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ENEIDA
VIRGILIO
INTRODUCCIÓN
Virgilio Quizá desde comienzos del milenio, el territorio
que bordea el lento fluir de las aguas del Po se vio habitado por
grupos celtas que acudían en sucesivas oleadas de allende
los Alpes. Junto al Mincio, uno de sus afluentes, en Andes, una
aldea cerca de Mantua, nació Publio Virgilio Marón
(Vergilius) el 15 de octubre del año 70 a. C.
A lo largo de esos mil años que preceden a su nacimiento,
los pueblos celtas de la ribera habrían recibido diversas
influencias civilizadoras, y, si en su momento el elemento etrusco
tuvo sin duda la fuerza que destaca Virgilio en su descripción
de Mantua (Eneida, X, 198-203), desde los tiempos de la Segunda
Guerra Púnica habían brotado ya en el territorio numerosas
colonias de latinos que hicieron de la Galia Cisalpina una región
de
avanzada cultura y saneada economía agrícola, tal
como era durante el siglo 1 a. C.
Vergilius es un nombre gentilicio latino bien implantado en el norte
y en otras regiones de Italia, y nos hace pensar que nació
el poeta en una de esas familias latinas instaladas en la campiña
del Po ya tiempo atrás, quizá desde la época
de aquellas colonizaciones. Andando el tiempo y ya tan tarde como
en los últimos años del imperio, sus lectores habrían
corrompido el nombre en Virgilius -de donde procede el que aún
hoy utilizamos
para el autor de la Eneida- por una doble vía: de virgo (dado
el tímido carácter que le valió el apodo griego
de Parthenias), o de virga (por la varita característica
de los magos, que esa fama tendría ya entonces nuestro poeta).
Su padre, aunque la tradición lo describe como de humilde
origen, un alfarero o un bracero -o las dos cosas - que se habría
casado con la hija de su patrón, Magia Pola, fue probablemente
un eques, un terrateniente lo bastante rico como para preocuparse
de que recibiera su hijo la mejor educación posible y prepararlo
así para la carrera forense, camino seguro en la Roma de
entonces hacia la lucha política.
Sus primeros años debieron de transcurrir, por tanto, en
la finca de Andes, entre las labores del campo que tanto habrán
de aparecer en sus obras, confiado tal vez a un paedagogus que cuidase
de su instrucción primera.
En Roma, Pompeyo y Craso desempeñaban el año 70 su
primer consulado compartido en astuta jugada política que,
bajo la apariencia de liquidar la obra de Sila, trataba de asentar
el poder en las manos del partido senatorial.
Diez años después formarían el primer triunvirato
con César, primer movimiento de una larga partida que habría
de liquidar el régimen republicano. Así, la vida de
Virgilio sigue paso a paso los últimos cuarenta años
de esta agonía, hasta el triunfo definitivo del principado
en la persona de Augusto.
Con diez o doce años se trasladó a Cremona para comenzar
sus estudios. César iniciaba por esas fechas su conquista
de la Galia, y hay quien afirma que leyó Virgilio sus Comentarios
con mayor interés por haber tenido quizá ocasión
de verle personalmente cuando andaba reclutando sus tropas por las
ciudades de la Galia Cisalpina. Aunque era primaria la educación
que recibió en Cremona (es decir, una enseñanza elemental
de lectura, escritura y aritmética), no hay que perder de
vista que era éste el territorio donde habían nacido
y
comenzado a escribir parte de los poetae novia; temprano habría
empezado Virgilio a entrar en contacto con el mundo de la literatura
más refinada de su tiempo.
Parece que recibió la toga viril el año 55, y quiere
la tradición que también fuera éste el año
de la muerte de Lucrecio. Siguiendo el camino que le alejaba de
su tierra natal imperceptiblemente, marcha Virgilio a Milán
a continuar los estudios de gramática y literatura que ya
habría comenzado en Cremona. Era Mediolanum una importante
ciudad donde cabe suponer que sería fácil recibir
una adecuada educación para intentar el salto final
hacia Roma, donde debió de instalarse Virgilio el año
54, más o menos.
Su intención era, como la de todo romano cultivado, estudiar
retórica, y parece que su padre le obligaba a prepararse
para una carrera forense y política, aunque puede que este
dato de su biografía no sea otra vez sino el tópico
que hace con frecuencia trabajar a los poetas contra las buenas
intenciones de la familia. Según alguno de sus biógrafos,
frecuentó las lecciones de Epidio, quien fuera también
maestro por entonces de Antonio y Octaviano,
el futuro Augusto. Pero era la retórica árida especialidad
para un poeta y, por otra parte, los tiempos en Roma (en el 52 Pompeyo
se convirtió ya en consul sine collega) eran ya más
de dinero y espada que de discursos. Por ello no es raro que Virgilio
prefiriera dedicarse a frecuentar los restos de lo que había
sido el círculo de Catulo, como muestran las amistades que
por entonces habría empezado a hacer con Asinio Polión,
Alfeno Varo, Cornelio Galo, Helvio Cinna y otros. A ello habría
contribuido decisivamente lo que sus biógrafos
describen como un fracaso en su primera intervención como
abogado.
Debía Virgilio de estar en Roma el año 49, cuando
estalló la guerra entre César y Pompeyo, y éste
hubo de cruzar precipitadamente el Adriático con buena parte
del Senado. No es seguro si militó en las armas de César
ni si hubo de dejarlo ya por problemas de salud. Sea como fuere,
su salud, sin duda, no era buena y los acontecimientos políticos
de estos años debieron marcarle profundamente; por todo ello,
poco después de Farsalia se marcha a Nápoles (año
48 a. C.) para estudiar filosofía con el epicúreo
Sirón, director entonces del
«jardín», un hermoso círculo de filósofos
y artistas que habrían frecuentado nombres importantes de
la Roma de entonces, como Julio César, Manlio Torcuato, Hircio,
Pansa, Dolabela, Casio, Ático y Cornelio Galo. De Cremona
a Nápoles, por tanto, parece que Virgilio no dejó
de estar en estrecho contacto con los círculos intelectuales
más notables.
No podemos saber con seguridad si Virgilio escribía ya por
estos años. De ser suyos -cosa que parece dudosa a la moderna
crítica- algunos de los poemas de la Appendix Vergiliana,
los habría escrito por entonces y pueden seguirse en ellos
las influencias de aquellos poetae novi que pretendían poner
la poesía romana tras los pasos de Teócrito y Calímaco;
de esa escuela, por tanto, que se conoce como alejandrinista. Virgilio
se instaló
definitivamente en Nápoles, quizá recibió en
herencia la pequeña finca de Sirón (antes del 41 a.
C.) y, pese a que con el tiempo llegó a tener algunas posesiones
en la propia Roma gracias a la generosidad de sus amigos, se hicieron
cada vez más raros sus viajes a la capital del imperio.
Así pues, he aquí a Virgilio tranquilamente instalado
en Campania mientras se desarrollaban los graves acontecimientos
de la guerra civil que, primero, pusieron todo el poder en las manos
de C. Julio César, y fueron al cabo la causa de su muerte,
el 15 de marzo del 44. Sin embargo, cuando, tras las primeras disputas,
Marco Antonio y Octaviano forman con Lépido el llamado Segundo
Triunvirato a finales del 43, el poeta ve cómo su vida es
arrastrada en el remolino de las guerras de Roma. Y es que no podía
ser de otra forma: la proscripción y
el subsiguiente asesinato de Cicerón por orden directa de
los triúnviros constituían todo un síntoma
de que ni los más hábiles podían quedar al
margen de los terribles acontecimientos. Octaviano tenía
que instalar a 100.000 soldados que debían ser licenciados
urgentemente, en evitación de males mayores. Toda Italia
se vio afectada por las confiscaciones de tierras: la propia Campania
donde vivía Virgilio, y también los campos de Cremona,
su tierra natal (Mantua uae miserae nimium uicina Cremonae). Sus
propias posesiones fueron confiscadas y hasta su padre debió
instalarse en la finca de Nápoles. Puesto que sus amigos
(Asinio Polión, Cornelio Galo y Alfeno Varo) pertenecían
al círculo de los triúnviros, quiere la tradición
que Virgilio habría logrado de Octaviano la devolución
de su propiedad: no son, sin embargo, definitivos los datos que
avalar pueden una afirmación como ésta.
Asinio Polión fue precisamente quien animó a Virgilio
a que compusiera unos poemas según los Idilios de Teócrito,
al mo do que ya había intentado M. Valerio Mesala. Las Bucólicas
fueron publicadas poco después del 39, y su éxito
superó con creces los límites de los círculos
alejandrinistas, siendo adaptadas con éxito como mimo para
la escena. Virgilio, según sus biógrafos, las había
comenzado a los veintiocho años, y parece que con
ellas se vio de repente lanzado a una fama y una popularidad que
no iban bien con su carácter retraído. Fue a raíz
de este éxito cuando Mecenas puso a Virgilio en contacto
con Octaviano, su antiguo compañero de estudios, arrebatándoselo
al círculo de Polión, amigo y aliado de Marco Antonio.
C. Mecenas era un eques de ascendencia etrusca, que aparece ya en
los días de Módena (43 a. C.) al lado de Octaviano.
Persona de gran tacto y visión política, su influencia
fue decisiva en la Roma que Octaviano quería modelar y especialmente
en lo que se refiere al terreno de la literatura. Supo rodearse
de un círculo de poetas que, a cambio de su amistad y protección,
realizaron toda una campaña en favor de los intereses del
futuro
princeps. Virgilio, pues, fue admitido en este círculo y
él mismo con Vario Rufo logró que Mecenas aceptase
a Horacio. Sabemos por una satira (I, 5) de este último de
un famoso viaje a Brindis que realizó Mecenas con lo mejor
de su grupo, con Virgilio, Horacio, Va rio Rufo y Plocio Turca.
Por aquellos días (37 a. C.) debía celebrarse una
entrevista en Tarento para reconciliar a Octaviano con Marco Antonio,
y sin duda Mecenas se había
propuesto impresionar al futuro enemigo con toda una corte de artistas.
Podemos pensar que fue durante el trayecto cuando convenció
Mecenas a Virgilio para que compusiera sus Geórgicas, cuatro
libros de poesía didáctica relacionada con la vida
del campo. El poema de Lucrecio aún estaba reciente en todos
los lectores del momento, el argumento campesino (siguiendo los
pasos de Hesíodo) no podía disgustar a un autor que
se había criado entre los agricultores de la campiña
del Po y, por lo demás, el momento
requería que los poetas cantasen sus mejores versos a la
reconstrucción de Italia, la madre Italia arrasada por las
guerras civiles. El empeño, por tanto, era noble, y Virgilio
no se resistió a la invitación de Mecenas, a quien
luego dedicó ardorosamente su poema. Se dice que debió
emplear siete años en su composición y que, en una
lectura ininterrumpida de cuatro días, pudo leérselo
a Octaviano a su regreso de Oriente en el 29 a.C.
No es extraño que el propio Mecenas intentase a continuación
un salto cualitativo en su programa literario.
Había que cantar ahora la figura de quien pronto ya se llamaría
Augusto. Y había precedentes: Furio Bibáculo y Terencio
Varrón habían puesto antes en verso las gestas de
César en su conquista de las Galias, y los antecedentes de
una épica nacional se remontaban hasta Ennio, y más
atrás. La idea ronda ya en los primeros versos del libro
tercero de las Geórgicas; Mecenas, sin embargo, no tenía
prisa y esperaba el momento oportuno
y la inspiración adecuada.
Por Macrobio sabemos de una famosa correspondencia epistolar entre
Virgilio y el propio Augusto. Era el año 26, Augusto estaba
en Hispania dirigiendo las operaciones contra los cántabros
y desde allí reclamaba ansioso al poeta el resumen o algún
fragmento de su obra. Éste entonces le responde pidiéndole
tiempo, que se sentía enajenado por el trabajo emprendido
y «su Eneas» (Aenea quidem meo, dice el poeta, según
su biógrafo nos lo
ha transmitido) precisa aún de estudios más profundos.
Podemos afirmar, por tanto, que era entonces cuando el poeta estaba
empezando el trabajo que habría de ocuparle hasta su muerte,
el arma uirumque que se disponía a cantar para mayor gloria
de Roma y su príncipe. No sólo Augusto, sino toda
la ciudad aguardaba el poema con
impaciencia, y Propercio pudo escribir en el 26 que se estaba gestando
«algo mayor aún que la Ilíada».
Más tarde, sin embargo, Virgilio pudo satisfacer la curiosidad
de Augusto, presentándole en pública lectura los libros
II, IV y VI, quizá los más impresionantes. Es famosa
la anécdota que nos cuenta cómo Octavia perdió
el conocimiento al escuchar el panegírico de su hijo Marcelo
contenido en el libro VI. El propio príncipe debió
de estremecerse ante la mención de su sobrino, el joven que
ya había escogido como heredero y que acababa de fallecer
(23 a. C.).
En el año 19 Virgilio había provisionalmente terminado
su trabajo en doce libros. Él mismo se había trazado
aún un programa de tres años durante los que habría
de visitar los lugares de Grecia y Asia en los que tantas veces
aparecían sus personajes. A nuestro poeta le gustaba pulir
amoroso sus versos -como lame la osa a sus crías, en comparación
ya antigua- y quería una tregua para terminar definitivamente
el poema. Embarcó, por tanto, y en Atenas se encontró
con Augusto que volvía de Asia. Sabemos que estuvieron juntos,
sabemos que el
sol abrasador del verano de Mégara hizo que la salud del
poeta se resintiera y sabemos que regresó precipitadamente
a Brindis. Murió el 20 de septiembre y su cuerpo fue trasladado
a las proximidades de Nápoles, donde recibió sepultura.
Algún amigo piadoso puso en su tumba el famoso epitafio:
Mantua me genuit...
Antes de partir para Grecia, y alarmado sin duda por una salud precaria,
Virgilio había confiado su Eneida a dos buenos amigos, Vario
Rufo y Plocio Tuca: si algo le ocurría, debían entregar
ese manuscrito inacabado a las llamas. Que aún no estaba
terminado el poema. Augusto, sin embargo, evitó que se cumpliera
ese último deseo, y, muy al contrario, encargó a esos
mis mos amigos que lo publicasen sin añadir ni una sola letra,
aunque podían
suprimir lo que, en su opinión, no sería del gusto
del poeta ya desaparecido. Y así, con sus contradicciones
y sus hermosos versos incompletos, ha llegado la Eneida hasta nosotros.
Del físico y la personalidad de Virgilio no es mucho lo que
sabemos. Era, según cuenta Donato, alto y moreno, de aspecto
campesino, y así nos lo confirman los retratos antiguos que
de él nos han llegado, el del mosaico de Hadrumeto y algún
busto en mármol quizá de la época de Augusto.
Tenía fama de tímido entre sus amigos, y es seguro
que no le gustaba mostrarse en público y que prefería
su retiro en Campania al ajetreo de la
gran ciudad. Quizá también esto se debió a
esa misteriosa enfermedad crónica que el propio Donato menciona
(tuberculosis o no); al fin y a la postre, y en palabras de García
Calvo, «tan sólo la enfermedad es lo que hace al hombre
un hombre».
La Eneida El centro de la vida de Virgilio, de los veinte a los
cuarenta años, está enmarcado por el Rubicón
y por los ecos de la batalla de Accio; vivió, como hemos
comentado, en el torbellino de constantes enfrentamientos civiles
que no llegaron a su final, sino con la muerte de Antonio, el año
30 a. C. Agripa el militar en una mano, y Mecenas el amigo de las
letras en otras, Octaviano decide entonces comenzar toda una obra
de reconstrucción
nacional (la «restauración de la república»,
decían ellos) que debía contar con una adecuada campaña
de propaganda. Mecenas estaba empeñado en que alguno de sus
poetas cantase las gestas de Octaviano, y parece que probó
sin fortuna con Horacio y Propercio, quienes habrían renunciado
de antemano a tan ingente tarea.
También Virgilio recibió esta propuesta, y parece
que se dejó llevar por el entusiasmo de la victoria y de
la paz, y puso manos a la obra. Si tenemos en cuenta el sangriento
pasado que estos poetas habían conocido, no podemos sorprendernos
si dejaron escapar un profundo suspiro cuando se cerraron en Roma
las puertas del templo de Jano, las puertas de la guerra: era el
año 29, y casi durante doscientos años habían
estado abiertas, ensangrentadas.
Tenemos noticias, sin embargo, que nos aseguran que era ya antigua
la intención de Virgilio de componer un poema épico.
Afirman sus biógrafos (Servio, Donato) que ya antes de terminar
las Bucólicas trató de cantar reges et proelia, y
discuten si pensaba ya en Eneas o se trataría de una epopeya
basada en la historia de los reyes de Alba. En todo caso, nuestro
poeta abandonó pronto este proyecto, bien abrumado por la
tarea, bien
simplemente que los tiempos de los neotéricos no animaban
precisamente a los posibles autores de poemas épicos de altos
vuelos. Un segundo dato sostiene esta vieja pretensión: parece
que, cuando -en el 45- Julio César inaugura el templo dedicado
a su antepasada Venus Gé netrix, Virgilio habría asociado
definitivamente los nombres de César y de Eneas; según
Servio, a este César haría referencia el poeta en
el libro I de su Eneida
(254-296) y, por tanto, estos versos habrían sido compuestos,
quizá con algún otro fragmento, mucho antes que el
resto del poema.
Es indiscutible, por último, que en el proemio del libro
III de las Geórgicas Virgilio anuncia una futura obra, comparada
en sus versos con un templo, que tendrá a César en
el centro y al fondo las gestas troyanas. Y este César al
que se refiere con el entusiasmo de los días de Accio, es
ya Octaviano. Cuando termina su poema campesino, Virgilio se decide
al fin a recoger la propuesta de Mecenas. Era, pues, el año
29, y hemos visto, sin
embargo, cómo tres años después nada puede
aún ofrecer a Augusto. ¿Qué obstaculizaba el
trabajo del poeta? Quizá su intención primera estaba
experimentando un cambio y su fina intuición poética
le llevaba a desplazar la cámara, colocando al líder
en un segundo plano, para que más destacase la tarea colectiva
del pueblo romano, «el pueblo latino y los padres de Alba
y de la alta Roma las murallas». Ahora bien, los días
no eran fáciles, y no
es raro pensar que en Virgilio se fuera enfriando el entusiasmo
inicial; si a esto añadimos el que su amigo Cornelio Galo
se quitó la vida el año 27, acusado de traición
hacia la persona de Augusto, ¿no sería posible pensar
en un cierto desengaño político del poeta?
«Canto las armas y a ese hombre que de las costas de Troya
llegó el primero a Italia prófugo por el hado y a
las playas lavianas, sacudido por mar y por tierra por la violencia
de los dioses a causa de la ira obstinada de la cruel Juno, tras
mucho sufrir también en la guerra, hasta que fundó
la ciudad y trajo sus dioses al Lacio; de ahí el pueblo latino
y los padres albanos y de la alta Roma las murallas...» Virgilio,
por tanto, eligió como argumento definitivo para su poema
épico los viajes de Eneas, de Troya a las
tierras del Lacio, y sus guerras en Italia hasta su definitivo asentamiento.
En realidad, se trataba, tal como el poeta lo planteaba, del primer
capítulo de la historia de Roma que iba a culminar en la
persona de Augusto, descendiente familiar y también político
de esta manera del héroe de Troya. Veamos el argumento del
poema:
LIBRO I: Las naves de los troyanos, que surcan el mar de Sicilia,
son.arrojadas a las costas africanas por una violenta tempestad
que la rencorosa Juno les envía. Venus, quien poco antes
había obtenido de Júpiter garantías sobre el
futuro de su hijo, se aparece a Eneas como una cazadora, y le informa
de que se encuentra en las tierras de la fenicia Dido, ahora reina
de Cartago. Entra Eneas en esta ciudad con su amigo Acates rodeados
por una
nube que les oculta, y pueden así contemplarla sin que nadie
les vea. Asisten también al relato de Ilioneo, que se ha
presentado ante la reina al frente de una embajada de troyanos,
y Eneas envía a Acates en busca de Ascanio y de regalos para
Dido, después de salir de la nube y mostrarse a la vista
de todos. Venus, convenciendo a Cupido para que suplante al hijo
de Eneas y tome su aspecto, logra que el corazón de la reina
se inflame de amor. La
reina ofrece un banquete a sus huéspedes y pide a Eneas que
le cuente sus aventuras.
LIBRO II: Comienzan los recuerdos de Eneas, tal como se los cuenta
a Dido en el banquete, y que se van a extender a lo largo de dos
libros. En éste se cuenta la caída de Troya, luego
que los griegos lograron introducir el caballo en la ciudad. Esa
noche aciaga, y cuando ya el ejército griego había
logrado su objetivo de entrar en Troya, se aparece a Eneas el fantasma
de Héctor que le anuncia el desastre y le pide que escape
y busque nuevas
murallas para los dioses de la ciudad. Se describe el saqueo de
la ciudad y la muerte de alguno de sus personajes más importantes
y en especial la del rey Príamo. Eneas decide abandonar la
patria para lo que ha de vencer, ayudado por señales del
cielo, la resistencia de Anquises, su padre. Salen al fin, pero
en el camino se pierde definitivamente Creúsa, la esposa
del héroe, quien se encamina a las montañas con su
padre y Ascanio, su hijo.
LIBRO III: Eneas, con los compañeros que han podido escapar
a la catástrofe, prepara una flota y navega a las costas
de Tracia. Comienza así un periplo que le lleva sucesivamente
a la isla de Delos (para con sultar el oráculo), a Creta,
de donde deben partir precipitadamente a causa de la peste, y a
las islas Estrófades (encuentro con Celeno y las demás
Harpías; nueva profecía sobre su destino). Llegan
a las costas de Epiro, donde
encuentran a Andrómaca y Héleno; le anuncia éste
su brillante porvenir y le advierte de los peligros que debe evitar
en la navegación hacia Italia. Bordean las costas de Sicilia
y, frente al Etna, encuentran al griego Aqueménides, superviviente
de la expedición de Ulises, que les refiere la aventura con
el Ciclope Polifemo.
Evitan luego los escollos de Escila y Caribdis siguiendo los consejos
de Heleno, y llegan al fin al puerto de Drépano, donde muere
Anquises, el padre del héroe. Viene luego la tempestad que
les ha arrojado a las playas de África, con lo que termina
el relato de Eneas a la reina.
LIBRO IV: Es el famoso libro de los amores de Dido y Eneas. Comienza
cuando Dido abre su corazón a Ana, su hermana del alma, y
le expone su terrible dilema: se ha enamorado del héroe troyano,
pero aún respeta la memoria de Siqueo, su primer marido ya
muerto. Animada por las palabras de su hermana, que le reprocha
el haber rechazado ya a otros pretendientes africanos, Dido rompe
todos los lazos del pudor y se entrega a una
ardiente pasión por Eneas. Juno y Venus, por razones bien
distintas, acuerdan -las dos están fingiendo- propiciar la
unión de Dido con Eneas y unir a los dos pueblos. Salen los
héroes de cacería; protegidos en una cueva de una
repentina tormenta, se consuma su himeneo. Instigado por las súplicas
de Yarbas, rey de los getulos a quien
Dido había despreciado, Júpiter envía a Mercurio
para que recuerde a Eneas el objetivo de su misión y le reproche
su abandono. Prepara entonces en secreto la partida, pero Dido lo
descubre e intenta convencerle de mil maneras para que se quede
a su lado. Al no conseguirlo, la reina decide quitarse la vida y
maldecir para siempre a Eneas y a su pueblo. Parten las naves troyanas
mientras asoman por encima de las murallas las llamas
de la pira de Dido.
LIBRO V: Con tan funesto augurio, las naves son arrojadas de nuevo
por una tempestad a las costas de Sicilia, sin poder alcanzar Italia.
Les acoge amistosamente el rey Acestes, y celebra entonces Eneas
sacrificios y juegos en el sepulcro de su padre. Comienzan con una
competida regata; siguen carreras a pie, luchas con el cesto, pruebas
de puntería con arco y terminan con unos ejercicios ecuestres
en los que Ascanio dirige a los
demás jóvenes troyanos. Las mujeres de Troya, preocupadas
por su difícil situación y en vista de que no alcanzan
el final del peligroso viaje, instigadas por Iris, mensajera de
Juno, incendian la flota y consiguen destruir cuatro naves; Júpiter
envía una lluvia milagrosa que impide la destrucción
total. Anquises se aparece en sueños a su hijo y le aconseja
que deje a parte de su gente en Sicilia y se dirija a Cumas, en
Italia, donde debe
conseguir la ayuda de la Sibila para bajar al Averno, a las moradas
infernales de Dite. Obedece Eneas a su padre, y en el camino pierde
a Palinuro, el piloto de su nave.
LIBRO VI: Llega por fin Eneas a las costas de Italia, a Cumas. Se
entrevista con la Sibila, escucha su oráculo y le pide que
le acompañe a las mansiones infernales para ver a su padre.
Recorren ambos los infiernos, luego que el héroe consigue
la rama de oro que les franquea el paso. Encuentran la sombra de
Palinuro, antes de cruzar la laguna estigia en la barca de Caronte;
llegan a las Llanuras del Llanto, donde encuentran a Dido y a la
muchedumbre de los soldados troyanos muertos en la guerra. Descripción
del Tártaro y sus suplicios. Llegan a los Campos Elíseos,
donde, por fin, puede Eneas hablar con el fantasma de su padre.
Anquises explica a su hijo el origen del mundo y los misterios de
la vida en los infiernos; por último, le va describiendo
las personas de los
que luego han de ser héroes de la Roma que aguarda su hora;
destaca aquí el elogio del joven Marcelo, sobrino y heredero
de Augusto, muerto prematuramente. Animado al comprender la misión
de Roma en la historia del mundo, abandona Eneas las moradas infernales
por la puerta de marfil.
LIBRO VII: Comienza la segunda parte del poema, las guerras en el
Lacio, y así nos lo indica el propio poeta con una segunda
invocación a las Musas. Navega la flota troyana siguiendo
las costas de Italia, y penetra en las aguas del Tiber, en cuya
ribera desembarcan y establecen los troyanos su campamento. Eneas,
al ver cumplido
el vaticinio de Celeno, reconoce en estas tierras la patria que
le tiene asignado el destino. Envía mensajeros al rey Latino,
quien le acoge favorablemente y, en cumplimiento de antigua profecía,
le ofrece en matrimonio a su hija Lavinia. Irritada de nuevo Juno,
envía a la tierra a la furia Alecto, que ha de enfrentar
a latinos y troyanos para impedir la boda; maniobras de Alecto con
Amata, la esposa del rey Latino, y el propio Turno, rey de los
rútulos, a quien ya Latino había prometido la mano
de su hija, y que era el pretendiente favorito de la reina Amata.
Ascanio mata en una cacería a un ciervo de la pastora Silvia,
pastora del rey, y este incidente es la chispa que enciende la guerra
entre ambos pueblos. Descripción de las tropas aliadas de
Turno, entre las que destaca Camila, reina de los volscos.
LIBRO VIII: Turno busca ayuda entre todos los pueblos del Lacio.
El dios del Tíber se aparece en sueños a Eneas y le
advierte, tras infundirle ánimos, que debe buscar la alianza
con Evandro, rey arcadio que tiempo atrás se había
establecido con su pueblo en el monte Palatino, justo donde más
tarde habrán de alzarse las murallas de
la alta Roma. Parte Eneas en busca de Evandro y éste le recibe
favorablemente. Cuenta el rey arcadio el origen de los sacrificios
que están celebrando en honor de Hércules, conmemorando
su victoria sobre Caco; recorren ambos reyes el futuro asiento de
Roma. Venus, preocupada por las guerras que aguardan a su hijo,
solicita el
favor de Vulcano, quien ordena a sus Ciclopes que preparen para
el héroe unas armas maravillosas. Por consejo de Evandro,
que hace que su propio hijo Palante se aliste junto a Eneas, el
héroe troyano parte en busca de las tropas tirrenas, en pie
de guerra contra Mecencio, su antiguo rey, hoy aliado de Turno.
Venus se aparece a Eneas
y le entrega las armas; descripción minuciosa del escudo,
en el que aparecen grabadas futuras hazañas de Roma.
LIBRO IX: Aprovechando la ausencia de Eneas que Iris le descubre,
Turno pone sitio al campamento troyano y quema sus naves, que la
diosa Cibeles convierte en Ninfas del mar. Aventura nocturna de
Nis o y Euríalo, quienes tratan de romper el cerco para avisar
a su rey de la difícil situación del campo troyano;
la muerte de ambos amigos hace que decaiga más la moral de
los soldados troyanos. Turno ataca con redobladas fuerzas, y el
propio Ascanio debe empuñar las armas contra los atacantes,
dando muerte a Numano. Pándaro y Bitias intentan engañar
a los sitiadores y les abren la puerta que les había sido
confiada, pero Turno advierte el engaño y entra en el campamento
causando gran matanza entre sus enemigos hasta que, rechazado y
acosado, ha de arrojarse
con sus armas al Tiber.
LIBRO X: Convoca Júpiter la asamblea de los dioses para discutir
la guerra del Lacio; ante la imposibilidad de conciliar los criterios
de Juno y de Venus, decide el padre de los dioses permanecer neutral,
lo que viene a ser dejar la guerra en manos del hado y sus disposiciones.
Cuando los rútulos preparan un segundo ataque, se presenta
Eneas con las tropas tirrenas y las que Evandro puso bajo el mando
de su hijo Palante; las naves
transformadas en Ninfas le habían avisado del peligro que
corrían los troyanos. Eneas desembarca y comienza el combate
en el que muere Palante a manos de Turno. Cuando más enfurecido
está el héroe troyano por vengar la muerte de su amigo,
Juno consigue de Júpiter que saque a Turno del campó,
librándole de una muerte inminente; para ello le ponen delante
un fantasma con la figura de Eneas, y el rey de los rútulos
le persigue por
tierra y por mar hasta las riberas de Ardea, donde sale avergonzado
de su error. Toma Mecencio el mando del ejército latino hasta
que es herido por Eneas, quien después da muerte a su hijo
Lauso. Duelo de Mecencio, que vuelve enardecido al combate y es
muerto por Eneas.
LIBRO XI: Celebra Eneas en honor de Marte la muerte de Mecencio,
y envía a la ciudad de Evandro los restos de Palante. Llegan
mensajeros del rey Latino a pactar una tregua para dar sepultura
a los muertos; accede Eneas. Regresan a la corte de Latino los mensajeros
que había enviado a Diomedes y anuncian que no han podido
conseguir su alianza; esto provoca un debate en la asamblea de los
latinos, y Turno y Drances se enfrentan agriamente en defensa de
la guerra y la paz con los troyanos, respectivamente. Llega a la
asamblea la
noticia del avance de Eneas sobre Laurento y se prepara la defensa
de la ciudad. Sale Camila al frente de su escuadrón de caballería
y se traba combate en el que muere la heroína a manos de
Arrunte; la Ninfa Opis venga su muerte por encargo de la diosa Diana.
Se dispersa el ejército latino ante la muerte de Camila y
acude de nuevo Turno para salvar la situación. Llega al campo
de batalla al tiempo que Eneas; es de noche y ambos
prefieren acampar al pie de las murallas de Laurento.
LIBRO XII: Acepta Turno enfrentarse en duelo singular según
la propuesta de Eneas, y que la mano de Lavinia sea para el vencedor.
Persuadida por Juno, la Ninfa Yuturna, hermana de Turno, actúa
entre el ejército latino y consigue que se rompa el pacto
porque Tolumnio dispara sus dardos contra los troyanos. Se reanuda
el combate y es herido Eneas. Mientras Turno se aprovecha de su
ausencia, el caudillo troyano es curado milagrosamente con unas
hierbas que le envía su madre. Busca luego a Turno, pero
Yuturna, transformada en el
auriga Metisco, lo mantiene alejado del combate; decide entonces
Eneas iniciar el asalto final a la ciudad. Ante tan delicada situación
se ahorca la reina Amata, y la espantosa noticia lanza a Turno al
duelo decisivo, tras descubrir el ardid inútil de su hermana.
Muere Turno a manos de Eneas.
Es la Eneida una «recreación literaria de la poesía
épica» (García Calvo) que venía de Hornero,
y aun de antes de Homero. Virgilio disponía, pues, del molde
adecuado a sus intenciones, tal como se lo suministraban los poemas
del griego, así como la épica helenística de
Apolonio de Rodas, y su trabajo inicial -quizá esos primeros
años de inexplicada parálisis - consistió en
reunir los materiales que le permitieran urdir el relato que ya
empezaba a ver con claridad. Hacía tiempo que Virgilio había
asociado el nombre de Eneas con la casa de César, la gens
Iulia, y ese héroe es mencionado por Poseidón en el
canto XX de la Ilíada como el futuro rey de los troyanos.
Es más, el siciliano Timeo de Tauromenio había ya
relacionado los orígenes de Roma con la llegada de Eneas
al Lacio; Nevio, primero, y luego Ennio, el poeta nacional romano
hasta la aparición de Virgilio, habían recogido esa
tradición en sus poemas, en los que aparecía también
Dido entre alusiones a la
futura rivalidad de Roma y Cartago. También debió
de leer Virgilio con aprovechamiento la obra de Catón (Origines),
en la que se narraba el pasado de tantos pueblos de Italia. Virgilio
tenía con todo esto el camino ya trazado, pero él
marcó la nueva meta, y en ella Eneas y Augusto se identifican
como dos ramas del mismo árbol familiar que trabajaban por
la gloria de Roma y aceptaban voluntariamente su destino.
En cuanto a la poesía épica en latín, tampoco
nuestro poeta partía de la nada. Habitualmente se identifica
el comienzo de la literatura latina con la figura de Livio Andronico,
y uno de sus trabajos consistió precisamente en traducir
al latín, en versos saturnios, la Odisea de Homero. Nevio
(Bellum Poenicum) continúa la tradición, y Ennio concibió
sus Annales como un inmenso poema que cantara las gestas romanas
hasta sus días y para ello,
además, adaptó como verso el hexámetro de Homero,
lo que sería ya un paso definitivo en lo que refiere a la
forma de la épica en latín. En sus propios días
Virgilio había podido leer los espléndidos hexámetros
de Lucrecio, de quien tanto aprendió, así como numerosos
epyllia o pequeños poemas épicos que los neotéricos
componían a la manera de Calímaco.
Pero nadie en la ciudad había intentado emular a Homero con
sus obras, y a Virgilio, sin embargo, le pareció que Augusto,
Eneas y, sobre todo, Roma, se merecían una tarea semejante.
Es grande, por tanto, la deuda de la Eneida con los poemas de Romero,
y ya en la antigüedad se veían los seis primeros libros
como una Odisea y los seis últimos como una Ilíada.
Las historias de navegantes y de guerreros, el relato hacia atrás
de un personaje,
el campamento asediado en ausencia del héroe, la muerte cruel
del amigo del héroe y la subsiguiente venganza; las tormentas,
los juegos funerales, el descenso a los infiernos, el catálogo
de los aliados, las armas maravillosas de Vulcano, el duelo a muerte
entre los héroes rivales... con otros muchos, son temas que
pueden leerse en las obras de Homero (W A. Camps). Nadie, sin embargo,
acusa ya a Virgilio de plagio. Ese material
era acervo común de todos los poetas, y con él debía
Virgilio crear su propio mundo. En la literatura clásica
la tradición es fuente de originalidad y era obligado beber
en ella.
Tome, pues, el lector la Eneida entre sus manos. Descubra en su
composición aquellas dos mitades o la otra ley que distribuye
el poema a partes iguales entre Dido (I-VI), Eneas (V-VIII) y Turno
(IX-XII), o bien otras muchas correspondencias que recorren y articulan
el poema de principio a fin. Y, sobre todo, haga buena la
afirmación de Jlébnikov: «Constataba que versos
antiguos palidecían de golpe, que su contenido escondido
se convertía en el hoy, y comprendí que la patria
de la creación era el futuro. De allí sopla el viento
de los dioses dula palabra» (cita de R.Jakobson).
Intencionadamente hemos dejado al margen en esta breve presentación
las consideraciones al uso acerca del estilo de nuestro autor. El
lector podrá encontrarlas y entenderlas mucho mejor en la
bibliografía especializada, y, por otra parte, sería
muy difícil seguir los pasos del estilo de Virgilio a partir
de una traducción.
Cuando nos propusimos el presente trabajo, intentamos para poner
a Virgilio en nuestra lengua el camino de la prosa, que, sin duda,
permitía una mayor precisión al traducir. Sin embargo,
el coste era demasiado alto, y nuestro texto se alejaba más
y más del original virgiliano. Quienes nos precedieron habían
emprendido uno y otro camino, y pueden leerse las traducciones en
verso de Gregorio Hernández de Velasco (la más antigua
en
circulación), de A. Espinosa Pólit (excelente) o de
A. García Calvo (de la Eneida sólo el libro VI). Pero
la mayoría de los traductores lo han sido en prosa, y no
desmiente este dato el que en muchas ocasiones se trate de la versión
repetida de Eugenio de Ochoa. Y es que en general las traducciones
modernas de los poemas de la literatura clásica se han hecho
en prosa, abandonando la tendencia inicial de las lenguas europeas.
Decidimos por fin intentar una traducción en verso y vimos
con sorpresa hasta qué punto el latín se dejaba meter
en los nuevos moldes. Ciertamente se trata de un verso relajado,
que no hace sino forzar al traductor a tener muy en cuenta las palabras
exactas de Virgilio y el orden en el que aparecen, emulando en parte
el ritmo o la cadencia final de los hexámetros latinos; pero
es que, como afirma P Klossowski (traductor de Virgilio para Gallimard),
no podemos aplicar nuestra lógica gramatical en la traducción
de un poema «donde precisamente la
yuxtaposición voluntaria de las palabras (cuyo contraste
produce la riqueza sonora y el prestigio de la imagen) constituye
la fisionomía de cada verso».
Elegido, pues, el verso, se trataba de lograr una traducción
clara y fácil de seguir y que no abusase de los términos
puramente poéticos, ya que es quizá la característica
esencial de los versos virgilianos el lograr una construcción
mágica a partir de palabras más bien sencillas. Para
este trabajo hemos encontrado ánimo y respaldo en excelentes
traducciones italianas (F. Della Corte, R. Calzecchi Onesti, L.
Canal¡) e incluso en la ya clásica al inglés
de C. Day Lewis.
Hemos utilizado como texto de referencia el Virgilio de la edición
de Mynors (Oxford,1977 =1969, con correcciones) y, en general, hemos
seguido sus interpretaciones, aunque a veces notará el lector
una elección distinta, basada casi siempre en el consenso
de los códices. En caso de discrepancia, bastará un
vis tazo a esa edición crítica para localizar nuestra
fuente. Asimis mo, hemos contado con la ayuda de los precisos comentarios
de Austin y Paratore; este último ha publicado en fechas
recientes una completa edición comentada de la Eneida.
Citamos a continuación algunos títulos que pueden
resultar útiles a quienes deseen profundizar en la figura
del poeta mantuano:
CAMPS, W A.: An Introduction to Virgil's Aeneid, Oxford,1979 (=1969).
ECHAVE-SUSTAETA, J. DE: Virgilio y nosotros, Barcelona, 1964. EsPINOSA
PÓLIT, A.: Virgilio en verso castellano, Méjico, 1961.
GARCIA CALVO, A.: Virgilio, Madrid, 1976 (con abundante bibliografía).
GRIMAL, P.: Virgile ou la seconde naissance de Rome, París,
1985. GUILLEMIN, A. M.: Virgilio. Poeta, artista y pensador, Buenos
A¡res, 1968.
JACKSON KNIGHT, W F.: Roman Vergil, Harmondsworth, 1966 (= Londres,
1944, revisada).
MOYA DEL BAÑO, F. (ed.): Simposio virgiliano, Murcia, 1984.
SYME, R.: The Roman Revolution, Oxford,1974 (=1939, revisada).
A todos estos autores y a otros muchos estudiosos o traductores
que hemos debido consultar constantemente, nuestro agradecimiento
sincero. Y algo más que agradecimiento debiéramos
manifestar hacia las personas que con su calor nos animaron en nuestro
trabajo, a tantos amigos. Debemos, sin embargo, mencionar expresamente
a Ana de los Ríos-Zarzosa Nogués (y a Manolo), que
revisó conmigo la traducción y en duras sesiones realizó
el completo índice de nombres, así como a Vicente
Cristóbal López, amigo de otros tiempos que apareció
de pronto y me ayudó leyendo el manuscrito hasta abrumarme
con sus minuciosas sugerencias. Los consejos de ambos se han visto
reflejados en numerosos lugares de esta traducción. Gracias.
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