órdenes, que se cumplirán
diligentemente con ayuda de la Santísima Trinidad, de manera
que Vuestras Altezas sean servidos y hayan placer. Deo gratia.