CONSEJO NACIONAL
DE EDUCACIÓN (ARGENTINA)
RECOPILACIÓN
FÁBULAS ARGENTINAS
EL SEMBRADOR, EL TIGRE Y EL ZORRO
Un viejo sembrador estaba arando, cuando se le apareció
el tigre y le dijo:
-¿A que te como con bueyes y todo?
-No, señor tigre, cómo me va a comer, mi familia
es pobre y necesita de mí y de mis bueyes.
-Te voy a comer lo mismo.
- No, señor, como me va a comer.
Estaban en que te como y que no me coma, cuando pasa por allí
cerca un zorro, oye la discusión y se propone salvar al
hombre. Se esconde detrás de unos poleos espesos, y con
voz muy gruesa y firme, le grita:
-Amigo, ¿no ha visto pasar por aquí al tigre? Lo
ando buscando con doscientos perros para matarlo.
-Dile que no me has vistos, si no, te como, -le dijo por lo bajo
el tigre al hombre, creyendo que se trataba de un cazador de fieras.
Dicho esto, se estiró largo a largo, y se quedó
inmóvil.
-No señor, no he visto al tigre desde hace mucho tiempo.
_¿Como que no lo ha visto, amigo, y que es ese bulto que
está cerca de Ud.?
-Dile que son porotos.
-Son porotos overos, señor, que tengo para sembrar.
-Si son porotos, póngalos dentro de esa bolsa que tiene
ahí.
-Ponme la bolsa.
El hombre embolsó al tigre lo más pronto que pudo,
y le contestó:
-Ya está, señor.
-Atele, amigo la boca a la bolsa con un lazo para que no se le
vuelquen los porotos.
-Haz que me atas, pero deja abierta la bolsa, -le dijo el tigre
al sembrador.
El hombre ató la boca de la bolsa lo mejor que pudo.
-Está muy esponjada esa bolsa, amigo, aplástela
un poco con el ojo del hacha.
-Haz que me pegas, pero cuidado de no tocarme.
El hombre tomó el hacha y le pegó al tigre en la
cabeza hasta dejarlo muerto.
Así, la astucia del zorro salvó al hombre y venció
la crueldad del tigre.
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Redactamos esta fábula sobre las versiones recogidas por
los Sres. Evaristo Gómez y Sra. Teresa C. de Pérez,
en San Luis. Tenemos a la vista la variante enviada por la Srta.
Berta Morales Valdez de San Juan; Srta. Dolores Sosa, de Catamarca;
Srta. Clara M. Posse de Tucumán.
EL ZORRO Y LA PERDIZ
El zorro estaba enamorado del silbo de la perdiz. Trataba de
imitarlo en toda forma, pero sólo le salía un soplido
ridículo, y en cuanto se descuidaba, se le escapaba su
grosero ¡cuac!, ¡cuac!
Resolvió pedirle a ella misma que se lo enseñara.
¿Cómo haría, con el miedo que le tienen las
perdices al zorro?
Un día se encontraron en un caminito del campo. La sorpresa
de la perdiz, que ya se veía en los dientes del zorro,
fué grande cuando oyó que le decía:
-Comadrita, ¡que bien silba Ud.!¡Cómo podría
hacer yo para aprender su silbido?
-Puede coserse la boca, compadre, -le contestó tímidamente.
-Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario. ¿No podría
hacerme el favor de cosérmela Ud. misma?.
-Trataré de complacerlo, compadre.
La perdiz, aunque llena de desconfianza, se sacó una pluma
del ala, y con unas raíces muy fuertes le fué cosiendo
la boca. El zorro soportaba, feliz, el sacrificio.
Cuando le quedó un agujerito muy pequeño, la perdiz
le hizo probar. Le salió un silbido bastante fino que lo
puso muy contento.
-Compadre, debe ensayar así muchas veces al día
hasta que le salga en forma perfecta, -le aconsejó la perdiz-.-
A mí me costó mucho aprenderlo.
El zorro, que no podía hablar, asintió con la cabeza.
Ya se despedían, cuando de pronto, la perdiz, como suele
hacerlo, voló con su vuelo pesado y pasó rozando
la cabeza del zorro. Éste no pudo con su instinto; sin
querer hizo su natural movimiento de abrir la boca para atraparla,
y se le rasgó de oreja a oreja.
El pobre zorro no sólo perdió su única oportunidad
de aprender a silbar, sino que, por mucho tiempo, no puedo comer
perdices.
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Esta es una de las fábulas que tiene mayor difusión
en la Argentina. Entre otros la han recogido los maestros: Srta.
Ofelia Nicolet de Córdoba; Sr. Isaac Agüero Quinteros
y Martín Acevedo, Francisco A. Vildoza, Alberto Herrera
de Catamarca; Sra. Salvaria I de Barraza y Srta. Braulia Arias
Ruiz, de Santiago el Estero, Srta. María Magdalena Dulce,
Rosario Santillán y Sr. Antonio Correa de Tucumán;
Sra. María Elena R. de Campos y Srta. Laura Molina de Salta;
Sra. Elvira E. de González y Sr. Abdón Castro Tobay
de Jujuy.
EL TIGRE Y EL ZORRO
El zorro se presentó un día en la casa de una pareja
de tigres y se hizo pasar por un sobrino que venía desde
lejos a visitarlos. Fué recibido y hospedado como pariente.
Los tíos lo trataban muy bien, pero eran tan avaros que
si el pobre zorro pasaba hambre cuando vagaba por los campos,
no lo surgía menos en familia.
Un día el tío y el sobrino fueron a buscar una buena
res a la orilla del arroyo. El zorro trepó a un árbol
para anunciar las presas posibles, y el tigre se escondió
para cazar cómodamente.
-Allá viene una majada de cabras con unos cabritos gordos,
-dijo el zorro, pensando que uno de estos últimos le podía
tocar a él.
-No me gusta la carne con pelos largos, -dijo el tigre.
Las dejaron pasar.
-Allá viene una majada de ovejas con unos corderitos que
están como para chuparse los dedos.
-No me gusta la carne con lana.
Pasaron también.
-Allá viene una tropilla de potros.
-No me gusta la carne hedionda.
La tropilla siguió sin ser molestada.
-Allá viene una tropa de vacas.
-Esa carne me gusta, -dijo poe fin el tigre y, en cuanto llegaron,
saltó sobre una vaquillona gorda y la mató.
Mientras el tigre la carneaba, el sobrino le ayudaba en lo que
podía.
Sentía tanta hambre el zorro, que comenzó a pedir
algo para comer, pero el tigre se lo negaba.
-¿Tío tigre, por que no me da un pedazo de matambre
para asar?
-No, ésa es la achura de tu tía tigra.
-¿Me da los ojos, entonces?
-No, los ojos son para cuentas del collar de tu tía tigra.
-Deme la panza, que es puerquita.
-No la panza es para mate de tu tía tigra.
-Deme las tripas.
-No, las tripas son para bombillas de tu tía tigra.
-Me podría dar el guano, siquiera.
-No el guano es para yerba del mate de tu tía tigra.
-Pero, tío tigre, Ud. nunca me da nada, deme por lo menos
la vejiga.
-Te la daré, pero la vejiga era para tabaquera de tu tía
tigra.
El zorro lavó la vejiga en el arroyo y comenzó a
soplarla a modo de globo, como suelen hacerlo los niños
campesinos.
Luego el tigre cargó al sobrino con un espléndido
costillar, y le dijo:
-Llévalo a tu tía tigra. Dile que lo ase al asador
y que me espere a comer. En cuanto termine de carnear, iré.
El zorro llegó a la casa y le dijo a la tigre:
-Tía, manda decir mi tío que ase este costillar
y me lo sirva en cuanto esté.
La tigre lo hizo así, y el zorro se comió todo el
asado.
Como sabía lo que le esperaba, huyó al campo.
Cuando llegó el tigre cansado, y se encontró sin
su almuerzo, se enojó tanto que salió a buscar al
zorro para matarlo.
Se escondió en la bajada del arroyo, por donde forzosamente
debía arrimarse a beber.
Llegó el zorro, y como sospechara que podía esperarlo
allí su tío, desde lejos dijo:
-Agüita, ¿te dejas beber?
-Sí, puedes beberme, -contestó el tigre desfigurando
la voz.
-Agüita que habla no bebo yo, -dijo el zorro y echó
a correr-
al día siguiente, el tigre se escondió allí
mismo dispuesto a no hablar. Como había aguardado mucho,
le dió sueño, y se acostó a dormir en medio
del camino.
El zorro, que se aproximaba en punta de uñas, lo vió
y, como no podía pasar, resolvió darle una broma.
Llenó con piedrecitas la vejiga de la vaquillona, que ya
estaba medio seca, y se la ató a la cola del tigre. Se
escondió entre unos juncos y desde allí observó.
Al rato, el tigre movió la cola, y se asustó tanto
del ruido que las piedras producían dentro del pellejo,
que huyó desesperado, creyendo que se trataba de algún
cazador que con sus perros lo perseguía.
El zorro bajó al arroyo y bebió.
El tigre iba ya muy lejos, cuando una rama rompió la vejiga,
y comprendió entonces, que se trataba de una broma del
zorro. Furioso, se volvió jurando no dejarlo con vida.
Al otro día se escondió nuevamente en la bajada
del arroyo.
Llegó el zorro y preguntó:
-Agüita, ¿te dejas beber?- y como nadie contestaba
bajó al agua.
El tigre le saltó encima, pero el zorro alcanzó
a meterse en una cueva que había en la barranca. El tigre
metió la mano y consiguió asirlo de la cola.
El susto tremendo no le hizo perder el tino a zorro que comenzó
a gritar:
-¿Tire, tío tigre, que es una mata de paja!¿Tire
tío tigre que es una mata de paja!
La abundante cola peluda del zorro le pareció al tigre
que era una mata de paja y la soltó.
El zorro se deslizó cueva adentro y desde allá,
riéndose a carcajadas, le decía:
-¡Bah, que había sido tonto mi tío! Era mi
cola la que tiraba. ¡Que la inocencia le valga.
El tigre, cada vez más furioso, le aseguró que no
saldría de allí con vida, y se echó en la
puerta de la cueva. Estuvo así casi todo el día.
Cansado, llamó a un carancho, lo dejó de centinela
y se fué a comer.
El zorro trató repetidas veces de entrar en amistad con
su cuidador, pero el carancho había tomado tan en serio
su papel que no atendía. Tanto insistió el zorro
y tanto se aburrió el carancho, que comenzaron a conversar.
Cuando tomaron cierta confianza, el zorro le propuso jugar a quién
permanecía más tiempo con los ojos muy abiertos
y fijos. Jugaron un rato, y una de las veces en que le tocó
al carancho abrir los ojos, el zorro se los tapó con un
puñado de tierra y huyó.
El zorro, con su ingenio, burló el poder del tigre y castigó
su avaricia.
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Redactamos esta narración sobre las versiones enviadas
por los maestros: Sr. Francisco J. Cabrera de Entre Ríos;
Sr. Luis Jerónimo Lucero y Srta. María Rosa Sarmiento,
de San Luis; Srta. Rosa Azcoaga de Tucumán; Sr. Sergio
Lascano, de Santiago del Estero; Srta. Manuela B. López
de La Rioja; Sr. Ramón Juárez Fernández y
Srta. Zenona J. Almirón de Tucumán.
LA MULA Y EL TIGRE
Una noche en un claro monte, la mula y el tigre discutían
cual de los dos podían manejarse mejor en la oscuridad.
Hicieron algunas apuestas.
En una de esas se sacudió el tigre, y los dos gritaron:
¡un pelo!, ¡un pelo!
- yo lo vi, -dijo el tigre.
- yo lo sentí el tropel, -le replicó la mula.
El ojo del tigre había descubierto el pelo que volaba en
la oscuridad, pero el oído de la mula lo había reconocido
por la vibración que producía en el aire.
Nadie debe desprecia las cualidades ajenas: pueden ser tan buenas
como las propias.
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Redactamos esta fábula sobre las versiones enviadas por
la Sra. Sofìa Z.P.de Díaz, de La Rioja, el Sr. Isaac
Agüero Quinteros de Catamarca.
LAS MANCHAS DEL SAPO
Las aves fueron invitadas a un gran baile que se daba en el cielo.
El sapo se enteró de la noticia y no sabía cómo
hacer para asistir.
El águila, que era cantora y guitarrera, iría seguramente
con su instrumento, y el sapo resolvió esconderse en la
caja de la guitarra.
Todas las aves, muy coquetas y arregladas, llegaron al cielo y
comenzaron a sentarse a la mesa del banquete. Llegó el
águila con su guitarra a la espalda, la dejó a un
lado y buscó su lugar.
Al rato salió el sapo y se presentó entre los invitados.
Para todos fue una gran sorpresa ver aparecer aquel caballero.
No se explicaban cómo había podido subir hasta esas
regiones.
Para colmo de sus males, en medio de la reunión, se dio
vuelta y escupió, descuidadamente, con tan mala suerte,
que le tapó un ojo al colcol -buho-, quien se enojó
y protestó en público por la mala educación
del mozo.
La fiesta fue espléndida. Los concurrentes bailaron y divirtieron
muchísimo.
Cuando llegó el momento de regresar, fueron grandes los
apuros del sapo para esconderse otra vez en la guitarra.
Todos estaban atentos y lo vigilaban para descubrirlo.
El águila advirtió la maniobra y se propuso castigarlo.
Se puso la guitarra volcada, de modo que en cuanto comenzó
a volar hacia la tierra, cayó el sapo desde muy alto.
Caía sobre un pedregal y el pobre gritaba: ¡Pongan
colchones!, ¡pongan colchones que voy a partir las piedras!
-Pero nadie le hizo caso.
El golpe fue terrible y el cuerpo se le llenó de heridas.
Las cicatrices son las manchas que han quedado para siempre en
la piel del sapo.
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Esta fábula es conocida desde la región central
hasta el norte: así lo afirman las versiones enviadas por
los maestros: Srta. Francisca de Lagos, de Córdoba: Srta.
Mercedes Berrondo y Sr. Isaac Agüero Quinteros de Catamarca;
Srta. Elvira Elisa Lafuente de Salta; Srta. Catalina Sosa y Sr.
Antonio Corea de Tucumàn; Srta. María Uñales
de Sgo del Estero; Sra. Ercilla E. Deloro de Buenos Aires. También
se conoce en San Luis.
FIN