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Fridolin el
bueno y Thierry el malo
Schmid, Christoph von
Índice
Fridolín el Bueno y Thierry el Malo
I
Los cazadores furtivos
Fridolín era un niño precioso, que tenía un
corazón excelente y estaba siempre de muy buen humor. Un
día encaminose muy temprano al bosque a coger ramas secas.
Él fue quien el verano anterior, a pesar de sus pocos años,
llevó a cuestas a la choza casi toda la leña que había
de servirles para calentarse durante el invierno. Gozoso de poder
ayudar a sus padres en sus penosas tareas, se dirigió aquel
día al cercano bosque y empezó a trabajar. Recogió
cuantas ramas secas pudo encontrar, y no descansó hasta que
hubo reunido mucha leña; tanta como sus débiles fuerzas
le permitían llevar.
Cargado con el pesado haz, se encaminó a su casa. Al salir
del umbrío bosque entró en un delicioso valle, al
cual daban luz y calor los ardientes rayos del Sol. Por entre la
hierba, cuajada de flores, deslizábase un riachuelo, junto
al cual crecían diversas plantas y espinosas zarzas. Fridolín
le remontó hasta su nacimiento, en donde el agua límpida
y cristalina brotaba de una roca a la que daba sombra una corpulenta
encina. A poca distancia vio las primeras fresas del año:
cogió muchas, y luego se sentó al pie del árbol
para comer [84] su modesto almuerzo, que consistía en un
pedazo de pan moreno. Bebió el agua fresca y clara del manantial,
y las rojas fresas le sirvieron de postre.
Pero antes de empezar a comer se quitó la gorra, cruzó
sus manitas, y elevando el alma a Dios, rezó con ese infantil
candor que rara vez se encuentra entre los ricos, los cuales se
sientan ante mesas cubiertas con preciosas vajillas y llenas de
diversos manjares, sin tomarse el trabajo de bendecir al Autor de
todas estas mercedes. En cuanto a Fridolín, la alegría
y el apetito sazonaban su frugal almuerzo.
-¡Oh! -pensaba-. ¡Cuán feliz debo considerarme,
porque puedo venir a comer a la sombra de este árbol tan
hermoso! ¡Qué bien sabe el pan cuando se lo gana uno
con su trabajo! ¡Vos, oh Dios mío, me dais todos los
días pan, salud y apetito! ¡Cuánto os lo agradezco!
¡Qué fresca y qué agradable es esta sombra!
Ni el mismo rey puede almorzar tan ricamente. Verdad es que mi mesa
no es tan suntuosa como la suya: los ricos tienen blancos manteles;
el mío es de color verde brillante y está cuajado
de flores silvestres tan lindas, que no podría hacerlas más
bonitas la más hábil bordadora. Mi postre -añadió
sonriendo y mirando las fresas- ha sido preparado por alguien cuyo
poder es superior al del mejor confitero de la ciudad: por el mismo
Dios. No estoy rodeado de guardias; pero los árboles me ofrecen
su deliciosa sombra, y vosotros, queridos pajarillos, que revoloteáis
de rama en rama, me obsequiáis con una música que
vale tanto como otra cualquiera.
En tanto que Fridolín hablaba de esta suerte consigo mismo
vio salir de un espeso bosquecillo situado en la cima de la colina
una corza seguida de su cría.
El animalito permaneció inmóvil durante un segundo,
miró tímidamente en torno suyo enderezando las orejas,
y bajó luego al valle, levantando con delicadeza sus finas
patitas para saltar por encima de los setos y de los troncos: el
corzo brincaba junto a su madre. Ésta, después de
beber en el manantial, se puso a pastar, en tanto que su cría
saltaba alegremente por el prado.
Ante aquel espectáculo, completamente nuevo para él,
Fridolín permanecía inmóvil; apenas se atrevía
a respirar. Su corazón latía de contento.
-¡Qué animales tan lindos! -pensaba-. ¡Qué
formas tan graciosas, y qué vivacidad! ¡Cuánto
me alegro de haber venido hoy al bosque! Todos los días admira
uno algo nuevo.
En aquel momento oyose una detonación, que retumbó
en el bosque como un trueno. Fridolín se asustó tanto,
que por poco rueda hasta el pie del cerrillo en que se había
sentado: el pobre niño temblaba de miedo. Aquel ruido era
el disparo de un arma de fuego. La corza, tendida en el suelo, agitábase
en las convulsiones de la muerte lanzando angustiosos quejidos,
y a su lado su hijito parecía compartir su dolor.
Pocos instantes después salió de entre unos matorrales
un muchacho de tez pálida y con el traje destrozado. En la
mano llevaba [85] una escopeta, y precipitándose sobre el
animal al cual acababa de herir, le remató a culatazos.
-¡Ah! ¡Ah! ¡Esta vez no erré el tiro! ¡Por
fin caíste en mi poder! -decía.
Un individuo mal encarado, con el pelo sucio y enmarañado,
la barba revuelta y cubierto de andrajos, apareció en aquel
momento con una escopeta mohosa bajo el brazo. Aquel hombre cogió
la corza que había matado el muchacho, se la echó
al hombro, y al ver a Fridolín huyó velozmente.
Más animoso el niño, detúvose un instante,
miró fijamente al bueno de Fridolín, y escapó
como su compañero.
Fridolín, que aún no se había repuesto del
susto, estaba estupefacto.
-Son cazadores furtivos -se dijo-. ¡Parece mentira que tengan
valor para matar a un animalito delante de su cría, que queda
expuesta a morirse de hambre! Se conoce que no tienen la conciencia
muy tranquila, cuando al ver a un débil niño como
yo tiemblan y huyen despavoridos. ¡Ah! ¡Esta mala acción
no les traerá buena suerte!
En aquel instante salió el corzo de entre la matas en que
se había escondido cuando aparecieron los cazadores. El pobre
animalito iba de aquí para allá buscando a su madre.
Fridolín se acercó muy despacito al corzo, que se
acurrucó entre la hierba al pie de una encina, y empezó
a acariciarle, diciendo:
-¡Ah! ¡Pobre animalito; cuán digno eres de lástima!
Ya no tienes madre, y vas a morirte de hambre; porque, por lo que
veo, aún no tienes dientes para comer hierba. ¡Pobrecito,
cuánto te compadezco!
Entretanto Mauricio, el guarda, que a la sazón prestaba servicio
en el bosque, acudió al sitio en donde había oído
el disparo. Desde lejos vio a Fridolín arrodillado junto
a un matorral y acariciando a un corzo, y tuvo el capricho de esconderse
detrás de un árbol para escuchar y observar al niño.
Fridolín seguía acariciando y contemplando al animal
con extraordinaria complacencia.
-¡Qué bonito eres! -decía-. ¡Qué
manso pareces! ¡Cómo me miras con tus ojazos negros!
¡Cómo contrasta tu pelo oscuro junto a la blancura
de tu pecho! ¡Y qué bien te sienta esa manchita negra
que tienes en el hocico! ¡Cuánto me gustaría
llevarte a casa y cuidarte y criarte! Pero no me atrevo; no me perteneces:
perteneces al guardabosque. Voy a llevarte a su casa. ¡Con
tal que no te mate! No, no te matará: se lo rogaré
tanto, que te dejará vivir; es más, tal vez encuentre
el medio de criarte.
Mauricio, que de árbol en árbol se había deslizado,
sin ser visto, hasta esconderse tras la corpulenta encina, oyó
al niño. Sonreía satisfecho mientras se acariciaba
la barbilla. Cuando Fridolín se levantó para marcharse
llevando en brazos al corzo, vio al guardabosque, y se asustó
mucho; pero el excelente Mauricio le dijo con bondadoso acento:
Fridolín se levantó para marcharse, llevando en brazos
al corzo.
[87]
-No tengas miedo, hijito; no te haré ningún daño.
He oído todo lo que le has dicho a este pobre animalito,
y sé que tenías la intención de entregármelo.
Pues bien; si quieres, te lo regalo: llévatelo a tu casa.
Te será fácil criarle con un poco de leche de vaca
mezclada con agua. Cuando sea un poco más grande y tenga
dientes, comerá hierba y se alimentará por sí
solo.
Loco de alegría, dio Fridolín las gracias a Mauricio,
y con el haz de leña a la cabeza y el corzo bajo el brazo
se dispuso a regresar a su casa.
-¡Adiós, amiguito! -díjole el guarda.- ¡Sé
siempre probo y honrado, y seguramente serás dichoso!
II
El corzo
Al llegar a su casa dejó Fridolín el haz de leña
en un rincón y se apresuró a buscar a su madre para
enseñarle su corzo.
-¡Desgraciado! -exclamó.- ¿Qué has hecho?
¡Has cogido este corzo en el bosque! Es como si le hubieses
robado. Si el guarda lo supiera, no te dejaría volver a poner
allí los pies, y este invierno te morirás de frío;
porque ¿adónde iríamos por leña para
calentarnos? ¡Quién sabe si te meterán en la
cárcel para castigarte por haber robado! Y aun cuando este
robo quede oculto a los ojos de los hombres, ¿crees tú
que Dios lo ignora y que no piensa en castigarlo más adelante?
¿Cómo te has atrevido a cometer semejante acción
delante de Aquel que todo lo ve? Mira, Fridolín: te mando
que lleves inmediatamente este corzo al bosque, al mismo sitio en
donde le has cogido, para que este pobre animalito pueda encontrar
a su madre. Al mismo, sitio, ¿lo oyes? y corriendo.
-Pero, mamá, -respondió Fridolín,- escuchadme
dos palabras antes de enfadaros.
Entonces le contó lo que había sucedido en el bosque,
y le explicó cómo el guarda le había regalado
el lindo corzo.
-¡Muy bien! -dijo la madre- Eso ya es otra cosa. Pero ¿cómo
te arreglarás para criar y dar de comer a este animalito?
Por la mañana sólo tomas un tazón de leche,
un pedazo de pan moreno y unas patatas; ¿y todavía
quieres partir tu almuerzo con tu corzo?
-¡Ah! ¿Y por qué no? -replicó alegremente
Fridolín- ¿No debemos sacrificar gustosos parte de
lo que poseemos para socorrer a los necesitados? ¿No debemos
ser misericordiosos hasta con los animales? Sería una infamia
dejar morir de hambre a este animalito. Vos misma me habéis
dicho muchas veces que a los ojos de Dios no hay limosna más
meritoria que la que un pobre da a otro pobre. Si me dais permiso
para que me quede con este pobre corzo, lo que le dé para
criarle será también una especie de limosna, y estoy
seguro de que Dios me recompensará por ello algún
día.
Sonrió la bondadosa madre, y ya no opuso ningún reparo.
Fridolín [89] crio el corzo dándole la mitad de la
leche que a él le daban, le preparó en un rincón
de la casa una blanda cama de paja, y le cuidó con el mayor
esmero.
Al poco tiempo el animalito se dio cuenta de los cuidados de su
amo; conocía su voz, salía a recibirle cuando el niño
entraba en la casa, y, por último, se acostumbró a
seguirle a todas partes, hasta al bosque.
Fridolín no tenía que tener el menor temor de que
su fiel cervatillo se le escapara. Muchas veces, cuando se ocupaba
en coger leña o en buscar fresas el corzo se alejaba para
pastar durante unos segundos; pero cuando Fridolín, cansado
del trabajo, se sentaba al pie de un árbol con objeto de
reposar, se acercaba el animalito a su amo y se acostaba junto a
él para descansar también.
Todo el mundo admiraba la belleza de aquel animal. Al principio
cuando Fridolín volvía a su casa con el haz de leña
en la cabeza y seguido de su corzo, que le obedecía con la
inteligencia y la docilidad de un perro, casi siempre le acompañaba
hasta la puerta de su casa un tropel de alborotadores chiquillos
que le contemplaban con admiración.
El hijo de un rico propietario del pueblo fue un día a visitar
a los padres de Fridolín, y quiso comprar el corzo; pero
Fridolín le contestó que no lo vendería aunque
le dieran doscientos francos.
-¡Bah! -exclamó su madre.- ¡No pensarás
siempre lo mismo!
Tomó entonces el padre la palabra y dijo a su mujer:
-Deja que nuestro hijo disfrute tranquilamente de lo que constituye
su única alegría. Fridolín nos enseña
que hasta el más pobre puede encontrar en este mundo alegrías
y goces que no le cuestan un cuarto, y a los que no renuncia aunque
le ofrezcan un imperio. Tú te entretienes con tu jardincito,
te complaces en ver tus judías con sus flores color de fuego
y tu lindo rosal; yo nunca estoy más contento que cuando
me ocupo en cuidar los dos manzanos que yo mismo he plantado delante
de nuestra puerta, y el contemplar las frondosas ramas del peral
que da sombra a nuestra choza me produce singular satisfacción.
Pues bien; Fridolín cifra toda su alegría en su corzo.
El que se conmueve al ver las bellezas de la Naturaleza, se complace
en contemplar las innumerables obras hechas por la mano de Dios
y sabe atribuirlo todo a la gloria del Eterno, ése, por pobre
que sea, se considera siempre rico, porque en todas partes hallará
objetos que le interesen y placeres puros e inocentes, infinitamente
superiores a las fútiles y peligrosas diversiones del mundo.
III
Los padres de Fridolín
Nicolás y Margarita, los padres de Fridolín, vivían
a la salida de la aldea de Haselbach. Su choza, techada con bálago,
parecía tan antigua como el peral centenario que le daba
sombra. Una espesa capa de musgo cubría el tejado, y contrastaba
por su verdor con el color grisáceo de las paredes.
Junto a la casa había un huertecillo que no ocupaba mayor
espacio, y que estaba rodeado por un seto de espinos. Al ver una
choza tan pobre y un huerto tan pequeño, los transeúntes
no podían menos de decir:
-Los habitantes de esa cabaña deben de ser bien pobres.
Y, sin embargo, aquella pobreza no era un obstáculo para
que Nicolás fuese el hombre más alegre de toda la
comarca. Los ricos agricultores en cuyas tierras trabajaba en las
faenas de la siega o de la trilla envidiaban su carácter,
siempre jovial, y solían decirle:
-¿Cómo puedes estar siempre tan tranquilo y tan alegre,
siendo, como eres, más pobre que Job?
-Os equivocáis -respondía Nicolás:- no soy
tan pobre como creéis. Tengo un padre inmensamente rico que
nunca me deja carecer de lo necesario: el Padre Eterno. Y además
-añadía riendo-, bajo los harapos que me cubren guardo
un tesoro que no daría por cien mil francos: este tesoro
es una conciencia pura. Por otra parte, tengo salud, gracias a Dios,
y dos buenos brazos para ganar mi pan y el de mi mujer y mi hijo.
¿Por qué voy a estar triste?
Margarita no siempre podía compartir la constante serenidad
de su marido: muchas veces la oían lamentarse de ser pobre.
-¡Qué poco juicio tienes! -dijo a su marido una tarde
que éste silbaba una canción mientras afilaba la hoz
para ir a segar al día siguiente-. ¡Qué poco
juicio tienes! ¡Nunca piensas en nada!
-¿En nada? -contestó Nicolás, riendo-. ¡Pues
me gusta! ¡Estaría bueno! ¿No ves que estoy
afilando la hoz para que mañana corte mejor? ¿En qué
quieres que piense además?
[92]
Procuremos educar a nuestro hijo en los principios de la piedad
y la virtud.
-No tenemos un cuarto en casa. ¿Qué sería de
nosotros si nos sucediese una desgracia?
-¡Ah! Si tuviésemos que tener dinero guardado para
remediar todas las desgracias que pueden ocurrirnos, necesitaríamos
una cantidad enorme. ¿Crees tú que hay en el mundo
alguien que tenga el dinero suficiente para evitar todos los males
que puedan sobrevenirle?
-¡Ay! Demasiado sabes que hay en la comarca una epidemia,
y que también nosotros podemos enfermar.
-¡Claro que podemos enfermar! Pero ¿a qué atormentarnos
por adelantado? Las preocupaciones y las penas no son nada a propósito
para conservar la vida: por el contrario, son muy malas para la
salud. Si cayésemos malos y no pudiésemos trabajar,
Dios nos ayudaría: Él sabe mejor que tú lo
que nos conviene. Su protección nos será provechosa,
en tanto que tus preocupaciones no sirven para nada.
-Siempre dices lo mismo; pero la verdad es que si muriésemos,
no le dejaríamos nada a nuestro Fridolín.
-¿Nada? -exclamó Nicolás levantándose
y dejando su hoz.- Te equivocas, Margarita. Yo, por el contrario,
creo que le dejamos algo que vale más que una talega de dinero:
una sólida instrucción cristiana y una buena educación.
¿Hay en el mundo un tesoro más precioso que el temor
de Dios, el amor al trabajo, la modestia en los deseos y el horror
al pecado? ¿Crees que semejante tesoro es una herencia despreciable?
¿No te parece que podemos considerar asegurada la felicidad
de Fridolín mejor que si le dejásemos una gran fortuna?
Procuremos educar a nuestro hijo en los principios de la piedad
y de la virtud, y no nos preocupemos de su porvenir. Aunque pobre,
siempre estará alegre y satisfecho como yo. Un corazón
alegre y libre de penas: ¿qué más podemos desear
en este mundo? ¿De qué sirve el dinero cuando esto
falta? Confiemos en Dios, querida, seamos buenos, estemos alegres,
y siempre seremos felices.
IV
El herido
Nicolás consiguió por fin comunicar a su mujer su
confianza en Dios y su alegría. Vivían felices y satisfechos,
consagrados a la religión y a la virtud. Su hijo, cuyo corazón
iban formando con su ejemplo más bien que con sus prudentes
consejos, respiraba a su lado la honradez y la piedad, como se respira
el aire. Los imitaba, y los tres vivían en la más
dulce intimidad.
Pero una terrible desgracia sumió en la desesperación
a esta simpática familia.
Hallábase un día Nicolás en el bosque haciendo
provisión de leña, en tanto que otros leñadores
a pocos pasos de distancia derribaban una corpulenta encina.
Por imprevisión, el árbol cayó repentinamente
hacia el lado en donde trabajaba Nicolás. Los leñadores
dieron grandes gritos para avisarle; pero no pudo huir con la ligereza
necesaria, y una rama muy grande le alcanzó y le tiró
al suelo. Se hizo varias heridas, entre otras una muy grave en el
brazo derecho. Acudieron todos los obreros a socorrerle; le vendaron
con sus pañuelos, y haciendo inmediatamente una especie de
camilla, le llevaron a su casa.
Fridolín y su madre se asustaron mucho al oír los
gritos de la multitud que se había reunido en la calle; pero
¡cuál no sería su espanto cuando desde la ventana
vieron al pobre Nicolás en la camilla, más pálido
que un muerto! Bajaron apresuradamente derramando un torrente de
lágrimas.
-No os desesperéis de ese modo -les dijo el herido.- Dios
es quien os envía esta desgracia. No se mueve una hoja sin
que Él lo disponga: ha permitido que un árbol me alcanzase
al caer. Aceptemos sin murmurar los sufrimientos que se digne enviarnos,
y Él sabrá hacer que redunden en provecho nuestro.
Todo lo que Dios hace está bien hecho: esta dulce convicción
basta para dulcificar las amarguras de nuestra situación.
Fridolín corrió a buscar un médico. Éste,
cuando hubo examinado la herida del brazo, dijo que le parecía
muy grave pero que confiaba en curarla. Sin embargo, la herida,
en lugar de mejorar, tenía un [94] aspecto cada vez más
alarmante, y un día al levantar el apósito dijo el
médico moviendo la cabeza que tal vez fuese necesario cortar
el brazo. ¡Figúrense nuestros lectores el terror de
la madre y del niño!
Margarita, consternada, tomó inmediatamente el partido de
ir a un pueblo inmediato para rogar a un médico muy célebre
que allí vivía que fuera a asistir a su marido. El
doctor era muy hábil, efectivamente; pero, por desgracia,
era también muy interesado, y en cuanto supo que iban a buscarle
para asistir a un jornalero, no quiso molestarse en hacer una caminata
de tres leguas. Limitose, pues, a prescribir las plantas que debían
aplicar en compresas sobre la herida, asegurando que aquello bastaría
para curarla. Margarita, temiendo que estas palabras fueran un vano
consuelo, le suplicó de rodillas que fuese a ver a su marido;
pero no pudo conseguirlo.
Desesperada y con los ojos encarnados de tanto llorar, regresó
a su casa, y apenas hubo dado cuenta a su marido del mal resultado
de su viaje, añadió:
-¡Ah! ¡Ahora sí que estoy convencida de que el
ser pobre es una gran desgracia!
Pero el prudente Nicolás le respondió:
-No te aflijas de ese modo, Margarita, y guárdate de tener
más confianza en un despreciable metal que en Dios vivo.
Los médicos me abandonan. Pues bien; el Señor nos
ayudará. Él sabrá derramar un bálsamo
bienhechor en mis heridas, y sanaré, si tal es su voluntad.
Tranquilízate. Él sabe que somos muy pobres, y no
nos abandonará.
El pobre Fridolín no cesaba de llorar. Estaba muy pálido,
y su alegría había desaparecido; apenas hacía
caso a su corzo, al que tanto quería, y siempre estaba rezando
para que Dios curase a su padre.
-¡Señor -decía,- tened compasión de nosotros;
ayudadnos antes de que sea tarde; dignaos cumplir vuestra promesa,
Dios misericordioso y amantísimo, porque nos habéis
dicho: «¡Invócame en la desgracia, y yo te ayudaré,
y tú me glorificarás!»
V
El socorro del cielo
A una legua de la aldea de Haselbach, al otro lado del bosque, alzábase
el castillo del Conde de Finkenstein. Un día, después
de almorzar este señor, que era muy aficionado a la caza,
se dirigió al bosque acompañado del hermano de su
mujer, comandante del ejército, el cual había ido
a pasar unos días en su casa. Federico, el hijo del señor
de Finkenstein, había obtenido permiso para ser de la partida.
Mauricio, el guarda, los acompañaba también. Después
de recorrer el bosque sin encontrar una sola pieza, Mauricio, deseoso
de proporcionar al hijo de su amo el placer de disparar por lo menos
un tiro, dijo a Federico:
-¿Veis ese prado de trébol junto a ese grupo de avellanos?
Apostaría cualquier cosa a que ahí hay alguna liebre
escondida. Vamos a verlo; pero mucho cuidado, no vayáis a
errar el tiro.
En cuanto Mauricio hubo indicado a Federico el mejor sitio, y no
bien los otros dos cazadores se hubieron puesto también en
acecho, penetró en el bosquecillo con un excelente perro
de caza y lo recorrió en todos sentidos. De pronto ladró
el perro: el lindo corzo de Fridolín salió de entre
unos matorrales, y se quedó parado a unos treinta pasos del
sitio en que se encontraba Federico. Apuntó éste,
salió el tiro, y el corzo, asustado, echó a correr.
Afortunadamente, el lindo animalito no estaba herido, y Federico
le siguió con los ojos, algo contrariado.
Se quedó mudo de asombro al ver que el corzo corría
velozmente hacia la aldea, cruzaba con extraordinaria rapidez el
estrecho tablón que hacía las veces de puente en el
arroyo del molino, y se metía después resueltamente,
y como el que entra en su casa, en la primera choza del lugar.
El Conde y el Comandante se acercaron a Federico y le preguntaron
si había matado algo. El niño les respondió
que había tirado a un corzo, pero que había errado
el tiro, y que el corzo se habla refugiado en una choza a la entrada
de la aldea, metiéndose en ella sin la menor vacilación.
... penetró en el bosque con un excelente perro de caza.
[97]
Federico ignoraba que se pudiera domesticar a los corzos. Lo supo
por Mauricio, el cual le contó la historia del lindo animal
que en otro tiempo regaló a Fridolín. El Condesito,
deseoso de ver de cerca al precioso corzo, pidió permiso
para dirigirse a la choza. Concediéronselo, y con toda la
ligereza propia de su edad corrió a la cabaña, en
tanto que su padre, su tío y Mauricio le seguían lentamente.
Cuando llegó a la habitación, en extremo modesta,
pero muy limpia donde el pobre Nicolás yacía en su
lecho, vio Federico a Fridolín sentado en un banco partiendo
su pan con el corzo, que de pie ante su amo cogía los pedazos
de su misma mano. El que más comía era el corzo, porque
en aquel momento de amargura el pobre Fridolín no tenía
apetito.
Federico no hizo gran caso del enfermo; no tenía ojos más
que para contemplar al gracioso animalito. Estaba entusiasmado al
verle tan manso, tan sociable y poder acariciarle sin que se espantase.
Entretanto llegaron a la choza de Nicolás los dos caballeros
y Mauricio. Entonces dijo el Comandante a su cuñado:
-Puesto que este pueblecillo te pertenece, voy a recorrerle, porque
no le conozco todavía. Espérame en esa choza con Federico.
No tardaré en volver.
Alejose el Comandante con el guarda, y el Conde entró en
la cabaña. Al ver al enfermo mostró gran interés,
y le interrogó bondadosamente por la causa de sus sufrimientos.
En aquel momento llamó Federico a su padre y le dijo en voz
baja que preguntase si querían venderle el corzo.
-Le dejaré correr por el parque del castillo -dijo- y os
aseguro, papá, que disfrutaré mucho viendo constantemente
a este lindo animalito.
Fridolín adivinó inmediatamente el deseo del Condesito
y acercándose, le dijo:
-Hace mucho tiempo, me ofrecieron una cantidad bastante grande por
mi corzo, y la rehusé porque no quería venderle; pero
en este momento le vendería con mucho gusto, porque el dinero
que me dieran por él serviría para pagar al cirujano
de la ciudad, que de este modo vendría a curar a mi padre.
El señor de Finkenstein, conmovido al ver el amor filial
de aquel excelente hijo y la angustiosa situación del padre,
dio tres escudos de seis francos a Fridolín, el cual, como
nunca había visto tanto dinero junto, se creyó inmensamente
rico. Al aristócrata no le parecía tan grave el estado
del herido, por lo que iba a retirarse limitándose por el
momento a esta limosna. Pero en la angustiosa situación en
que se hallaba aquellos dieciocho francos no le hubieran servido
de mucho al pobre Nicolás si Dios, cuya sabiduría
y bondad son admirables, no hubiese hecho que su enfermedad y hasta
sus dolores fueran para él una fortuna. Así pues en
aquella circunstancia el Todopoderoso mostró toda su bondad
como quien sabe preparar anticipadamente y enviar en el momento
más propicio el auxilio que necesita el hombre en momentos
de angustia.
VI
El encuentro
En tanto que conversaban el Conde, su hijo y Fridolín, el
Comandante, que venía a reunirse a sus parientes, entraba
en la habitación. Era un buen mozo, de elevada estatura,
y tuvo que quitarse su sombrero adornado con una pluma para no tropezar
con el techo. Se sentó cerca de la cama del enfermo; pareció
interesarse mucho por él; le interrogó sobre su posición,
y, entre otras cosas, le preguntó si no tenía en la
aldea algunos parientes o amigos que estuviesen en disposición
de ayudarle.
Respondió Nicolás que no había nacido en aquella
aldea, y que no tenía en ella ningún pariente.
-¿De dónde sois, entonces? -preguntó el Comandante.
-He nacido en Grunval, un pueblecito que está a treinta leguas
de aquí.
-¡Ah! ¡Sois de Grunval! Conozco mucho ese pueblo, y
me acordaré de él mientras viva, porque allí
me vi comprometido en una aventura que hubiese podido tener para
mí funestas consecuencias a no ser por la oportuna intervención
de un tal Nicolás Warner que me salvó de un peligro
inminente.
-Ese es mí nombre -dijo el enfermo;- yo me llamo Nicolás
Warner.
-¡Cómo! ¡Os llamáis Nicolás Warner!
¡Sois de Grunval! -exclamó fuera de sí el Comandante,
cogiendo por una mano al enfermo y contemplándole atentamente
sin añadir una palabra.
Por último dijo:
-Sí, sois vos efectivamente. Aunque no os he visto más
que una vez en mi vida jamás olvidaré vuestras facciones.
¡Habéis cambiado mucho! Entonces estabais radiante
de juventud, y vuestro cutis era terso, fresco; hoy os vuelvo a
ver pálido y tostado por el sol. Pero esos ojos negros, tan
dulces y tan expresivos al mismo tiempo siguen siendo los mismos
y los reconozco perfectamente.
-Me parece que me tomáis por otro; no recuerdo haberos visto
nunca. [99]
-¡Oh! Sí, estoy seguro de que me habéis visto,
y puesto que según parece lo habéis olvidado, voy
a recordaros el sitio y las circunstancias en que se efectuó
nuestro encuentro. Escuchadme; es una aventura de mi juventud.
Un día, tenía yo entonces diez y ocho años,
atravesaba a caballo el bosque que hay cerca de Grunval y me dirigía
a casa de un condiscípulo, con el cual iba a pasar las vacaciones.
Mi traje era lujoso y mi maletín, sujeto a la grupa, estaba
muy bien provisto. Iba a ponerse el sol, y yo seguía tranquilamente
mi camino a través del bosque, cuando, de repente, una voz
terrible me gritó desde unos matorrales: «¡Alto!
¡Detente!» Mi caballo salió al galope. Inmediatamente
me hicieron fuego, sentí silbar la bala. Un instante después,
resonó otro disparo en el bosque y la bala penetró
en mi maletín, en donde la encontré después.
Todavía la conservo como recuerdo. Al mismo tiempo oí
los pasos de los ladrones que me perseguían gritando: «Párate,
párate o eres hombre muerto!» Mi caballo volaba y yo
tenía la seguridad de librarme de ellos. Desgraciadamente
el camino era malo y en cuesta y mi caballo cayó al suelo
y me cogió debajo. Como no me hice ningún daño,
no pensé más que en levantarme rápidamente;
pero en el momento en que iba a volver a montar, me alcanzó
uno de los bandidos y se abalanzó a mí, sable en mano;
iba a abrirme la cabeza de un sablazo. En aquel instante salió
del bosque un joven robusto, con un haz de leña al hombro
y un garrote en la mano. Verme en tan peligrosa situación,
tirar la leña al suelo, volar en mi socorro y dar al bandido
un vigoroso golpe en el brazo, fue para el generoso joven cosa de
un segundo. Mi agresor dejó caer el sable y desapareció
por entre los árboles lanzando espantosos alaridos. Yo recogí
inmediatamente el arma que había caído a mis pies
y me hallé en disposición de defenderme contra el
otro malhechor, que me había alcanzado y me atacaba impetuosamente.
Era un hombre de gigantesca estatura y de imponente aspecto; manejaba
el sable con más habilidad que el maestro de esgrima que
me daba lecciones, y seguramente hubiese acabado yo por sucumbir
en lucha tan desigual, si el joven no le hubiera dado con su nudoso
garrote dos palos tan terribles en la espalda, que el bandolero,
viéndose perdido, aprovechó un momento oportuno, franqueó
de un salto la cuneta del camino y desapareció en el bosque.
Pues bien -añadió el Comandante dirigiéndose
al Conde,- el valeroso joven que fue mi ángel guardián,
el que me salvó la vida, es el pobre Nicolás: decid,
amigo mío, ¿no fuisteis vos?
-Sí, señor, yo fui; todavía recuerdo que aquel
día llevabais una casaca verde bordada en oro y un sombrero
adornado con una pluma blanca. Vuestro caballo alazán tenía
una mancha blanca en la frente, y apenas podía andar, porque
al caer al suelo se había lastimado las patas delanteras.
Tuvisteis que llevarle del diestro y hacer el resto de la jornada
a pie; yo os acompañé. Pero ahora no me hubiese sido
posible reconocer en este caballero de marcial continente al jovencito
esbelto y de tez delicada que conocí en aquella época.
[100]
El Comandante, muy conmovido, estrechole la mano y le dijo:
-Os debo eterna gratitud, y os ruego que me perdonéis el
haber tardado tanto en pagar esta deuda sagrada. No olvidaba vuestro
nombre; pero en aquella época no era más que un muchacho
muy aturdido. Rara vez tenía dinero a mi disposición,
y poco tiempo después abracé la carrera militar. Luego,
la guerra, obligándome a trasladarme de un punto a otro,
me hizo olvidar esta aventura. Pero os aseguro que he pensado mil
veces en vos. Ahora me felicito de haberos encontrado y doy por
ello gracias a Dios.
Nicolás, que ignoraba su parentesco con el Conde de Finkenstein,
y que no sabía que le hubiese acompañado a la aldea,
preguntole por qué casualidad había descubierto su
vivienda.
-Ese corzo -respondió el Comandante- es el que me ha traído
a vuestra casa y me ha enseñado el camino. Evidentemente,
todo esto lo ha dispuesto la Providencia; porque me parece que mi
presencia en estos lugares podrá seros de alguna utilidad,
sobre todo en estos momentos.
El Comandante informose entonces de la situación del enfermo,
que quiso conocer hasta en sus menores detalles. Examinó
la herida, y como en sus campañas había tenido, con
muchísima frecuencia, ocasión de apreciar la gravedad
de esta clase de accidentes, comprendió inmediatamente el
peligro en que se hallaba Nicolás y le dijo:
-Efectivamente, necesitáis que os vea un médico inmediatamente,
porque de lo contrario puede presentarse la gangrena. Pero no desesperemos,
y sobre todo, no perdamos un instante; vos me salvasteis la vida
y confío en ser lo bastante afortunado para pagaros en la
misma moneda.
VII
La caridad de los nobles
Después de conversar de esta suerte con el enfermo, se levantó
el Comandante y le anunció que iba a regresar al castillo
de su cuñado y a enviar inmediatamente un propio a la ciudad
con orden de traerse a la aldea aquel cirujano más hábil
que desinteresado.
-Le prometeremos una buena recompensa por su asistencia -añadió-.
En cuanto a las medicinas y los demás gastos que se originen
para atenderos a vos y a vuestra familia, corren de mi cuenta. Así,
pues, valor, amigo mío; todo se arreglará perfectamente,
y pronto estaréis tan bien como yo.
En el momento en que iba a retirarse llegó Margarita con
el delantal lleno de una porción de plantas que había
cogido en el campo, siguiendo los consejos del médico. Estaba
triste y abatida, y se sorprendió no poco al encontrar a
su marido en compañía de aquellos caballeros tan distinguidos.
Pero cuando supo lo que había pasado y lo que el Comandante
se proponía hacer experimentó una alegría tan
grande y una emoción tan intensa, que no pudo contenerse
y echándose a llorar y cayendo de rodillas, exclamó:
-¡Oh, gracias, gracias Señor misericordioso, Dios de
bondad! Nos envías socorros en el momento en que nos hallábamos
sin recursos y en que todo parecía perdido. Sí; en
los instantes de amargura, los pobres y los desgraciados encuentran
en vos un amigo fiel. Nunca abandonáis a los que tienen fe
en vos. Aceptad benigno las humildes palabras con que os demostramos
nuestra gratitud, ¡oh Dios de bondad, Padre mío amantísimo!
La sincera piedad de la buena mujer conmovió profundamente
a todos los presentes. También Federico estaba entusiasmado
con cuanto acababa de ver y de oír; pero una cosa le preocupaba:
¿cómo se llevaría el corzo al castillo? Ya
era demasiado grande para poderle llevar en brazos hasta Finkenstein,
y seguramente no sería mucho [103] más fácil
conducirle atado a una cuerda, como el que lleva una res al matadero.
En efecto, fue preciso rogar a Fridolín que les acompañase
al castillo, llevándose de este modo al dócil animalito
que le seguía como un perro.
Fridolín, Margarita y el convaleciente se encaminaron al
castillo.
El médico de la ciudad llegó aquella misma noche.
Examinó la herida, criticó todo lo que había
hecho el ignorante cirujano de la aldea, y acabó por decir:
-Ya era tiempo; si llego a tardar medio día más en
venir, hubiera sido preciso amputar el brazo. Ahora os prometo que
dentro de seis semanas estará curado.
Desde aquel instante, el doctor, en un caballo del Comandante y
acompañado de uno de los criados del Conde, fue todos los
días a la choza del pobre jornalero mientras duró
la gravedad, y después dos o tres veces por semana. Prodigaron
a Nicolás toda clase de cuidados, y, seis semanas después,
Fridolín, Margarita y el convaleciente se encaminaron al
castillo de Finkenstein para dar las gracias al caritativo Comandante
por todo lo que le debían.
El bondadoso oficial, que era muy rico y que sabía por el
médico que Nicolás, a pesar de la completa curación
de su herida, no podría volver a manejar bien el brazo y
tenía que renunciar por lo tanto a todo trabajo penoso, les
señaló una pensión, prometiéndoles que
la aumentaría conforme Nicolás y Margarita fuesen
haciéndose viejos.
Al pagar la cuenta del médico, aconsejole gravemente que
en lo sucesivo se mostrase más compasivo con los pobres y
que no les negase los auxilios de la ciencia.
El corzo por su parte hallábase muy a gusto en el parque
del castillo, y entretenía mucho al Condesito con el cual
se familiarizó pronto, mostrándole tanto cariño
como a Fridolín. Cada vez estaba más grande y más
bonito; al año siguiente era ya un magnífico corzo,
arrogante y precioso. Era arisco sólo con los extraños,
y a veces mostrábase agresivo cuando se le acercaba cualquier
desconocido sin ir acompañado por algún habitante
del castillo; pero cuando se ponía furioso era cuando se
encontraba con los aldeanitos que solían meterse en el huerto
para robar fruta. Apenas veía uno, arrojábase sobre
él, le tiraba al suelo y ejercía de este modo las
funciones de guarda de la finca.
Pero con todos aquellos a quienes conocía, y hasta con los
extraños que se acercaban a verle acompañados de alguno
de los criados de la casa, el inteligente animal mostrábase
extraordinariamente manso. En verano, cuando el Conde y su familia
iban a tomar el té a la sombra de un cenador, veíase
acudir inmediatamente al precioso corzo de formas elegantes, y rondar
alrededor de la mesa pidiendo a cada uno de los presentes un pedacito
de pan.
Fridolín, que se había separado de su querido corzo,
no sin experimentar cierta pena, tenía permiso para ir a
verle y entrar en el castillo siempre que quisiese. Aprovechó
el niño el permiso yendo todos los domingos después
de misa. [104]
Los Condes estaban generalmente en el jardín y se complacían
en ver a Federico y a Fridolín entregados a los juegos y
a los ejercicios propios de su edad. Entretanto observaban cuidadosamente
al hijo del leñador. Su inteligencia, su modestia y su inalterable
alegría agradaban mucho al Conde y a su esposa. Sentían
que aquel chiquillo tan simpático estuviese destinado a ser
un simple leñador porque su pobre padre no tenía medios
para darle otro oficio, y resolvieron que Fridolín se quedase
a vivir con ellos a fin de que acompañase a su hijo y estudiase
al mismo tiempo que Federico, dejando para más adelante decidir
lo que habían de hacer con el niño, con arreglo a
sus inclinaciones y a la conducta que observase.
-Porque lo mejor que podemos hacer con nuestra fortuna -decían
los Condes- es consagrar parte de ella a sostener a los hijos de
los pobres, y la más hermosa obra de caridad consiste en
dar a esos niños una educación que les permita ser
dichosos y dignos de estimación.
Fridolín fue, pues, a vivir al castillo de Finkenstein y
compartió con el condesito los beneficios de la instrucción,
por lo que el pobre niño y sus padres mostrábanse
profundamente agradecidos a los Condes. Éstos le vistieron
convenientemente, y nuestro amiguito estaba muy guapo con su nuevo
traje. Pero lo esencial era que sabía merecer los beneficios
de sus nobles protectores por sus atenciones, su cortesía,
su carácter alegre y afectuoso y sobre todo por su fidelidad
a toda prueba. Así pues todo el mundo le quería y
le mimaba.
Mauricio estaba muy satisfecho porque, según decía,
Fridolín le debía a él, en primer lugar, su
felicidad.
-Es un muchacho excelente -solía decir-; todos los que son
como él merecen la protección de Dios y la estimación
de los hombres.
VIII
La educación de Thierry
A unas cuantas leguas del castillo de Finkenstein, en Waldon, vivía
en aquella época un hombre honrado y muy digno, llamado Juan
Mai, maestro de obras muy hábil, o por mejor decir arquitecto
peritísimo. Magdalena, su mujer, pertenecía a una
distinguida familia de la clase media. Estaba en una posición
muy desahogada y su casa edificada por él mismo en la plaza,
cerca de la iglesia, era una de las mejores del pueblo.
Los esposos amaban tiernamente a su único hijo, precioso
chiquillo, listo y gracioso como él solo, y no pensaban más
que en educarle bien. Pero desgraciadamente los padres tomaron dos
caminos opuestos. Deseaba el padre hacer de su hijo un buen cristiano,
un ciudadano honrado, en tanto que la madre quería que llegase
a ser en su día el hombre más dichoso y más
considerado de la comarca.
-Mira, Magdalena -decíale su marido-; procuremos en primer
lugar que sea un hombre honrado; la felicidad y la consideración
vendrán después por sí solas.
Pensaba el padre, con razón, que la buena educación
debe empezar desde la cuna y que conviene acudir con tiempo para
dominar el egoísmo natural y las violentas pasiones de la
infancia.
Magdalena, por el contrario, no se preocupaba más que de
lo exterior, de vestir muy bien a su Thierry enseñándole
principalmente a estar muy derecho, a andar con garbo y a saludar
con mucha gracia y cerraba los ojos a todos los demás defectos
que su marido se esforzaba inútilmente en reprimir.
La madre no quería oír hablar de semejante severidad;
nunca pudo imponer el menor castigo a su hijo. Cuando el pequeñuelo
empezaba, según tenía por costumbre, a gritar y a
llorar o a hacer como que lloraba para conseguir alguna cosa apresurábase
a satisfacer sus menores deseos. Su amor maternal le impedía
corregirle y [106] acostumbrarle a la obediencia. No tardó
en advertir las funestas consecuencias de su debilidad, y pronto
le fue imposible dominarle.
Desgraciadamente, Juan Mai tenía que trabajar siempre fuera
de su casa. Habíase encargado de varias obras, no sólo
en el pueblo sino en las aldeas inmediatas. Tenía que irse
a trabajar en cuanto amanecía y no volvía a su casa
hasta la hora de comer o por la noche; a veces se marchaba el lunes
y no regresaba hasta el domingo siguiente. La educación de
Thierry quedaba pues a cargo de la madre, que no cesaba de mimarlo.
Muchas veces le decía su marido:
-Magdalena, trata con más severidad a este niño, que
no nos obedece. Sigue mi ejemplo; es necesario que nos ayudemos
mutuamente; si tú deshaces cuanto yo hago, ¿cómo
podré llevar a cabo mi obra?
Aunque Magdalena no carecía de inteligencia, su cariño
la cegaba hasta tal punto que parecía no advertir los mayores
defectos de su hijo o si los advertía no le castigaba por
ellos.
Aún era Thierry muy pequeño y ya se permitía
levantar la mano a su madre. Ésta, en vez de reprenderle,
contentábase con decirle:
-Ten más juicio, tunantuelo; mira que no te voy a querer.
Un día atreviose el niño a pegar a su padre, que quería
quitarle de las manos un cuchillo recién afilado. Juan Mai
cogió inmediatamente una varita y le dio con ella unos cuantos
golpes en los dedos.
-Pero ¿acaso un niño tan pequeño como Thierry
se da cuenta del daño que puede hacer a los demás
o a sí mismo? -exclamó la madre.
-Pues precisamente porque no lo sabe es necesario hacérselo
comprender -replicó el padre-. Ciertamente no apruebo la
costumbre de pegar a los niños; si bastasen las amonestaciones,
no emplearía otros medios; pero los gérmenes del vicio
deben extirparse cuanto antes.
Un día entró Juan en el cuarto de Thierry para coger
unos dibujos y unos planos, y en el fondo de un armario encontró
dos hermosas manzanas que aún no estaban maduras. Preguntole
a su hijo quién se las había dado, y el niño
respondió.
-Me las dio Francisco, el hijo del boticario.
Mai interrogó a Francisco, que no sabía una palabra
de tales manzanas, y Thierry, viendo descubierta su mentira, tuvo
que confesar que las había visto a través de la verja
de un huerto cercano, y que con ayuda de un palo en cuya punta había
atado un clavo en forma de gancho había conseguido cogerlas.
Magdalena estuvo a punto de soltar la carcajada, admirando la diablura
del chico y su extraordinaria inventiva; pero su marido dijo con
severidad:
-Esta acción es propia de un ladrón.
Y castigó a su hijo con inusitado rigor. Magdalena, desesperada,
exclamó: [107]
-¡Parece mentira, castigar con tanta crueldad a esta pobre
criatura por dos tristes manzanas que no valen cinco céntimos!...
-No lo castigo por lo que las manzanas valgan -replicó su
marido- sino porque no ha escuchado la voz de su conciencia y no
ha consultado más que con su glotonería y sus apetitos.
En vez de acatar las leyes de la justicia y de la bondad, no ha
obedecido más que a su capricho; ha violado los preceptos
de Dios y se ha dejado arrastrar, como un irracional, por sus malas
inclinaciones; ya ha dado el primer paso en el camino de la perversidad.
El paraíso se perdió por una manzana, y si no castigásemos
al niño por esta falta se aficionaría al robo, se
atrevería a sustraer otras cosas, y nuestro Thierry acabaría
por ser un criminal e impío, se olvidaría de Dios
y sería el más desgraciado de los hombres.
Apelando a otros muchos medios, procuró Juan hacer comprender
a su hijo la gravedad de la falta que había cometido. A la
hora de la comida le dijo.
-Un ladrón y un embustero no puede sentarse a la mesa de
unas personas honradas.
Y puso de rodillas a Thierry en un rincón del cuarto, y para
castigar su glotonería, que le había inducido a robar,
no le dio por toda comida sino pan y agua. Pero Magdalena guardó
disimuladamente a su tesoro, como llamaba al niño, un pedazo
de carne y algunos dulces, y al darle de comer le dijo acariciándole:
-Come, ángel mío; no llores. Tu padre es demasiado
severo contigo, pero no lo tomes muy a pecho; no te aflijas. Mañana
estará todo el día fuera de casa, y entonces podrás
jugar y divertirte cuanto quieras.
De esta suerte, el ciego cariño de la madre destruía
el efecto de la prudente severidad del padre. Desde aquel día,
Magdalena llegó hasta ocultar a su marido todas las faltas
que cometía Thierry mientras él estaba fuera. No tardó
el niño en advertirlo, y a consecuencia de ello tornose más
desobediente y más díscolo.
Aunque su padre era muy severo, Thierry le tenía un respeto
verdaderamente filial, y este respeto era mucho más sincero
que el cariño que demostraba a su madre. Chocábale
esto a Magdalena porque no reflexionaba que Thierry estimaba a su
padre y la despreciaba a ella en el fondo, y que no puede existir
el cariño filial cuando no existe el respeto.
Juan solía decirle:
-Magdalena: tu hijo debe aprender, en primer lugar, a temer a sus
padres; el cariño se desarrollará más tarde.
Con estos principios pasa como con el amor y el temor de Dios: El
temor de Dios es el fundamento de la virtud; el amor es la recompensa.
Así pues el padre, para inspirar a su hijo este saludable
temor, le hablaba mucho de Dios con la mayor veneración y
procuraba inculcarle los piadosos sentimientos que abrigaba su corazón
y en los cuales cifraba su dicha.
Esforzábase al mismo tiempo en inspirar a aquella tierna
alma [108] profundo aborrecimiento al pecado, y le enseñó
una porción de bellísimas oraciones para impetrar
la protección del Señor.
Por desgracia, el niño se quedó demasiado pronto sin
su excelente padre. Juan Mai estaba haciendo un pozo muy profundo.
Bajó a él un día, y apenas hacía unos
minutos que estaba en el fondo cuando sintió un frío
repentino. Volvió a su casa y se acostó, pero su indisposición
tomó muy pronto alarmantes caracteres.
Comprendiendo que no se restablecería apresurose a poner
en orden sus asuntos temporales y espirituales, y después
de recibir el Santo Viático con ejemplar devoción,
quiso aprovechar sus últimos momentos para exhortar a su
mujer a educar a su hijo en los saludables principios del cristianismo,
y, mientras que se lo permitieron las fuerzas, estuvo dándole
excelentes consejos. Llamó también a su hijo, y le
encargó que fuese siempre un hombre honrado y un buen cristiano.
Apenas terminó su paternal exhortación, cuando sintió
que nuevamente le abandonaban sus fuerzas. Extendiendo sus manos,
ya heladas, bendijo a su hijo y a su mujer, y murió llorado
de todos. La inconsolable viuda y el desgraciado huerfanito cubrieron
de lágrimas el cuerpo de aquel excelente padre, y lloraron
amargamente al pie de su tumba.
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