De la Tierra a la Luna

Verne, Julio 1 de 14
De la Tierra a la Luna
Julio Verne

Durante la guerra de Secesión de los Estados Unidos, se estableció en Baltimore,
ciudad del Estado de Maryland, una nueva sociedad de mucha influencia. Conocida es
la energía con que el instinto militar se desenvolvió en aquel pueblo de armadores,
mercaderes y fabricantes Simples comerciantes y tenderos abandonaron su despacho y
su mostrador para improvisarse capitanes, coroneles y hasta generales sin haber visto
las aulas de West Point,(1) y no tardaron en rivalizar dignamente en el arte de la guerra
con sus colegas del antiguo continente, alcanzando victorias, lo mismo que éstos, a
fuerza de prodigar balas, millones y hombres.
1. Academia militar de los Estados Unidos.
Pero en lo que principalmente los americanos aventajaron a los europeos, fue en la
ciencia de la balística, y no porque sus armas hubiesen llegado a un grado más alto de
perfección, sino porque se les dieron dimensiones desusadas y con ellas un alcance
desconocido hasta entonces. Respecto a tiros rasantes, directos, parabólicos, oblicuos
y de rebote, nada tenían que envidiarles los ingleses, franceses y prusianos, pero los
cañones de éstos, los obuses y los morteros, no son más que simples pistolas de
bolsillo comparados con las formidables máquinas de artillería norteamericana.
No es extraño. Los yanquis no tienen rivales en el mundo como mecánicos, y nacen
ingenieros como los italianos nacen músicos y los alemanes metafísicos. Era, además,
natural que aplicasen a la ciencia de la balística su natural ingenio y su característica
audacia. Así se explican aquellos cañones gigantescos, mucho menos útiles que las
máquinas de coser, pero no menos admirables y mucho más admirados. Conocidas son
en este género las maravillas de Parrot, de Dahlgreen y de Rodman. Los Armstrong, los
Pallisier y los Treuille de Beaulieu tuvieron que reconocer su inferioridad delante de
sus rivales ultramarinos.
Así pues, durante la terrible lucha entre nordistas y sudistas, los artilleros figuraron
en primera línea. Los periódicos de la Unión celebraron con entusiasmo sus inventos,
y no hubo ningún hortera, por insignificante que fuese, ni ningún cándido bobalicón
que no se devanase día y noche los sesos calculando trayectorias desatinadas.
Y cuando a un americano se le mete una idea en la cabeza, nunca falta otro americano
que le ayude a realizarla. Con sólo que sean tres, eligen un presidente y dos secretarios.
Si llegan a cuatro, nombran un archivero, y la sociedad funciona. Siendo cinco se
convocan en asamblea general, y la sociedad queda definitivamente constituida. Así
sucedió en Baltimore. El primero que inventó un nuevo cañón se asoció con el primero
que lo fundió y el primero que lo taladró. Tal fue el núcleo del Gun-Club.(1)
1. Cañón Club.
Un mes después de su formación, se componía de 1.833 miembros efectivos y
30.575 socios correspondientes.
A todo el que quería entrar en la sociedad se le imponía la condición, sine qua non,
de haber ideado o por to menos perfeccionado un nuevo cañón, o, a falta de cañón, un
arma de fuego cualquiera. Pero fuerza es decir que los inventores de revólveres de
quince tiros, de carabinas de repetición o de sables-pistolas no eran muy considerados.
En todas las circunstancias los artilleros privaban y merecían la preferencia.
-La predilección que se les concede -dijo un día uno de los oradores más distinguidos
del Gun-Club- guarda proporción con las dimensiones de su cañón, y está en razón
directa del cuadrado de las distancias alcanzadas por sus proyectiles.
Fundado el Gun-Club, fácil es figurarse lo que produjo en este género el talento
inventivo de los americanos. Las máquinas de guerra tomaron proporciones colosales,
y los proyectiles, traspasando los límites permitidos, fueron a mutilar horriblemente a
más de cuatro inofensivos transeúntes. Todas aquellas invenciones hacían parecer poca
cosa a los tímidos instrumentos de la artillería europea.
Júzguese por las siguientes cifras:
En otro tiempo, una bala del treinta y seis, a la distancia de 300 pies, atravesaba
treinta y seis caballos cogidos de flanco y setenta y ocho hombres. La balística se
hallaba en mantillas. Desde entonces los proyectiles han ganado mucho terreno. El
cañón Rodman, que arrojaba a siete millas(1) de distancia una bala que pesaba media tonelada, habría fácilmente derribado 150 caballos y 300 hombres. En el Gun-Club se
trató de hacer la prueba, pero aunque los caballos se sometían a ella, los hombres
fueron por desgracia menos complacientes.
1. La milla anglosajona equivale a 1.609,31 metros.
Pero sin necesidad de pruebas se puede asegurar que aquellos cañones eran muy
mortíferos, y en cada disparo caían combatientes como espigas en un campo que se
está segando. Junto a semejantes proyectiles, ¿qué significaba aquella famosa bala que
en Coutras, en 1587, dejó fuera de combate a veinticinco hombres?
¿Qué significaba aquella otra bala que en Zeradoff, en 1758, mató cuarenta soldados?
¿Qué era en sustancia aquel cañón austriaco de Kesselsdorf, que en 1742 derribaba en
cada disparo a setenta enemigos? ¿Quién hace caso de aquellos tiros sorprendentes de
Jena y de Austerlitz que decidían la suerte de la batalla? Cosas mayores se vieron
durante la guerra federal. En la batalla de Gettysburg un proyectil cónico disparado
por un cañón mató a 173 confederados, y en el paso del Potomac una bala Rodman
envió a 115 sudistas a un mundo evidentemente mejor. Debemos también hacer
mención de un mortero formidable inventado por J. T. Maston, miembro distinguido y
secretario perpetuo del Gun-Club, cuyo resultado fue mucho más mortífero, pues en el
ensayo mató a 137 personas. Verdad es que reventó.
¿Qué hemos de decir que no lo digan, mejor que nosotros, guarismos tan elocuentes?
Preciso es admitir sin repugnancia el cálculo siguiente obtenido por el estadista
Pitcairn: dividiendo el número de víctimas que hicieron las balas de cañón por el de los
miembros del Gun-Club, resulta que cada uno de éstos había por término medio
costado la vida a 2.375 hombres y una fracción.
Fijándose en semejantes guarismos, es evidente que la única preocupación de aquella
sociedad científica fue la destrucción de la humanidad con un fin filantrópico, y el
perfeccionamiento de las armas de guerra consideradas como instrumentos de
civilización.
Aquella sociedad era una reunión de ángeles exterminadores, hombres de bien a carta
cabal.
Añádase que aquellos yanquis, valientes todos a cuál más, no se contentaban con
fórmulas, sino que descendían ellos mismos al terreno de la práctica. Había entre ellos
oficiales de todas las graduaciones, subtenientes y generales, y militares de todas las
edades, algunos recién entrados en la carrera de las armas y otros que habían encanecido
en los campamentos. Muchos, cuyos nombres figuraban en el libro de honor
del Gun-Club, habían quedado en el campo de batalla, y los demás llevaban en su
mayor parte señales evidentes de su indiscutible denuedo. Muletas, piernas de palo,
brazos artificiales, manos postizas, mandíbulas de goma elástica, cráneos de plata o
narices de platino, de todo había en la colección, y el referido Pitcairn calculó
igualmente que en el Gun-Club no había, a to sumo, más que un brazo por cada cuatro
personas y dos piernas por cada seis.
Pero aquellos intrépidos artilleros no reparaban en semejantes bagatelas, y se
llenaban justamente de orgullo cuando el parte de una batalla dejaba consignado un
número de víctimas diez veces mayor que el de proyectiles gastados.
Un día, sin embargo, triste y lamentable día, los que sobrevivieron a la guerra
firmaron la paz; cesaron poco a poco los cañonazos; enmudecieron los morteros; los
obuses y los cañones volvieron a los arsenales; las balas se hacinaron en los parques,
se borraron los recuerdos sangrientos. Los algodoneros brotaron esplendorosos en los
campos pródigamente abonados, los vestidos de luto se fueron haciendo viejos a la par
del dolor, y el Gun-Club quedó sumido en una ociosidad profunda.
Algunos apasionados, trabajadores incansables, se entregaban aún a cálculos de
balística y no pensaban más que en bombas gigantescas y obuses incomparables. Pero,
sin la práctica, ¿de qué sirven las teorías? Los salones estaban desiertos, los criados
dormían en las antesalas, los periódicos permanecían encima de las mesas, tristes
ronquidos partían de los rincones oscuros, y los miembros del Gun-Club. tan
bulliciosos en otro tiempo, se amodorraban mecidos por la idea de una artillería
platónica.
-¡Qué desconsuelo! -dijo un día el bravo Tom Hunter, mientras sus piernas de palo
se carbonizaban en la chimenea-. ¡Nada hacemos! ¡Nada esperamos! ¡Qué existencia
tan fastidiosa! ¿Qué se hicieron de aquellos tiempos en que nos despertaba todas las
mañanas el alegre estampido de los cañones?
-Aquellos tiempos pasaron para no volver -respondió Bilsby, procurando estirar los
brazos que le faltaban-. ¡Entonces daba gusto! Se inventaba un obús, y, apenas estaba
fundido, iba el mismo inventor a ensayarlo delante del enemigo, y se obtenía en el
campamento un aplauso de Sherman o un apretón de manos de MacClellan. Pero
actualmente los generales han vuelto a su escritorio, y en lugar de mortíferas balas de
hierro despachan inofensivas balas de algodón. ¡Santa Bárbara bendita! ¡El porvenir de
la artillería se ha perdido en América!
-Sí, Bilsby -exclamó el coronel Blomsberry-, hemos sufrido crueles decepciones. Un
día abandonamos nuestros hábitos tranquilos, nos ejercitamos en el manejo de las
armas, nos trasladamos de Baltimore a los campos de batalla, nos portamos como
héroes, y dos o tres años después perdemos el fruto de tantas fatigas para
condenarnos a una deplorable inercia con las manos metidas en los bolsillos.
Trabajo le hubiera costado al valiente coronel dar una prueba semejante de su
ociosidad, y no por falta de bolsillos.
-¡Y ninguna guerra en perspectiva! -dijo entonces el famoso J. T. Maston,
rascándose su cráneo de goma elástica-. ¡Ni una nube en el horizonte, cuando tanto hay
aún que hacer en la ciencia de la artillería! Yo, que os hablo en este momento, he
terminado esta misma mañana un modelo de mortero, con su plano, su corte y su
elevación, destinado a modificar profundamente las leyes de la guerra.
-¿De veras? -replicó Tom Hunter, pensando involuntariamente en el último ensayo
del respetable J. T. Maston.
-De veras -respondió éste-. Pero ¿de qué sirven tantos estudios concluidos y tantas
dificultades vencidas? Nuestros trabajos son inútiles. Los pueblos del nuevo mundo se
han empeñado en vivir en paz, y nuestra belicosa Tribuna(1) pronostica catástrofes
debidas al aumento incesante de las poblaciones.
-Sin embargo, Maston-respondió el coronel Blomsberry-, en Europa siguen
batiéndose para sostener el principio de las nacionalidades.
-¿Y qué?
-¡Y qué! Podríamos intentar algo a11í, y si se aceptasen nuestros servicios...
-¿Qué osáis proponer? -exclamó Bilsby-. ¡Cultivar la balística en provecho de los
extranjeros!
-Es preferible a no hacer nada -respondió el coroner.
-Sin duda -dijo J. T. Maston- es preferible, pero ni siquiera nos queda tan pobre
recurso.
-¿Y por qué? -preguntó el coroner.
-Porque en el viejo mundo se profesan sobre los ascensos ideas que contrarían todas
nuestras costumbres americanas. Los europeos no comprenden que pueda llegar a ser
general en jefe quien no ha sido antes subteniente, to que equivale a decir que no puede
ser buen artillero el que por sí mismo-no ha fundido el cañón, to que me parece...
-¡Absurdo! -replicó Tom Hunter destrozando con su bowieknife(2) los brazos de la
butaca en que estaba sentado-. Y en el extremo a que han llegado las cosas no nos
queda ya más recurso que plantar tabaco y destilar aceite de ballena.
1. El más fogoso periódico abolicionista de la Unión.
2. Cuchillo de bolsillo, de ancha hoja.
-¡Cómo! -exclamó J. T. Maston con voz atronadora-. ¿No dedicaremos los últimos
años de nuestra existencia al perfeccionamiento de las armas de fuego? ¿No ha de
presentarse una nueva ocasión de ensayar el alcance de nuestros proyectiles? ¿Nunca
más el fogonazo de nuestros cañones iluminará la atmósfera? ¿No sobrevendrá una
complicación internacional que nos permita declarar la guerra a alguna potencia
transatlántica? ¿No echarán los franceses a pique ni uno solo de nuestros vapores, ni
ahorcarán los ingleses, con menosprecio del derecho de gentes, tres o cuatro de
nuestros compatriotas?
-¡No, Maston -respondió el coronel Blomsberry-, no tendremos tanta dicha! ¡No se
producirá ni uno solo de los incidentes que tanta falta nos hacen; y aunque se
produjesen, no sacaríamos de ellos ningún partido! ¡La susceptibilidad americana va
desapareciendo, y vegetamos en la molicie!
-¡Sí, nos humillamos! -replicó Bilsby.
-¡Se nos humilla! -respondió Tom Hunter.
-¡Y tanto! -replicó J. T. Maston con mayor vehemencia-. ¡Sobran razones para
batirnos, y no nos batimos! Se economizan piernas y brazos en provecho de gentes
que no saben qué hacer de ellos. Sin it muy lejos, se encuentra un motivo de gúérra.
Decid, ¿la América del Norte no perteneció en otro tiempo a los ingleses?
-Sin duda-respondió Tom Hunter, dejando con rabia quemarse en la chimenea el
extremo de su muleta.
-¡Pues bien! -repuso J. T. Maston-. ¿Por qué Inglaterra, a su vez, no ha de
pertenecer a los americanos?
-Sería muy justo -respondió el coronel Blomsberry.
-Id con vuestra proposición al presidente de los Estados Unidos -exclamó J. T.
Maston- y veréis cómo la acoge.
-La acogerá mal -murmuró Bilsby entre los cuatro dientes que había salvado de la
batalla.
-No seré yo -exclamó J. T. Maston- quien le dé el voto en las próximas elecciones.
-Ni yo -exclamaron de acuerdo todos aquellos belicosos inválidos.
-Entretanto, y para concluir -repuso J. T. Maston-, si no se me proporciona ocasión
de ensayar mi nuevo mortero sobre un verdadero campo de batalla, presentaré mi
dimisión de miembro del Gun-Club, y me sepultaré en las soledades de Arkansas.
-Donde os seguiremos todos -respondieron los interlocutores del audaz J. T.
Maston.
Tal era el estado de la situación. La exasperación de los ánimos iba en progresivo
aumento, y el club se hallaba amenazado de una próxima disolución, cuando sobrevino
un acontecimiento inesperado que impidió tan sensible catástrofe.
Al día siguiente de la acalorada conversación de que acabamos de dar cuenta, todos
los miembros de la sociedad recibieron una circular concebida en los siguientes
términos:
«Baltimore, 3 de octubre.
»El presidente del Gun-Club tiene la honra de prevenir a sus colegas que en
la sesión del 5 dei corriente les dirigirá una comunicación de la mayor
importancia, por lo que les suplica que, cualesquiera que sean sus
ocupaciones, acudan a la cita que les da por la presente. »
Su afectísimo colega,
IMPEY BARBICANE, P. G. C.»
II
Comunicación del presidente Barbicane
El 5 de octubre, a las ocho de la noche, una multitud compacta se apiñaba en los
salones del Gun-Club, 21, Union Square. Todos los miembros de la sociedad residentes
en Baltimore habían acudido a la cita de su presidente.
En cuanto a los socios correspondientes, los trenes los depositaban a centenares en
las estaciones de la ciudad, sin que por mucha que fuese la capacidad del salón de
sesiones, cupiesen todos en ella. Así es que aquel concurso de sabios refluía en las
salas próximas, en los corredores y hasta en los vestiíbulos exteriores, donde se
condensaba un gentío inmenso que deseaba con ansia conocer la importante
comunicación del presidente Barbicane. Los unos empujaban a los otros, y
mutuamente se atropellaban y aplastaban con esa libertad de acción característica de
los pueblos educados en las ideas democráticas.
Un extranjero que se hubiese hallado aquella noche en Baltimore no hubiera
conseguido a fuerza de oro penetrar en el gran salón, exclusivamente reservado a los
miembros residentes o correspondientes, sin que nadie más pudiera ocupar en él
puesto alguno; así es que los notables de la ciudad, los magistrados del consejo y la
gente selecta habían tenido que mezclarse con la turba de sus admiradores para coger al
vuelo las noticias del interior.
La inmensa sala ofrecía a las miradas un curioso espectáculo. Aquel vasto local
estaba maravillosamente adecuado a su destino. Altas columnas, formadas de cañones
sobrepuestos que tenían por pedestal grandes morteros, sostenían la esbelta armazón
de la bóveda, verdadero encaje de hierro fundido admirablemente recortado. Panoplias
de trabucos, retacos, arcabuces, carabinas y de todas las armas de fuego antiguas y
modernas cubrían las paredes entrelazándose de una manera pintoresca. La llama del
gas brotaba profusamente de un millar de revólveres dispuestos en forma de lámparas,
completando tan espléndido alumbrado arañas de pistolas y candelabros formados de
fusiles artísticamente reunidos. Los modelos de cañones, las muestras de bronce, los
blancos acribillados a balazos, las planchas destruidas por el choque de las balas del
Gun-Club, el surtido de baquetones y escobillones, los rosarios de bombas, los collares
de proyectiles, las guirnaldas de granadas, en una palabra, todos los útiles del artillero
fascinaban por su asombrosa disposición y hacían presumir que su verdadero destino
era más decorativo que mortífero.
En el puesto de preferencia, detrás de una espléndida vidriera, se veía un pedazo de
recámara rota y torcida por el efecto de la pólvora, preciosa reliquia del cañón de J. T.
Maston.
El presidente, con dos secretarios a cada lado, ocupaba en uno de los extremos del
salón un ancho espacio entarimado. Su sillón, levantado sobre una cureña laboriosamente
tallada, afectaba en su conjunto las robustas formas de un mortero de
treinta y dos pulgadas, apuntando en ángulo de 90°, y estaba suspendido de dos
quicios que permitían al presidente columpiarse como en una mecedora, que tan
cómoda es en verano para dormir la siesta. Sobre la mesa, que era una gran plancha de
hierro sostenida por seis obuses, se veía un tintero de exquisito gusto, hecho de una
bala de cañón admirablemente cincelada, y un timbre que se disparaba estrepitosamente
como un revólver. Durante las discusiones acaloradas, esta campanilla de
nuevo género bastaba apenas para dominar la voz de aquella legión de artilleros sobreexcitados.
Delante de la mesa presidencial, los bancos, colocados de modo que formaban eses
como las circunvalaciones de una trinchera, constituían una serie de parapetos del
Gun-Club, y bien puede decirse que aquella noche había gente hasta en las trincheras.
El presidente era bastante conocido para que nadie pudiese ignorar que no hubiera
molestado a sus colegas sin un motivo sumamente grave.
Impey Barbicane era un hombre de unos cuarenta años, sereno, frío, austero, de un
carácter esencialmente formal y reconcentrado; exacto como un cronómetro, de un
temperamento a toda prueba, de una resolución inquebrantable. Poco caballeresco,
aunque aventurero, siempre resuelto a trasladar del campo de la especulación al de la
práctica las más temerarias empresas, era el hombre por excelencia de la Nueva
Inglaterra, el nordista colonizador, el descendiente de aquellas Cabezas Redondas tan
funestas a los Estuardos, y el implacable enemigo de los aristócratas del Sur, de los
antiguos caballeros de la madre patria. Barbicane, en una palabra, era to que podría
calificarse un yanqui completo.
Había hecho, comerciando con maderas, una fortuna considerable. Nombrado
director de Artillería durante la guerra, se manifestó fecundo en invenciones, audaz en
ideas, y contribuyó poderosamente a los progresos del arma, dando a las
investigaciones experimentales un incomparable desarrollo.
Era un personaje de mediana estatura, que por una rara excepción en el Gun-Club,
tenía ilesos todos los miembros. Sus facciones, acentuadas, parecían trazadas con
carbón y tiralíneas, y si es cierto que para adivinar los instintos de un hombre se le
debe mirar de perfil, Barbicane, mirado así, ofrecía los más seguros indicios de energía,
audacia y sangre fría.
En aquel momento permanecía inmóvil en su sillón, mudo, meditabundo, con una
mirada honda, medio tapada la cara por un enorme sombrero, cilindro de seda negra
que parece hecho a propósito para los cráneos americanos.
A su alrededor, sus colegas conversaban estrepitosamente sin distraerle. Se
interrogaban, recorrían el campo de las suposiciones, examinaban a su presidente, y
procuraban, aunque en vano, despejar la incógnita de su imperturbable fisonomía.
Al dar las ocho en el reloj fulminante del gran salón, Barbicane, como impelido por
un resorte, se levantó de pronto. Reinó un silencio general, y el orador, con bastante
énfasis, tomó la palabra en los siguientes términos:
-Denodados colegas: mucho tiempo ha transcurrido ya desde que una paz infecunda
condenó a los miembros del Gun-Club a una ociosidad lamentable. Después de un
período de algunos años, tan lleno de incidentes, tuvimos que abandonar nuestros
trabajos y detenernos en la senda del progreso. Lo proclamo sin miedo y en voz alta:
toda guerra que nos obligase a empuñar de nuevo las armas sería acogida con un
entusiasmo frenético.
-¡Sí, la guerra! -exclamó el impetuoso J. T. Maston.
-¡Atención! -gritaron por todos lados.
-Pero la guerra -dijo Barbicane- es imposible en las actuales circunstancias, y aunque
otra cosa desee mi distinguido colega, muchos años pasarán aún antes de que nuestros
cañones vuelvan al campo de batalla. Es, pues, preciso tomar una resolución y buscar
en otro orden de ideas una salida al afán de actividad que nos devora.
La asamblea redobló su atención, comprendiendo que su presidente iba a abordar el
punto delicado.
-Hace algunos meses, ilustres colegas -prosiguió Barbicane-, que me pregunté si, sin
separarnos de nuestra especialidad, podríamos acometer alguna gran empresa digna del
siglo XIX, y si los progresos de la balística nos permitirán salir airosos de nuestro
empeño. He, pues, buscado, trabajado, calculado, y ha resultado de mis estudios la
convicción de que el éxito coronará nuestros esfuerzos, encaminados a la realización de
un plan que en cualquier otro país sería imposible. Este proyecto, prolijamente
elaborado, va a ser el objeto de mi comunicación. Es un proyecto, digno de vosotros,
digno del pasado del Gun-Club, y que producirá necesariamente mucho ruido en el
mundo.
-¿Mucho ruido? -preguntó un artillero apasionado.
-Mucho ruido en la verdadera acepción de la palabra -respondió Barbicane.
-¡No interrumpáis! -repitieron al unísono muchas voces.
-Os suplico, pues, dignos colegas -repuso el presidente-, que me otorguéis toda
vuestra atención.
Un estremecimiento circuló por la asamblea. Barbicane, sujetando con un
movimiento rápido su sombrero en su cabeza, continuó su discurso con voz tranquila.
-No hay ninguno entre vosotros, beneméritos colegas, que no haya visto la Luna, o
que, por to menos, no haya oído hablar de ella. No os asombréis si vengo aquí a
hablaros del astro de la noche. Acaso nos esté reservada la gloria de ser los colonos de
este mundo desconocido. Comprendedme, apoyadme con todo vuestro poder, y os
conduciré a su conquista, y su nombre se unirá a los de los treinta y seis Estados que
forman este gran país de la Unión.(1)
1. Número de los que entonces formaban los Estados Unidos de América del Norte.
-¡Viva la Luna! -exclamó el Gun-Club confundiendo en una sola todas sus voces.
-Mucho se ha estudiado la Luna -repuso Barbicane-; su masa, su densidad, su peso,
su volumen, su constitución, sus movimientos, su distancia, el papel que en el mundo
solar representa están perfectamente determinados; se han formado mapas
selenográficos con una perfección igual y tal vez superior a la de las cartas terrestres,
habiendo la fotografía sacado de nuestro satélite pruebas de una belleza incomparable.
En una palabra, se sabe de la Luna todo to que las ciencias matemáticas, la astronomía,
la geología y la óptica pueden saber; pero hasta ahora no se ha establecido
comunicación directa con ella.
Un vivo movimiento de interés y de sorpresa acogió esta frase del orador.
-Permitidme -prosiguió- recordaros, en pocas palabras, de qué manera ciertas
cabezas calientes, embarcándose para viajes imaginarios, pretendieron haber penetrado
los secretos de nuestro satélite. En el siglo xvli, un tal David Fabricius se vanaglorió de
haber visto con sus propios ojos habitantes en la Luna. En 1649, un francés llamado
Jean Baudoin, publicó el Viaje hecho al mundo de la Luna por Domingo González,
aventurero español. En la misma época, Cyrano de Bergerac publicó la célebre
expedición que tanto éxito obtuvo en Francia. Más adelante, otro francés (los franceses
se ocupan mucho de la Luna), llamado Fontenelle, escribió la Pluralidad de los mundos,
obra maestra en su tiempo, pero la ciencia, avanzando, destruye hasta las obras
maestras. Hacia 1835, un opúsculo traducido del New York American nos dijo que sir
John Herschell, enviado al cabo de Buena Esperanza para ciertos estudios
astronómicos, consiguió, empleando al efecto un telescopio perfeccionado por una
iluminación interior, acercar la Luna a una distancia de ochenta yardas.(1) Entonces
percibió distintamente cavernas en que vivían hipopótamos, verdes montañas veteadas
de oro, carneros con cuernos de marfil, corzos blancos y habitantes con alas membranosas
como las del murciélago. Aquel folleto, obra de un americano llamado Locke,
alcanzó un éxito prodigioso. Pero luego se reconoció que todo era una superchería de la
que fueron los franceses los primeros en reírse.

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