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Crítica
de la razón pura
Kant, Immanuel
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Índice
Crítica de la razón pura
A Su Excelencia el real ministro del Estado, Barón de Zedlitz.
Prólogo
de la segunda edición, en el año de 1787
Introducción
- I -
De la distinción del conocimiento puro y el empírico
- II -
Estamos en posesión de ciertos conocimientos a priori y aun
el entendimiento común no está nunca sin conocimientos
de esa clase
- III -
La filosofía necesita una ciencia que determine la posibilidad,
los principios y la extensión de todos los conocimientos
a priori
- IV -
De la distinción de los juicios analíticos y sintéticos
- V -
En todas las ciencias teóricas de la razón están
contenidos juicios sintéticos a priori como principios
- VI -
Problema general de la razón pura
- VII -
Idea y división de una ciencia particular, bajo el nombre
de crítica de la razón pura
Primera parte de la Doctrina elemental transcendental
La estética transcendental
- § 1 -
Primera sección de la Estética transcendental. Del
espacio.
- § 2 -
Exposición metafísica de este concepto
- § 3 -
Exposición trascendental del concepto del espacio
Conclusiones sacadas de los conceptos anteriores
Segunda sección de la Estética transcendental. Del
tiempo
- § 4 -
Exposición metafísica del concepto del tiempo
- § 5 -
Exposición transcendental del concepto del tiempo
- § 6 -
Conclusiones sacadas de estos conceptos
- § 7 -
Explicación
- § 8 -
Observaciones generales a la Estética transcendental
Conclusión de la Estética transcendental
Segunda parte de la Doctrina elemental transcendental
La lógica transcendental
Introducción
Idea de una lógica transcendental
- I -
De la lógica en general
- II -
De la lógica transcendental
- III -
De la división de la lógica general en analítica
y dialéctica
- IV -
De la división de la lógica transcendental en analítica
y dialéctica transcendentales
Primera división
De la lógica transcendental
Libro primero
De la analítica transcendental
Libro segundo
De la Analítica transcendental
Doctrina transcendental del Juicio (o Analítica de los principios)
Doctrina transcendental del Juicio (o Analítica de los principios)
Doctrina transcendental del juicio (Analítica de los principios)
Segunda división de la lógica transcendental
Dialéctica transcendental
Introducción
Dialéctica transcendental
Libro primero
De los conceptos de la razón pura
Libro segundo
De los raciocinios dialécticos de la razón pura
Antinomia de la razón pura
Primera oposición de las ideas transcendentales
A Su Excelencia el real ministro del Estado, Barón de Zedlitz.
Señor:
Fomentar el progreso de las ciencias, en la parte en que cada uno
puede hacerlo, es trabajar en el interés de Vuestra Excelencia;
pues éste se halla íntimamente unido con aquéllas,
no sólo por el elevado puesto de protector que ocupáis,
sino porque tenéis con las ciencias la íntima relación
de un aficionado y de un conocedor ilustrado de las mismas. Por
eso hago uso del único medio que está en cierto modo
a mi alcance, para testimoniar mi agradecimiento por la confianza
con que Vuestra Excelencia ha querido honrarme, considerándome
capaz de contribuir en algo a sus propósitos(1).
A la misma favorable atención con que Vuestra Excelencia
honró la primera edición de esta obra, dedico ahora
esta segunda; y le encomiendo al mismo tiempo también las
demás circunstancias de mi vocación literaria. Soy
con la más profunda veneración de Vuestra Excelencia
súbdito y obediente servidor,
IMMANUEL KANT
Königsberg, el 23 Abril 1787
Prólogo
(2)La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos,
el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede
apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón
misma, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan las
facultades de la razón humana.
En esta perplejidad cae la razón sin su culpa. Comienza con
principios, cuyo uso en el curso de la experiencia es inevitable
y que al mismo tiempo se halla suficientemente garantizado por ésta.
Con ello elévase (como lo lleva consigo su naturaleza) siempre
más arriba, a condiciones más remotas. Pero pronto
advierte que de ese modo su tarea ha de permanecer siempre inacabada
porque las cuestiones nunca cesan; se ve pues obligada a refugiarse
en principios que exceden todo posible uso de la experiencia y que,
sin embargo, parecen tan libres de toda sospecha, que incluso la
razón humana ordinaria está de acuerdo con ellos.
Pero así se precipita en obscuridades y contradicciones;
de donde puede colegir que en alguna parte se ocultan recónditos
errores, sin poder empero descubrirlos, porque los principios de
que usa, como se salen de los límites de toda experiencia,
no reconocen ya piedra de toque alguna en la experiencia. El teatro
de estas disputas sin término llámase Metafísica.
Hubo un tiempo en que esta ciencia era llamada la reina de todas
las ciencias y, si se toma el deseo por la realidad, ciertamente
merecía tan honroso nombre, por la importancia preferente
de su objeto. La moda es ahora mostrarle el mayor desprecio y la
matrona gime, abandonada y maltrecha, como Hecuba: modo maxima rerum,
tot generis natisque potens - nunc trahor exul, inops. (Ovidio,
Metamorfosis).
Su dominio empezó siendo despótico, bajo la administración
de los dogmáticos. Pero como la legislación llevaba
aún en sí la traza de la antigua barbarie, deshízose
poco a poco, por guerra interior, en completa anarquía, y
los escépticos, especie de nómadas que repugnan a
toda construcción duradera, despedazaron cada vez más
la ciudadana unión. Mas eran pocos, por fortuna, y no pudieron
impedir que aquellos dogmáticos trataran de reconstruirla
de nuevo, aunque sin concordar en plan alguno. En los tiempos modernos
pareció como si todas esas disputas fueran a acabarse; creyóse
que la legitimidad de aquellas pretensiones iba a ser decidida por
medio de cierta Fisiología del entendimiento (del célebre
Locke). El origen de aquella supuesta reina fue hallado en la plebe
de la experiencia ordinaria; su arrogancia hubiera debido por lo
tanto, ser sospechosa, con razón. Pero como resultó
sin embargo que esa genealogía, en realidad, había
sido imaginada falsamente, siguió la metafísica afirmando
sus pretensiones, por lo que vino todo de nuevo a caer en el dogmatismo
anticuado y carcomido y, por ende, en el desprestigio de donde se
había querido sacar a la ciencia. Ahora, después de
haber ensayado en vano todos los caminos (según se cree),
reina el hastío y un completo indiferentísimo, madre
del Caos y de la Noche en las ciencias, pero también al mismo
tiempo origen, o por lo menos preludio de una próxima transformación
e iluminación, si las ciencias se han tornado confusas e
inútiles por un celo mal aplicado.
Es inútil en efecto querer fingir indiferencia ante semejantes
investigaciones, cuyo objeto no puede ser indiferente a la naturaleza
humana. Esos supuestos indiferentistas, en cuanto piensan algo,
caen de nuevo inevitablemente en aquellas afirmaciones metafísicas,
por las cuales ostentaban tanto desprecio, aun cuando piensen ocultarlas
trocando el lenguaje de la escuela por el habla popular. Esa indiferencia
empero, que se produce en medio de la prosperidad de todas las ciencias
y que ataca precisamente aquella, a cuyos conocimientos -si pudiéramos
adquirirlos- renunciaríamos menos fácilmente que a
ningunos otros, es un fenómeno que merece atención
y reflexión. Es evidentemente el efecto no de la ligereza,
sino del Juicio(3)
maduro de la época, que no se deja seducir por un saber aparente;
es una intimación a la razón, para que emprenda de
nuevo la más difícil de sus tareas, la del propio
conocimiento, y establezca un tribunal que la asegure en sus pretensiones
legitimas y que en cambio acabe con todas las arrogancias infundadas,
y no por medio de afirmaciones arbitrarias, sino según sus
eternas e inmutables leyes. Este tribunal no es otro que la Crítica
de la razón pura misma.
Por tal no entiendo una crítica de los libros y de los sistemas,
sino de la facultad de la razón en general, respecto de todos
los conocimientos a que esta puede aspirar independientemente de
toda experiencia; por lo tanto, la crítica resuelve la posibilidad
o imposibilidad de una metafísica en general, y determina,
no solo las fuentes, sino también la extensión y límites
de la misma; todo ello, empero, por principios.
Ese camino, el único que quedaba libre, lo he emprendido
yo hoy y me precio de haber conseguido así apartar todos
los errores que hasta ahora habían dividido la razón,
oponiéndola a sí misma, cuando actuaba sin basarse
en la experiencia. Y no es que haya eludido sus cuestiones, disculpándome
con la incapacidad de la razón humana, sino que las he especificado
todas por principios y, después de haber descubierto el punto
de desavenencia de la razón consigo misma, las he resuelto
a su entera satisfacción. Cierto que la contestación
a esas cuestiones no ha recaído como pudiera esperarlo el
exaltado afán dogmático de saber; pues este afán
no podría satisfacerse más que con artes de magia,
de que yo no entiendo. Pero tampoco es ese el destino natural de
nuestra razón; y el deber de la filosofía era disipar
la ilusión nacida de una mala inteligencia, aunque por ello
hubiera que aniquilar tan preciada y amada ilusión. En este
trabajo, ha sido mi designio el hacer una exposición detalladísima
y me atrevo a afirmar que no ha de haber un solo problema metafísico
que no esté resuelto aquí o al menos de cuya solución
no se dé aquí la clave. Y, en realidad, es la razón
pura una unidad tan perfecta, que si su principio fuera insuficiente
para solo una de las cuestiones que le son propuestas por su propia
naturaleza, habría desde luego que desecharlo, porque entonces
no sería adecuado para resolver, con completa seguridad,
ninguna otra.
Al decir esto, creo percibir en el rostro del lector una indignación
mezclada con desprecio, por pretensiones al parecer tan vanidosas
e inmodestas; y sin embargo, son ellas sin comparación más
moderadas que las de cualquier autor del programa más ordinario,
que se jacta de demostrar en él quizá la naturaleza
simple del alma o la necesidad de un primer comienzo del mundo.
Tal autor se compromete en efecto a extender el conocimiento humano
más allá de todos los límites de la experiencia
posible, cosa que, lo confieso, supera totalmente a mi facultad.
En vez de eso, he de ocuparme solo de la razón misma y de
su pensar puro, y no he de buscar muy lejos su conocimiento detallado,
pues lo encuentro en mí mismo, y ya la lógica ordinaria
me da un ejemplo de que todas sus acciones simples pueden enumerarse
completa y sistemáticamente; solo que aquí se plantea
la cuestión de cuanto puedo esperar alcanzar con ella, si
se me quita toda materia y ayuda de la experiencia.
Esto es lo que tenía que decir sobre la integridad en la
consecución de cada uno de los fines y la exposición
detallada en la consecución de todos juntos; que no constituyen
un propósito arbitrario, sino que la naturaleza del conocimiento
mismo nos los propone como materia de nuestra investigación
crítica.
Hay aún que considerar la certeza y la claridad, requisitos
que se refieren a la forma, como exigencias esenciales que pueden,
con razón, plantearse al autor que se atreve a acometer una
empresa tan espinosa.
Por lo que toca a la certeza, he fallado sobre mí mismo el
juicio siguiente: que en esta clase de consideraciones no es de
ningún modo permitido opinar y que todo lo que se parezca
a una hipótesis, es mercancía prohibida que a ningún
precio debe estar a la venta, sino ser confiscada tan pronto como
sea descubierta. Pues todo conocimiento que ha de subsistir a priori,
se reconoce en que debe ser tenido por absolutamente necesario,
y más aún una determinación de todos los conocimientos
puros a priori, puesto que debe ser el modelo y por tanto el ejemplo
mismo de toda certeza apodíctica (filosófica). Si
esto a que me comprometo, lo he llevado a cabo en este punto, quede
completamente abandonado al juicio del lector, porque al autor solo
corresponde dar razones, mas no juzgar del efecto de las mismas
sobre sus jueces. Pero para que nada pueda inocentemente ser causa
de que se debiliten esas razones, séale permitido al autor
advertir él mismo cuáles son los pasajes que pudieran
ocasionar alguna desconfianza, aunque sólo se refieren al
fin accesorio; de este modo quedará de antemano prevenido
el influjo que la más mínima duda del lector en este
punto pudiera tener sobre su juicio respecto al fin principal.
No conozco ningunas investigaciones que sean más importantes
para desentrañar la facultad que llamamos entendimiento y,
al mismo tiempo, para determinar las reglas y límites de
su uso, que las que, en el segundo capítulo de la Analítica
transcendental, he puesto bajo el título de Deducción
de los conceptos puros del entendimiento; también me han
costado más trabajo que ningunas otras, aunque no en balde,
según creo. Ese estudio, dispuesto con alguna profundidad,
tiene empero dos partes. Una se refiere a los objetos del entendimiento
puro y debe exponer y hacer concebible la validez objetiva de sus
conceptos a priori, por eso justamente es esencial para mis fines.
La otra va enderezada a considerar el entendimiento puro mismo,
según su posibilidad y las facultades cognoscitivas en que
descansa, por lo tanto en sentido subjetivo; y aunque este desarrollo
es de gran importancia para mi fin principal, no pertenece, sin
embargo, esencialmente a él; porque la cuestión principal
sigue siendo: ¿qué y cuánto pueden conocer
el entendimiento y la razón, independientemente de toda experiencia?
y no es: ¿cómo es posible la facultad de pensar misma?
Como esto último es, por decirlo así, buscar la causa
de un efecto dado y, en este sentido, tiene algo parecido a una
hipótesis (aunque no es así en realidad, como lo demostraré
en otra ocasión) parece como si este fuera el caso en que
me tomo la libertad de opinar y en que el lector tiene que ser libre
también de opinar de modo distinto. Considerando esto, debo
prevenir al lector y recordarle que en el caso de que mi deducción
subjetiva no llevase a su ánimo toda la convicción
que espero, la objetiva sin embargo, que es la que aquí me
importa principalmente, recibe todo su fuerza, para lo cual en todo
caso puede ser bastante lo dicho en las páginas 235 a 241.
Finalmente, por lo que toca a la claridad, tiene el lector derecho
a exigir primero la claridad discursiva (lógica) por conceptos,
pero luego también una claridad intuitiva (estética)
por intuiciones, esto es, por ejemplos u otras aclaraciones in concreto.
De la primera me he cuidado suficientemente. Ello concernía
a la esencia de mi propósito. Pero también ha sido
la causa accidental de que no haya podido satisfacer a la segunda
exigencia, que es justa aunque no tan estrecha como la primera.
En el curso de mi trabajo he estado casi siempre indeciso sobre
lo que en esto debía de hacer. Los ejemplos y aclaraciones
parecíanme siempre necesarios y acudían por tanto
realmente, en el primer bosquejo, colocándose en sus lugares
adecuados. Vi empero bien pronto la magnitud de mi problema y la
multitud de objetos que habrían de ocuparme, y como me apercibí
de que estos solos, en discurso seco y meramente escolástico,
iban ya a hacer la obra bastante extensa, parecióme improcedente
engrosarla más aún con ejemplos y aclaraciones que
sólo con una intención de popularidad son necesarios;
tanto más cuanto que este trabajo no podía en modo
alguno acomodarse al uso popular y los que propiamente son conocedores
de las ciencias no necesitan tanto de ese aligeramiento, que aunque
siempre agradable, podía resultar aquí incluso algo
contrario al fin. El abate Terrasson dice, en verdad, que si se
mide la magnitud de un libro no por el número de páginas,
sino por el tiempo que se necesita para comprenderlo, podría
decirse de más de un libro que sería mucho más
corto si no fuera tan corto. Pero, por otra parte, cuando se endereza
la intención de un autor a hacer comprensible un todo de
conocimientos especulativos, extenso y sin embargo conexo según
un principio, puede decirse con igual razón: más de
un libro hubiera sido mucho más claro si no hubiera querido
ser tan enteramente claro. Pues los auxilios para aclarar un punto,
si bien son útiles en las partes, distraen empero a menudo
del todo, no dejando al lector alcanzar pronto una visión
de conjunto; con sus claros colores encubren, por decirlo así,
y hacen invisible la articulación o armazón del sistema,
que es lo más importante para poder juzgar de la unidad y
solidez del mismo.
En mi opinión, puede servir al lector de no pequeño
atractivo, unir su esfuerzo con el del autor, si tiene el propósito
de llevar a cabo una obra grande e importante, completa y sin embargo
duradera, según el bosquejo propuesto. Ahora bien, la metafísica,
según los conceptos que de ella damos aquí, es la
única de todas las ciencias que puede aspirar a una perfección
semejante en poco tiempo y con poco trabajo, pero uniendo los esfuerzos
de tal modo que no le quede a la posteridad más que arreglarlo
todo por modo didáctico, según sus propósitos,
sin poder por eso aumentar en lo más mínimo el contenido.
Pues no es otra cosa que el inventario, sistemáticamente
ordenado, de todo lo que poseemos por razón pura. Nada puede
aquí pasarnos desapercibido, porque lo que la razón
extrae enteramente por sí misma, no puede esconderse, sino
que por la razón misma es traído a la luz, tan pronto
como se ha descubierto el principio común de todo ello. La
perfecta unidad de esa especie de conocimientos, obtenida por simples
conceptos puros, sin que nada de experiencia, ni aún siquiera
una intuición particular -que hubiera de conducir a experiencia
determinada- pueda tener en ella influencia alguna para ampliarla
y aumentarla, hace que esa incondicionada integridad no solo sea
factible, sino también necesaria. Tecum habita et noris,
quam sit tibi curta supellex (Persio).
Semejante sistema de la razón pura (especulativa) espero
publicar yo mismo con el título de: Metafísica de
la Naturaleza. La cual, aun cuando no tenga ni siquiera la mitad
de la extensión, habrá de poseer sin embargo un contenido
incomparablemente más rico que esta crítica, que ha
tenido que exponer primero las fuentes y condiciones de su posibilidad
y ha necesitado limpiar y aplanar un suelo mal preparado. Aquí
espero de mi lector la paciencia e imparcialidad de un juez; allí
en cambio la condescendencia y ayuda de un colaborador; pues por
muy completamente que se expongan en la crítica todos los
principios para el sistema, pertenece empero al pormenor del sistema
mismo el que no falte ninguno de los conceptos deducidos; estos
no se pueden traer a priori a comprobación, sino que han
de ser buscados poco a poco. Además como allí (en
la crítica) se agota toda la síntesis de los conceptos,
se exigirá aquí (en el sistema) además que
ocurra lo mismo en lo que se refiere al análisis, todo lo
cual es fácil y más bien entretenimiento que trabajo.
Quédame aún que decir algo referente a la impresión.
Como se retrasó un tanto el comienzo de ella, no pude recibir
para revisarlos, más que la mitad de los pliegos, en donde
encuentro algunas erratas, que no perturban el sentido, excepto
la que se encuentra en la página 379, línea 4 por
abajo(4), en donde debe leerse específico en lugar de escéptico.
La Antinomia de la razón pura, de la página 425 a
la 461(5) está distribuida a modo de tabla poniendo a la
izquierda lo que pertenece a la tesis, y a la derecha lo que pertenece
a la antítesis; lo arreglé así para que tesis
y antítesis puedan compararse una con otra con mayor facilidad(6).
Prólogo
de la segunda edición, en el año de 1787
Si la elaboración de los conocimientos que pertenecen a la
obra de la razón, lleva o no la marcha segura de una ciencia,
es cosa que puede pronto juzgarse por el éxito. Cuando tras
de numerosos preparativos y arreglos, la razón tropieza,
en el momento mismo de llegar a su fin; o cuando para alcanzar éste,
tiene que volver atrás una y otra vez y emprender un nuevo
camino; así mismo, cuando no es posible poner de acuerdo
a los diferentes colaboradores sobre la manera cómo se ha
de perseguir el propósito común; entonces puede tenerse
siempre la convicción de que un estudio semejante está
muy lejos de haber emprendido la marcha segura de una ciencia y
de que, por el contrario, es más bien un mero tanteo. Y es
ya un mérito de la razón el descubrir, en lo posible,
ese camino, aunque haya que renunciar, por vano, a mucho de lo que
estaba contenido en el fin que se había tomado antes sin
reflexión.
Que la lógica ha llevado ya esa marcha segura desde los tiempos
más remotos, puede colegirse, por el hecho de que, desde
Aristóteles, no ha tenido que dar un paso atrás, a
no ser que se cuenten como correcciones la supresión de algunas
sutilezas inútiles o la determinación más clara
de lo expuesto, cosa empero que pertenece más a la elegancia
que a la certeza de la ciencia. Notable es también en ella
el que tampoco hasta ahora hoy ha podido dar un paso adelante. Así
pues, según toda apariencia, hállase conclusa y perfecta.
Pues si algunos modernos han pensado ampliarla introduciendo capítulos,
ya psicológicos sobre las distintas facultades de conocimiento
(la imaginación, el ingenio), ya metafísicos sobre
el origen del conocimiento o la especie diversa de certeza según
la diversidad de los objetos (el idealismo, escepticismo, etc...),
ya antropológicos sobre los prejuicios (sus causas y sus
remedios), ello proviene de que desconocen la naturaleza peculiar
de esa ciencia. No es aumentar sino desconcertar las ciencias, el
confundir los límites de unas y otras. El límite de
la lógica empero queda determinado con entera exactitud,
cuando se dice que es una ciencia que no expone al detalle y demuestra
estrictamente más que las reglas formales de todo pensar
(sea este a priori o empírico, tenga el origen o el objeto
que quiera, encuentre en nuestro ánimo obstáculos
contingentes o naturales).
Si la lógica ha tenido tan buen éxito, debe esta ventaja
sólo a su carácter limitado, que la autoriza y hasta
la obliga a hacer abstracción de todos los objetos del conocimiento
y su diferencia. En ella, por tanto, el entendimiento no tiene que
habérselas más que consigo mismo y su forma. Mucho
más difícil tenía que ser, naturalmente, para
la razón, el emprender el camino seguro de la ciencia, habiendo
de ocuparse no sólo de sí misma sino de objetos. Por
eso la lógica, como propedéutica, constituye solo
por decirlo así el vestíbulo de las ciencias y cuando
se habla de conocimientos, se supone ciertamente una lógica
para el juicio de los mismos, pero su adquisición ha de buscarse
en las propias y objetivamente llamadas ciencias.
Ahora bien, por cuanto en estas ha de haber razón, es preciso
que en ellas algo sea conocido a priori, y su conocimiento puede
referirse al objeto de dos maneras: o bien para determinar simplemente
el objeto y su concepto (que tiene que ser dado por otra parte)
o también para hacerlo real. El primero es conocimiento teórico,
el segundo conocimiento práctico de la razón. La parte
pura de ambos, contenga mucho o contenga poco, es decir, la parte
en donde la razón determina su objeto completamente a priori,
tiene que ser primero expuesta sola, sin mezclarle lo que procede
de otras fuentes; pues administra mal quien gasta ciegamente los
ingresos, sin poder distinguir luego, en los apuros, qué
parte de los ingresos puede soportar el gasto y qué otra
parte hay que librar de él.
La matemática y la física son los dos conocimientos
teóricos de la razón que deben determinar sus objetos
a priori; la primera con entera pureza, la segunda con pureza al
menos parcial, pero entonces según la medida de otras fuentes
cognoscitivas que las de la razón.
La matemática ha marchado por el camino seguro de una ciencia,
desde los tiempos más remotos que alcanza la historia de
la razón humana, en el admirable pueblo griego. Mas no hay
que pensar que le haya sido tan fácil como a la lógica,
en donde la razón no tiene que habérselas más
que consigo misma, encontrar o mejor dicho abrirse ese camino real;
más bien creo que ha permanecido durante largo tiempo en
meros tanteos (sobre todo entre los egipcios) y que ese cambio es
de atribuir a una revolución, que la feliz ocurrencia de
un sólo hombre llevó a cabo, en un ensayo, a partir
del cual, el carril que había de tornarse ya no podía
fallar y la marcha segura de una ciencia quedaba para todo tiempo
y en infinita lejanía, emprendida y señalada. La historia
de esa revolución del pensamiento, mucho más importante
que el descubrimiento del camino para doblar el célebre cabo,
y la del afortunado que la llevó a bien, no nos ha sido conservada.
Sin embargo, la leyenda que nos trasmite Diógenes Laercio,
quien nombra al supuesto descubridor de los elementos mínimos
de las demostraciones geométricas, elementos que, según
el juicio común, no necesitan siquiera de prueba, demuestra
que el recuerdo del cambio efectuado por el primer descubrimiento
de este nuevo camino, debió parecer extraordinariamente importante
a los matemáticos y por eso se hizo inolvidable. El primero
que demostró el triángulo isósceles (háyase
llamado Thales o como se quiera), percibió una luz nueva;
pues encontró que no tenía que inquirir lo que veía
en la figura o aún en el mero concepto de ella y por decirlo
así aprender de ella sus propiedades, sino que tenía
que producirla, por medio de lo que, según conceptos, él
mismo había pensado y expuesto en ella a priori (por construcción),
y que para saber seguramente algo a priori, no debía atribuir
nada a la cosa, a no ser lo que se sigue necesariamente de aquello
que él mismo, conformemente a su concepto, hubiese puesto
en ella.
La física tardó mucho más tiempo en encontrar
el camino de la ciencia; pues no hace más que siglo y medio
que la propuesta del judicioso Bacon de Verulam ocasionó
en parte -o quizá más bien dio vida, pues ya se andaba
tras él- el descubrimiento, que puede igualmente explicarse
por una rápida revolución antecedente en el pensamiento.
Voy a ocuparme aquí de la física sólo en cuanto
se funda sobre principios empíricos.
Cuando Galileo hizo rodar por el plano inclinado las bolas cuyo
peso había él mismo determinado; cuando Torricelli
hizo soportar al aire un peso que de antemano había pensado
igual al de una determinada columna de agua; cuando más tarde
Stahl transformó metales en cal y ésta a su vez en
metal, sustrayéndoles y devolviéndoles algo(7), entonces
percibieron todos los físicos una luz nueva. Comprendieron
que la razón no conoce más que lo que ella misma produce
según su bosquejo; que debe adelantarse con principios de
sus juicios, según leyes constantes, y obligar a la naturaleza
a contestar a sus preguntas, no empero dejarse conducir como con
andadores; pues de otro modo, las observaciones contingentes, los
hechos sin ningún plan bosquejado de antemano, no pueden
venir a conexión en una ley necesaria, que es sin embargo
lo que la razón busca y necesita. La razón debe acudir
a la naturaleza llevando en una mano sus principios, según
los cuales tan sólo los fenómenos concordantes pueden
tener el valor de leyes, y en la otra el experimento, pensado según
aquellos principios; así conseguirá ser instruida
por la naturaleza, mas no en calidad de discípulo que escucha
todo lo que el maestro quiere, sino en la de juez autorizado, que
obliga a los testigos a contestar a las preguntas que les hace.
Y así la misma física debe tan provechosa revolución
de su pensamiento, a la ocurrencia de buscar (no imaginar) en la
naturaleza, conformemente a lo que la razón misma ha puesto
en ella, lo que ha de aprender de ella y de lo cual por si misma
no sabría nada. Solo así ha logrado la física
entrar en el camino seguro de una ciencia, cuando durante tantos
siglos no había sido más que un mero tanteo.
La metafísica, conocimiento especulativo de la razón,
enteramente aislado, que se alza por encima de las enseñanzas
de la experiencia, mediante meros conceptos (no como la matemática
mediante aplicación de los mismos a la intuición),
y en donde por tanto la razón debe ser su propio discípulo,
no ha tenido hasta ahora la fortuna de emprender la marcha segura
de una ciencia; a pesar de ser más vieja que todas las demás
y a pesar de que subsistiría aunque todas las demás
tuvieran que desaparecer enteramente, sumidas en el abismo de una
barbarie destructora. Pues en ella tropieza la razón continuamente,
incluso cuando quiere conocer a priori (según pretende) aquellas
leyes que la experiencia más ordinaria confirma. En ella
hay que deshacer mil veces el camino, porque se encuentra que no
conduce a donde se quiere; y en lo que se refiere a la unanimidad
de sus partidarios, tan lejos está aún de ella, que
más bien es un terreno que parece propiamente destinado a
que ellos ejerciten sus fuerzas en un torneo, en donde ningún
campeón ha podido nunca hacer la más mínima
conquista y fundar sobre su victoria una duradera posesión.
No hay pues duda alguna de que su método, hasta aquí,
ha sido un mero tanteo y, lo que es peor, un tanteo entre meros
conceptos.
Ahora bien ¿a qué obedece que no se haya podido aún
encontrar aquí un camino seguro de la ciencia? ¿Es
acaso imposible? Mas ¿por qué la naturaleza ha introducido
en nuestra razón la incansable tendencia a buscarlo como
uno de sus más importantes asuntos? Y aún más
¡cuán poco motivo tenemos para confiar en nuestra razón,
si, en una de las partes más importantes de nuestro anhelo
de saber, no sólo nos abandona, sino que nos entretiene con
ilusiones, para acabar engañándonos! O bien, si solo
es que hasta ahora se ha fallado la buena vía, ¿qué
señales nos permiten esperar que en una nueva investigación
seremos más felices que lo han sido otros antes?
Yo debiera creer que los ejemplos de la matemática y de la
física, ciencias que, por una revolución llevada a
cabo de una vez, han llegado a ser lo que ahora son, serían
bastante notables para hacernos reflexionar sobre la parte esencial
de la transformación del pensamiento que ha sido para ellas
tan provechosa y se imitase aquí esos ejemplos, al menos
como ensayo, en cuanto lo permite su analogía, como conocimientos
de razón, con la Metafísica. Hasta ahora se admitía
que todo nuestro conocimiento tenía que regirse por los objetos;
pero todos los ensayos, para decidir a priori algo sobre estos,
mediante conceptos, por donde sería extendido nuestro conocimiento,
aniquilábanse en esa suposición. Ensáyese pues
una vez si no adelantaremos más en los problemas de la metafísica,
admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento,
lo cual concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento
a priori de dichos objetos, que establezca algo sobre ellos antes
de que nos sean dados. Ocurre con esto como con el primer pensamiento
de Copérnico quien, no consiguiendo explicar bien los movimientos
celestes si admitía que la masa toda de las estrellas daba
vueltas alrededor del espectador, ensayó si no tendría
mayor éxito haciendo al espectador dar vueltas y dejando
en cambio las estrellas inmóviles. En la metafísica
se puede hacer un ensayo semejante, por lo que se refiere a la intuición
de los objetos. Si la intuición tuviera que regirse por la
constitución de los objetos, no comprendo como se pueda a
priori saber algo de ella. ¿Rígese empero el objeto
(como objeto de los sentidos) por la constitución de nuestra
facultad de intuición?, entonces puedo muy bien representarme
esa posibilidad. Pero como no puedo permanecer atenido a esas intuiciones,
si han de llegar a ser conocimientos, sino que tengo que referirlas,
como representaciones, a algo como objeto, y determinar este mediante
aquéllas, puedo por tanto: o bien admitir que los conceptos,
mediante los cuales llevo a cabo esa determinación, se rigen
también por el objeto y entonces caigo de nuevo en la misma
perplejidad sobre el modo como pueda saber a priori algo de él;
o bien admitir que los objetos o, lo que es lo mismo, la experiencia,
en donde tan sólo son ellos (como objetos dados) conocidos,
se rige por esos conceptos y entonces veo en seguida una explicación
fácil; porque la experiencia misma es un modo de conocimiento
que exige entendimiento, cuya regla debo suponer en mí, aún
antes de que me sean dados objetos, por lo tanto a priori, regla
que se expresa en conceptos a priori, por los que tienen pues que
regirse necesariamente todos los objetos de la experiencia y con
los que tienen que concordar. En lo que concierne a los objetos,
en cuanto son pensados sólo por la razón y necesariamente,
pero sin poder (al menos tales como la razón los piensa)
ser dados en la experiencia, proporcionarán, según
esto, los ensayos de pensarlos (pues desde luego han de poderse
pensar) una magnífica comprobación de lo que admitimos
como método transformado del pensamiento, a saber: que no
conocemos a priori de las cosas más que lo que nosotros mismos
ponemos en ellas(8).
Este ensayo tiene un éxito conforme al deseo y promete a
la metafísica, en su primera parte (es decir en la que se
ocupa de conceptos a priori, cuyos objetos correspondientes pueden
ser dados en la experiencia en conformidad con ellos), la marcha
segura de una ciencia. Pues según este cambio del modo de
pensar, puede explicarse muy bien la posibilidad de un conocimiento
a priori y, más aún, proveer de pruebas satisfactorias
las leyes que están a priori a la base de la naturaleza,
como conjunto de los objetos de la experiencia; ambas cosas eran
imposibles según el modo de proceder hasta ahora seguido.
Pero de esta deducción de nuestra facultad de conocer a priori,
en la primera parte de la metafísica, despréndese
un resultado extraño y al parecer muy desventajoso para el
fin total de la misma, que ocupa la segunda parte, y es a saber:
que con esa facultad no podemos salir jamás de los límites
de una experiencia posible, cosa empero que es precisamente el afán
más importante de esa ciencia. Pero en esto justamente consiste
el experimento para comprobar la verdad del resultado de aquella
primera apreciación de nuestro conocimiento a priori de razón,
a saber: que éste se aplica sólo a los fenómenos
y, en cambio considera la cosa en sí misma, si bien real
por sí, como desconocida para nosotros. Pues lo que nos impulsa
a ir necesariamente más allá de los límites
de la experiencia y de todos los fenómenos, es lo incondicionado,
que necesariamente y con pleno derecho pide la razón, en
las cosas en sí mismas, para todo condicionado, exigiendo
así la serie completa de las condiciones. Ahora bien, ¿encuéntrase
que, si admitimos que nuestro conocimiento de experiencia se rige
por los objetos como cosas en sí mismas, lo incondicionado
no pude ser pensado sin contradicción; y que en cambio, desaparece
la contradicción, si admitimos que nuestra representación
de las cosas, como ellas nos son dadas, no se rige por ellas como
cosas en sí mismas, sino que más bien estos efectos,
como fenómenos, se rigen por nuestro modo de representación?
¿Encuéntrase por consiguiente que lo incondicionado
ha de hallarse no en las cosas en cuanto las conocemos (nos son
dadas), pero sí en ellas en cuanto no las conocemos, o sea
como cosas en sí mismas? Pues entonces se muestra que lo
que al comienzo admitíamos solo por vía de ensayo,
está fundado(9). Ahora bien, después de haber negado
a la razón especulativa todo progreso en ese campo de lo
suprasensible, quédanos por ensayar si ella no encuentra,
en su conocimiento práctico, datos para determinar aquel
concepto transcendente de razón, aquel concepto de lo incondicionado
y, de esa manera, conformándose al deseo de la metafísica,
llegar más allá de los límites de toda experiencia
posible con nuestro conocimiento a priori, aunque sólo en
un sentido práctico. Con su proceder, la razón especulativa
nos ha proporcionado por lo menos sitio para semejante ampliación,
aunque haya tenido que dejarlo vacío, autorizándonos
por tanto, más aún, exigiéndonos ella misma
que lo llenemos, si podemos, con sus datos prácticos(10).
En ese ensayo de variar el proceder que ha seguido hasta ahora la
metafísica, emprendiendo con ella una completa revolución,
según los ejemplos de los geómetras y físicos,
consiste el asunto de esta crítica de la razón pura
especulativa. Es un tratado del método, no un sistema de
la ciencia misma; pero sin embargo, bosqueja el contorno todo de
la ciencia, tanto en lo que se refiere a sus límites, como
también a su completa articulación interior. Pues
la razón pura especulativa tiene en sí esto de peculiar,
que puede y debe medir su propia facultad, según la diferencia
del modo como elige objetos para el pensar; que puede y debe enumerar
completamente los diversos modos de proponerse problemas y así
trazar el croquis entero de un sistema de metafísica. Porque,
en lo que a lo primero atañe, nada puede ser atribuido a
los objetos en el conocimiento a priori, sino lo que el sujeto pensante
toma de sí mismo; y, en lo que toca a lo segundo, es la razón
pura especulativa, con respecto a los principios del conocimiento,
una unidad totalmente separada, subsistente por sí, en la
cual cada uno de los miembros está, como en un cuerpo organizado,
para todos los demás, y todos para uno, y ningún principio
puede ser tomado con seguridad, en una relación, sin haberlo
al mismo tiempo investigado en la relación general con todo
el uso puro de la razón. Por eso tiene la metafísica
una rara fortuna, de la que no participa ninguna otra ciencia de
razón que trate de objetos (pues la lógica ocúpase
sólo de la forma del pensamiento en general); y es que si
por medio de esta crítica queda encarrilada en la marcha
segura de una ciencia, puede comprender enteramente el campo de
los conocimientos a ella pertenecientes y terminar por tanto su
obra, dejándola para el uso de la posteridad, como una construcción
completa; porque no trata más que de principios de las limitaciones
de su uso, que son determinadas por aquellos mismos. A esa integridad
está pues obligada como ciencia fundamental, de ella debe
poder decirse: nil actum reputans, si quid superesset agendum.
Pero se preguntará: ¿cuál es ese tesoro que
pensamos dejar a la posteridad con semejante metafísica,
depurada por la crítica, y por ella también reducida
a un estado inmutable? En una pasajera inspección de esta
obra, se creerá percibir que su utilidad no es más
que negativa, la de no atrevernos nunca, con la razón especulativa,
a salir de los límites de la experiencia; y en realidad tal
es su primera utilidad. Ésta empero se torna pronto en positiva,
por cuanto se advierte que esos principios, con que la razón
especulativa se atreve a salir de sus límites, tienen por
indeclinable consecuencia, en realidad, no una ampliación,
sino, considerándolos más de cerca, una reducción
de nuestro uso de la razón; ya que ellos realmente amenazan
ampliar descomedidamente los límites de la sensibilidad,
a que pertenecen propiamente, y suprimir así del todo el
uso puro (práctico) de la razón. Por eso una crítica
que limita la sensibilidad, si bien en este sentido es negativa,
sin embargo, en realidad, como elimina de ese modo al mismo tiempo
un obstáculo que limita y hasta amenaza aniquilar el uso
puro práctico, resulta de una utilidad positiva, y muy importante,
tan pronto como se adquiere la convicción de que hay un uso
práctico absolutamente necesario de la razón pura
(el moral), en el cual ésta se amplía inevitablemente
más allá de los límites de la sensibilidad;
para ello no necesita, es cierto, ayuda alguna de la especulativa,
pero sin embargo, tiene que estar asegurada contra su reacción,
para no caer en contradicción consigo misma. Disputar a este
servicio de la crítica su utilidad positiva, sería
tanto como decir que la policía no tiene utilidad positiva
alguna, pues que su ocupación principal no es más
que poner un freno a las violencias que los ciudadanos pueden temer
unos de otros, para que cada uno vaque a sus asuntos en paz y seguridad.
Que espacio y tiempo son solo formas de la intuición sensible,
y por tanto sólo condiciones de la existencia de las cosas
como fenómenos; que nosotros además no tenemos conceptos
del entendimiento y por tanto tampoco elementos para el conocimiento
de las cosas, sino en cuanto a esos conceptos puede serles dada
una intuición correspondiente; que consiguientemente nosotros
no podemos tener conocimiento de un objeto como cosa en sí
misma, sino sólo en cuanto la cosa es objeto de la intuición
sensible, es decir como fenómeno; todo esto queda demostrado
en la parte analítica de la Crítica. De donde se sigue
desde luego la limitación de todo posible conocimiento especulativo
de la razón a los meros objetos de la experiencia. Sin embargo,
y esto debe notarse bien, queda siempre la reserva de que esos mismos
objetos, como cosas en sí, aunque no podemos conocerlos,
podemos al menos pensarlos(11). Pues si no, seguiríase la
proposición absurda de que habría fenómeno
sin algo que aparece. Ahora bien vamos a admitir que no se hubiere
hecho la distinción, que nuestra Crítica ha considerado
necesaria, entre las cosas como objetos de la experiencia y esas
mismas cosas como cosas en sí. Entonces el principio de la
casualidad y por tanto el mecanismo de la naturaleza en la determinación
de la misma, tendría que valer para todas las cosas en general
como causas eficientes. Por lo tanto, de uno y el mismo ser, v.
g. del alma humana, no podría yo decir que su voluntad es
libre y que al mismo tiempo, sin embargo, está sometida a
la necesidad natural, es decir, que no es libre, sin caer en una
contradicción manifiesta; porque habría tomado el
alma, en ambas proposiciones, en una y la misma significación,
a saber, como cosa en general (como cosa en sí misma). Y,
sin previa crítica, no podría tampoco hacer de otro
modo. Pero si la Crítica no ha errado, enseñando a
tomar el objeto en dos significaciones, a saber como fenómeno
y como cosa en sí misma; si la deducción de sus conceptos
del entendimiento es exacta y por tanto el principio de la casualidad
se refiere sólo a las cosas tomadas en el primer sentido,
es decir a objetos de la experiencia, sin que estas cosas en su
segunda significación le estén sometidas; entonces
una y la misma voluntad es pensada, en el fenómeno (las acciones
visibles), como necesariamente conforme a la ley de la naturaleza
y en este sentido como no libre, y sin embargo, por otra parte,
en cuanto pertenece a una cosa en sí misma, como no sometida
a esa ley y por tanto como libre, sin que aquí se cometa
contradicción. Ahora bien, aunque mi alma, considerada en
este último aspecto, no la puedo conocer por razón
especulativa (y menos aún por la observación empírica),
ni por tanto puedo tampoco conocer la libertad, como propiedad de
un ser a quien atribuyo efectos en el mundo sensible, porque tendría
que conocer ese ser como determinado según su existencia,
y, sin embargo, no en el tiempo (cosa imposible, pues no puedo poner
intuición alguna bajo mi concepto), sin embargo, puedo pensar
la libertad, es decir que la representación de ésta
no encierra contradicción alguna, si son ciertas nuestra
distinción crítica de ambos modos de representación
(el sensible y el intelectual) y la limitación consiguiente
de los conceptos puros del entendimiento y por tanto de los principios
que de ellos dimanan. Ahora bien, supongamos que la moral presupone
necesariamente la libertad (en el sentido más estricto) como
propiedad de nuestra voluntad, porque alega a priori principios
que residen originariamente en nuestra razón, como datos
de ésta, y que serían absolutamente imposibles sin
la suposición de la libertad; supongamos que la razón
especulativa haya demostrado, sin embargo, que la libertad no se
puede pensar en modo alguno, entonces necesariamente aquella presuposición,
es decir la moral, debería ceder ante ésta, cuyo contrario
encierra una contradicción manifiesta, y por consiguiente
la libertad y con ella la moralidad (pues su contrario no encierra
contradicción alguna, a no ser que se haya ya presupuesto
la libertad) deberían dejar el sitio al mecanismo natural.
Mas para la moral no necesito más sino que la libertad no
se contradiga a sí misma y que, por tanto, al menos sea pensable,
sin necesidad de penetrarla más, y que no ponga pues obstáculo
alguno al mecanismo natural de una y la misma acción (tomada
en otra relación); resulta pues, que la teoría de
la moralidad mantiene su puesto y la teoría de la naturaleza
el suyo, cosa que no hubiera podido ocurrir si la crítica
no nos hubiera previamente enseñado nuestra inevitable ignorancia
respecto de las cosas en sí mismas y no hubiera limitado
a meros fenómenos lo que podemos conocer teóricamente.
Esta misma explicación de la utilidad positiva de los principios
críticos de la razón pura, puede hacerse con respecto
al concepto de Dios y de la naturaleza simple de nuestra alma. La
omito sin embargo, en consideración a la brevedad. Así
pues, no puedo siquiera admitir Dios, la libertad y la inmortalidad
para el uso práctico necesario de mi razón, como no
cercene al mismo tiempo a la razón especulativa su pretensión
de conocimientos transcendentes. Porque ésta, para llegar
a tales conocimientos, tiene que servirse de principios que no alcanzan
en realidad más que a objetos de la experiencia posible,
y por tanto, cuando son aplicados, sin embargo, a lo que no puede
ser objeto de la experiencia, lo transforman realmente siempre en
fenómeno y declaran así imposible toda ampliación
práctica de la razón pura. Tuve pues que anular el
saber, para reservar un sitio a la fe; y el dogmatismo de la metafísica,
es decir el prejuicio de que puede avanzarse en metafísica,
sin crítica de la razón pura, es la verdadera fuente
de todo descreimiento opuesto a la moralidad, que siempre es muy
dogmático. Así pues, no siendo difícil, con
una metafísica sistemática, compuesta según
la pauta señalada por la crítica de la razón
pura, dejar un legado a la posteridad, no es éste un presente
poco estimable. Basta comparar lo que es la cultura de la razón
mediante la marcha segura de una ciencia, con el tanteo sin fundamento
y el vagabundeo superficial de la misma sin crítica; o advertir
también cuanto mejor empleará aquí su tiempo
una juventud deseosa de saber, que en el dogmatismo corriente, que
inspira tan tempranos y poderosos alientos, ya para sutilizar cómodamente
sobre cosas de que no entiende nada y en las que no puede, como
no puede nadie en el mundo, conocer nada, ya para acabar inventando
nuevos pensamientos y opiniones, sin cuidarse de aprender las ciencias
exactas. Pero sobre todo se reconocerá el valor de la crítica,
si se tiene en cuenta la inapreciable ventaja de poner un término,
para todo el porvenir, a los ataques contra la moralidad y la religión,
de un modo socrático, es decir por medio de la prueba clara
de la ignorancia de los adversarios. Pues alguna metafísica
ha habido siempre en el mundo y habrá de haber en adelante;
pero con ella también surgirá una dialéctica
de la razón pura, pues es natural a ésta. Es pues
el primer y más importante asunto de la filosofía,
quitarle todo influjo desventajoso, de una vez para siempre, cegando
la fuente de los errores.
Tras esta variación importante en el campo de las ciencias
y la pérdida que de sus posesiones, hasta aquí imaginadas,
tiene que soportar la razón especulativa, todo lo que toca
al interés universal humano y a la utilidad que el mundo
ha sacado hasta hoy de las enseñanzas de la razón
pura, sigue en el mismo provechoso estado en que estuvo siempre.
La pérdida alcanza sólo al monopolio de las escuelas,
pero de ningún modo al interés de los hombres. Yo
pregunto al dogmático más inflexible si la prueba
de la duración de nuestra alma después de la muerte,
por la simplicidad de la substancia; si la de la libertad de la
voluntad contra el mecanismo universal, por las sutiles, bien que
impotentes distinciones entre necesidad práctica subjetiva
y objetiva; si la de la existencia de Dios por el concepto de un
ente realísimo (de la contingencia de lo variable y de la
necesidad de un primer motor) han llegado jamás al público,
después de salir de las escuelas y han tenido la menor influencia
en la convicción de las gentes. Y si esto no ha ocurrido,
ni puede tampoco esperarse nunca, por lo inadecuado que es el entendimiento
ordinario del hombre para tan sutil especulación; sí,
en cambio, en lo que se refiere al alma, la disposición que
todo hombre nota en su naturaleza, de no poder nunca satisfacerse
con lo temporal (como insuficiente para las disposiciones de todo
su destino) ha tenido por sí sola que dar nacimiento a la
esperanza de una vida futura; si en lo que se refiere a la libertad,
la mera presentación clara de los deberes, en oposición
a las pretensiones todas de las inclinaciones, ha tenido por sí
sola que producir la conciencia de la libertad; si, finalmente en
lo que a Dios se refiere, la magnífica ordenación,
la belleza y providencia que brillan por toda la naturaleza ha tenido,
por sí sola, que producir la fe en un sabio y grande creador
del mundo, convicción que se extiende en el público
en cuanto descansa en fundamentos racionales; entonces estas posesiones
no sólo siguen sin ser estorbadas, sino que ganan más
bien autoridad, porque las escuelas aprenden, desde ahora, a no
preciarse de tener, en un punto que toca al interés universal
humano, un conocimiento más elevado y amplio que el que la
gran masa (para nosotros dignísima de respeto) puede alcanzar
tan fácilmente, y a limitarse por tanto a cultivar tan sólo
esas pruebas universalmente comprensibles y suficientes en el sentido
moral. La variación se refiere pues solamente a las arrogantes
pretensiones de las escuelas, que desean en esto (como hacen con
razón en otras muchas cosas) se las tenga por únicas
conocedoras y guardadoras de semejantes verdades, de las cuales
sólo comunican al público el uso, y guardan para sí
la clave (quodmecum nescit, solus vult scire videri). Sin embargo
se ha tenido en cuenta aquí una equitativa pretensión
del filósofo especulativo. Éste sigue siempre siendo
el exclusivo depositario de una ciencia, útil al público
que la ignora, a saber, la crítica de la razón, que
no puede nunca hacerse popular. Pero tampoco necesita serlo; porque,
así como el pueblo no puede dar entrada en su cabeza como
verdades útiles, a los bien tejidos argumentos, de igual
modo nunca llegan a su sentido las objeciones contra ellos, no menos
sutiles. En cambio, como la escuela y asimismo todo hombre que se
eleve a la especulación, cae inevitablemente en argumentos
y réplicas, está aquella crítica obligada a
prevenir de una vez para siempre, por medio de una investigación
fundamentada de los derechos de la razón especulativa, el
escándalo que tarde o temprano ha de sentir el pueblo, por
las discusiones en que los metafísicos (y, como tales, también
al fin los sacerdotes) sin crítica se complican irremediablemente
y que falsean después sus mismas doctrinas. Sólo por
medio de esta crítica pueden cortarse de raíz el materialismo,
el fatalismo, el ateísmo, el descreimiento de los librepensadores,
el misticismo y la superstición, que pueden ser universalmente
dañinos, finalmente también el idealismo y el escepticismo,
que son peligros más para las escuelas y que no pueden fácilmente
llegar al público. Si los gobiernos encuentran oportuno el
ocuparse de los negocios de los sabios, lo más conforme a
su solícita presidencia sería, para las ciencias como
para los hombres, favorecer la libertad de una crítica semejante,
única que puede dar a las construcciones de la razón
un suelo firme, que sostener el ridículo despotismo de las
escuelas, que levantan una gran gritería sobre los peligros
públicos, cuando se rasga su tejido, que el público
sin embargo, jamás ha conocido y cuya pérdida por
lo tanto no puede nunca sentir.
La crítica no se opone al proceder dogmático de la
razón en su conocimiento puro como ciencia (pues ésta
ha de ser siempre dogmática, es decir, estrictamente demostrativa
por principios a priori, seguros), sino al dogmatismo, es decir,
a la pretensión de salir adelante sólo con un conocimiento
puro por conceptos (el filosófico), según principios
tales como la razón tiene en uso desde hace tiempo, sin informarse
del modo y del derecho con que llega a ellos. Dogmatismo es, pues,
el proceder dogmático de la razón pura, sin previa
crítica de su propia facultad. Esta oposición, por
lo tanto, no ha de favorecer la superficialidad charlatana que se
otorga el pretencioso nombre de ciencia popular, ni al escepticismo,
que despacha la metafísica toda en breves instantes. La crítica
es más bien el arreglo previo necesario para el momento de
una bien fundada metafísica, como ciencia, que ha de ser
desarrollada por fuerza dogmáticamente, y según la
exigencia estricta, sistemáticamente, y, por lo tanto, conforme
a escuela (no popularmente). Exigir esto a la crítica es
imprescindible, ya que se obliga a llevar su asunto completamente
a priori, por tanto a entera satisfacción de la razón
especulativa. En el desarrollo de ese plan, que la crítica
prescribe, es decir, en el futuro sistema de la metafísica,
debemos, pues, seguir el severo método del famoso Wolf, el
más grande de todos los filósofos dogmáticos,
que dio el primero el ejemplo (y así creó el espíritu
de solidez científica, aún vivo en Alemania) de cómo,
estableciendo regularmente los principios, determinando claramente
los conceptos, administrando severamente las demostraciones y evitando
audaces saltos en las consecuencias, puede emprenderse la marcha
segura de una ciencia. Y por eso mismo fuera él superiormente
hábil para poner en esa situación una ciencia como
la metafísica, si se le hubiera ocurrido prepararse el campo
previamente por medio de una crítica del órgano, es
decir, de la razón pura misma: defecto que no hay que atribuir
tanto a él como al modo de pensar dogmático de su
tiempo y sobre el cual los filósofos de este, como de los
anteriores tiempos, nada tienen que echarse en cara. Los que rechacen
su modo de enseñar y al mismo tiempo también el proceder
de la crítica de la razón pura, no pueden proponerse
otra cosa que rechazar las trabas de la Ciencia, transformar el
trabajo en juego, la certeza en opinión y la filosofía
en filodoxia.
Por lo que se refiere a esta segunda edición, no he querido,
como es justo, dejar pasar la ocasión, sin corregir en lo
posible las dificultades u obscuridades de donde puede haber surgido
más de una mala interpretación que hombres penetrantes,
quizá no sin culpa mía, han encontrado al juzgar este
libro. En las proposiciones mismas y sus pruebas, así como
en la forma e integridad del plan, nada he encontrado que cambiar;
cosa que atribuyo en parte al largo examen a que los he sometido
antes de presentar este libro al público, y en parte también
a la constitución de la cosa misma, es decir a la naturaleza
de una razón pura especulativa, que tiene una verdadera estructura,
donde todo es órgano, es decir donde todos están para
uno y cada uno para todos y donde, por tanto, toda debilidad por
pequeña que sea, falta (error) o defecto, tiene que advertirse
imprescindiblemente en el uso. Con esta inmutabilidad se afirmará
también según espero, este sistema en adelante. Esta
confianza la justifica no la presunción, sino la evidencia
que produce el experimento, por la igualdad del resultado cuando
partimos de los elementos mínimos hasta llegar al todo de
la razón pura y cuando retrocedemos del todo (pues éste
también es dado por sí mediante el propósito
final en lo práctico) a cada parte, ya que el ensayo de variar
aún sólo la parte más pequeña, introduce
enseguida contradicciones no sólo en el sistema, sino en
la razón universal humana.
Pero en la exposición hay aún mucho que hacer y he
intentado en esta edición correcciones que han de poner remedio
a la mala inteligencia de la estética (sobre todo en el concepto
del tiempo) a la obscuridad de la deducción de los conceptos
del entendimiento, al supuesto defecto de suficiente evidencia en
las pruebas de los principios del entendimiento puro, y finalmente
a la mala interpretación de los paralogismos que preceden
a la psicología racional. Hasta aquí (es decir hasta
el final del capítulo primero de la dialéctica transcendental)
y no más, extiéndense los cambios introducidos en
el modo de exposición(12), porque el tiempo me venía
corto y, en lo que quedaba por revisar, no han incurrido en ninguna
mala inteligencia quienes han examinado la obra con conocimiento
del asunto y con imparcialidad. Éstos, aun que no puedo nombrarlos
aquí con las alabanzas a que son acreedores, notarán
por sí mismos en los respectivos lugares, la consideración
con que he escuchado sus observaciones. Esa corrección ha
sido causa empero de una pequeña pérdida para el lector,
y no había medio de evitarla, sin hacer el libro demasiado
voluminoso. Consiste en que varias cosas que, si bien no pertenecen
esencialmente a la integridad del todo, pudiera, sin embargo, más
de un lector echarlas de menos con disgusto, porque pueden ser útiles
en otro sentido, han tenido que ser suprimidas o compendiadas, para
dar lugar a esta exposición, más comprensible ahora,
según yo espero. En el fondo, con respecto a las proposiciones
e incluso a sus pruebas, esta exposición no varía
absolutamente nada. Pero en el método de presentarlas, apártase
de vez en cuando de la anterior de tal modo, que no se podía
llevar a cabo por medio de nuevas adiciones. Esta pequeña
pérdida que puede además subsanarse, cuando se quiera,
con solo cotejar esta edición con la primera queda compensada
con creces, según yo espero, por la mayor comprensibilidad
de ésta.
He notado, con alegría, en varios escritos públicos
(ora con ocasión de dar cuenta de algunos libros, ora en
tratados particulares), que el espíritu de exactitud no ha
muerto en Alemania. La gritería de la nueva moda, que practica
una genial libertad en el pensar, lo ha pagado tan sólo por
poco tiempo, y los espinosos senderos de la crítica, que
conducen a una ciencia de la razón pura, ciencia de escuela,
pero sólo así duradera y por ende altamente necesaria,
no han impedido a valerosos clarividentes ingenios, adueñarse
de ella. A estos hombres de mérito, que unen felizmente a
la profundidad del conocimiento el talento de una exposición
luminosa (talento de que yo precisamente carezco), abandono la tarea
de acabar mi trabajo, que en ese respecto puede todavía dejar
aquí o allá algo que desear; pues el peligro, en este
caso, no es el de ser refutado, sino el de no ser comprendido. Por
mi parte no puedo de aquí en adelante entrar en discusiones,
aunque atenderé con sumo cuidado a todas las indicaciones
de amigos y de enemigos, para utilizarlas en el futuro desarrollo
del sistema, conforme a esta propedéutica. Cógenme
estos trabajos en edad bastante avanzada (en este mes cumplo sesenta
y cuatro años); y si quiero realizar mi propósito,
que es publicar la metafísica de la naturaleza y la de la
moralidad, como confirmación de la exactitud de la crítica
de la razón especulativa y la de la práctica, he de
emplear mi tiempo con economía, y confiarme, tanto para la
aclaración de las obscuridades, inevitables al principio
en esta obra, como para la defensa del todo, a los distinguidos
ingenios, que se han compenetrado con mi labor. Todo discurso filosófico
puede ser herido en algún sitio aislado (pues no puede presentarse
tan acorazado como el discurso matemático); pero la estructura
del sistema, considerada en unidad, no corre con ello el menor peligro,
y abarcarla con la mirada, cuando el sistema es nuevo, es cosa para
la cual hay pocos que tengan la aptitud del espíritu y, menos
aún, que posean el gusto de usarla, porque toda innovación
les incomoda. También, cuando se arrancan trozos aislados
y se separan del conjunto, para compararlos después unos
con otros, pueden descubrirse en todo escrito, y más aún
si se desarrolla en libre discurso, contradicciones aparentes, que
a los ojos de quien se confía al juicio de otros, lanzan
una luz muy desfavorable sobre el libro. Pero quien se haya adueñado
de la idea del todo, podrá resolverlas muy fácilmente.
Cuando una teoría tiene consistencia, las acciones y reacciones
que al principio la amenazaban con grandes peligros, sirven, con
el tiempo, solo para aplanar sus asperezas y si hombres de imparcialidad,
conocimiento y verdadera popularidad se ocupan de ella, proporciónanle
también en poco tiempo la necesaria elegancia.
Königsberg, Abril de 1787.
Introducción
- I -
De la distinción del conocimiento puro y el empírico(13)
No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con
la experiencia. Pues ¿por dónde iba a despertarse
la facultad de conocer, para su ejercicio, como no fuera por medio
de objetos que hieren nuestros sentidos y ora provocan por sí
mismos representaciones, ora ponen en movimiento nuestra capacidad
intelectual para compararlos, enlazarlos, o separarlos y elaborar
así, con la materia bruta de las impresiones sensibles, un
conocimiento de los objetos llamado experiencia? Según el
tiempo, pues, ningún conocimiento precede en nosotros a la
experiencia y todo conocimiento comienza con ella.
Mas si bien todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia,
no por eso origínase todo él en la experiencia. Pues
bien podría ser que nuestro conocimiento de experiencia fuera
compuesto de lo que recibimos por medio de impresiones y de lo que
nuestra propia facultad de conocer (con ocasión tan sólo
de las impresiones sensibles) proporciona por sí misma, sin
que distingamos este añadido de aquella materia fundamental
hasta que un largo ejercicio nos ha hecho atentos a ello y hábiles
en separar ambas cosas.
Es pues por lo menos una cuestión que necesita de una detenida
investigación y que no ha de resolverse enseguida a primera
vista, la de si hay un conocimiento semejante, independiente de
la experiencia y aún de toda impresión de los sentidos.
Esos conocimientos llámanse a priori y distínguense
de los empíricos, que tienen sus fuentes a posteriori, a
saber, en la experiencia.
Aquella expresión, empero, no es bastante determinada para
señalar adecuadamente el sentido todo de la cuestión
propuesta. Pues hay algunos conocimientos derivados de fuentes de
experiencia, de los que suele decirse que nosotros somos a priori
partícipes o capaces, de ellos, porque no los derivamos inmediatamente
de la experiencia, sino de una regla universal, la cual, sin embargo,
hemos sacado de la experiencia. Así, de uno que socavare
el fundamento de su casa, diríase que pudo saber a priori
que la casa se vendría abajo, es decir, que no necesitaba
esperar la experiencia de su caída real. Mas totalmente a
priori no podía saberlo. Pues tenía que saber de antemano
por experiencia que los cuerpos son pesados y por tanto que cuando
se les quita el sostén, caen.
En lo que sigue, pues, entenderemos por conocimientos a priori no
los que tienen lugar independientemente de esta o aquella experiencia,
sino absolutamente de toda experiencia. A estos opónense
los conocimientos empíricos o sea los que no son posibles
más que a posteriori, es decir por experiencia. De entre
los conocimientos a priori llámanse puros aquellos en los
cuales no se mezcla nada empírico. Así por ejemplo,
la proposición: todo cambio tiene su causa, es una proposición
a priori, mas no es pura, porque el cambio es un concepto que no
puede ser sacado más que de la experiencia.
- II -
Estamos en posesión de ciertos conocimientos a priori y aun
el entendimiento común no está nunca sin conocimientos
de esa clase
Trátase aquí de buscar una característica por
la que podamos distinguir un conocimiento puro de uno empírico.
Cierto es que la experiencia nos enseña que algo está
constituido de este u otro modo, pero no que ello no pueda ser de
otra manera. Así pues, primero: si se encuentra una proposición
que sea pensada al mismo tiempo con su necesidad, es entonces un
juicio a priori; si además no está derivada de ninguna
otra que no sea a su vez valedera como proposición necesaria,
es entonces absolutamente a priori. Segundo: la experiencia no da
jamás a sus juicios universalidad verdadera o estricta, sino
sólo admitida y comparativa (por inducción), de tal
modo que se debe propiamente decir: en lo que hasta ahora hemos
percibido no se encuentra excepción alguna a esta o aquella
regla. Así pues si un juicio es pensado con estricta universalidad,
de suerte que no se permita como posible ninguna excepción,
entonces no es derivado de la experiencia, sino absolutamente a
priori. La universalidad empírica es pues solo un arbitrario
aumento de la validez: que, de valer para la mayoría de los
casos, pasa a valer para todos ellos, por ejemplo en la proposición:
todos los cuerpos son pesados. Pero en cambio cuando un juicio tiene
universalidad estricta, ésta señala una fuente particular
de conocimiento para aquel juicio, una facultad del conocimiento
a priori. Necesidad y universalidad estrictas son pues, señales
seguras de un conocimiento a priori y están inseparablemente
unidas. Mas como, en el uso, es a veces más fácil
mostrar la contingencia que la limitación empírica
de los juicios, o a veces también es más claro mostrar
la universalidad ilimitada, atribuida por nosotros a un juicio,
que su necesidad, es de aconsejar el uso separado de ambos criterios,
cada uno de los cuales por sí es infalible.
Es fácil mostrar ahora que hay realmente en el conocimiento
humano juicios necesarios y universales, en el más estricto
sentido, juicios por tanto puros a priori. Si se quiere un ejemplo
sacado de las ciencias, no hay más que fijarse en todas las
proposiciones de la matemática. Si se quiere un ejemplo del
uso más ordinario del entendimiento, puede servir la proposición:
todo cambio tiene que tener una causa. Y aun en este último
ejemplo, encierra el concepto de causa tan manifiestamente el concepto
de necesidad del enlace con un efecto y de universalidad estricta
de la regla, que se perdería completamente, si se le quisiera
derivar, como hizo Hume, de una conjunción frecuente entre
lo que ocurre y lo que precede y de una costumbre nacida de ahí
(por tanto de una necesidad meramente subjetiva) de enlazar representaciones.
Y también, sin necesidad de semejantes ejemplos para demostrar
la realidad de principios puros a priori en nuestro conocimiento,
podría mostrarse lo indispensable que son éstos para
la posibilidad de la experiencia misma y por tanto exponerlos a
priori. Pues ¿de dónde iba a sacar la experiencia
su certeza si todas las reglas, por las cuales progresa, fueran
empíricas y por ende contingentes? Por eso no se puede fácilmente
dar a éstas el valor de primeros principios. Podemos empero
contentarnos aquí con haber expuesto el uso puro de nuestra
facultad de conocer, como un hecho, con todas sus señales.
Pero no sólo en juicios, sino también en conceptos
muéstrase que algunos tienen un origen a priori. Prescindid
poco a poco, en el concepto que la experiencia os da de un cuerpo,
de todo lo que es en él empírico: color, dureza o
blandura, peso, impenetrabilidad; siempre queda el espacio que aquel
cuerpo (que ahora ha desaparecido por completo) ocupaba; de este
no podéis prescindir. De igual modo, si en vuestro concepto
empírico de todo objeto, corporal o incorporal, prescindís
de todas las propiedades que os enseña la experiencia, no
podréis sin embargo suprimirle aquella por la cual lo pensáis
como substancia o como adherente a una substancia (aunque este concepto
encierra más determinación que el de un objeto en
general). Así pues, tenéis que confesar, empujados
por la necesidad conque se os impone ese concepto, que tiene un
lugar en vuestra facultad de conocer a priori(14).
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