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El nacimiento
de la tragedia
Friedrich Nietzche
Ensayo de autocrítica
Sea lo que sea aquello que esté a la base de este libro problemático:
una cuestión de primer rango y máximo atractivo tiene
que haber sido, y además una cuestión profundamente
personal - testimonio de ello es la época en la cual surgió,
pese a la cual surgió, la excitante época de la guerra
francoalemana de 1870-
1871. Mientras los estampidos de la batalla de Wörth se expandían
sobre Europa, el hombre caviloso y amigo de enigmas a quien se le
deparó la paternidad de este libro estaba en un rincón
cualquiera de los Alpes, muy sumergido en sus cavilaciones y enigmas,
en consecuencia muy preocupado y despreocupado a
la vez, y redactaba sus pensamientos sobre los griegos, -núcleo
del libro extraño y difícilmente accesible a que va
a estar dedicado este tardío prólogo (o epílogo).
Unas semanas más tarde: y también él se encontraba
bajo los muros de Metz, no desembarazado aún de los signos
de interrogación que había colocado junto a la presunta
«jovialidad» de los griegos y junto al arte griego;
hasta que por fin, en aquel mes de hondísima tensión
en que en Versalles se deliberaba sobre la paz, también él
consiguió hacer la paz
consigo mismo, y mientras convalecía lentamente de una enfermedad
que había contraído en el campo de batalla, comprobó
en sí de manera definitiva el «nacimiento de la tragedia
en el espíritu de la música». -
¿En la música? ¿Música y tragedia? ¿Griegos
y música de tragedia? ¿Griegos y la obra de arte del
pesimismo? La especie más lograda de hombres habidos hasta
ahora, la más bella, la más envidiada, la que más
seduce a vivir, los griegos - ¿cómo?, ¿es que
precisamente ellos tuvieron necesidad de la tragedia?
¿Más aún - del arte? ¿Para qué
- el arte griego?...
Se adivina el lugar en que con estas preguntas quedaba colocado
el gran signo de interrogación acerca del valor de la existencia.
¿Es el pesimismo, necesariamente, signo de declive, de ruina,
de fracaso, de instintos
fatigados y debilitados? - ¿como lo fue entre los indios,
como lo es, según todas las apariencias, entre nosotros los
hombres y europeos «modernos»? ¿Existe un pesimismo
de la fortaleza? ¿Una predilección intelectual por
las cosas duras, horrendas, malvadas, problemáticas de la
existencia, predilección nacida de
un bienestar, de una salud desbordante, de una plenitud de la existencia?
¿Se da tal vez un sufrimiento causado por esa misma sobreplenitud?
¿Una tentadora valentía de la más aguda de
las miradas, valentía que anhela lo terrible, por considerarlo
el enemigo, el digno enemigo en el que poder poner a prueba su fuerza?,
¿en el que ella quiere aprender qué es «el sentir
miedo»? ¿Qué significa, justo entre los griegos
de la época
mejor, más fuerte, más valiente, el mito trágico?
¿Y el fenómeno enorme de lo dionisíaco? ¿Qué
significa, nacida de él, la tragedia? - Y por otro lado:
aquello de que murió la tragedia, el socratismo de la moral,
la dialéctica, la suficiencia y la jovialidad del hombre
teórico - ¿cómo?, ¿no podría
ser justo ese socratismo un
signo de declive, de fatiga, de enfermedad, de unos instintos que
se disuelven de modo anárquico? ¿Y la «jovialidad
griega» del helenismo tardío, tan sólo un arrebol
de crepúsculo? ¿La voluntad epicúrea contra
el pesimismo, tan sólo una precaución del hombre que
sufre? Y la ciencia misma, nuestra ciencia - sí, ¿qué
significa en general, vista como síntoma de vida, toda ciencia?
¿Para qué, peor aún, de dónde - toda
ciencia? ¿Cómo? ¿Acaso es el cientificismo
nada más que un miedo al pesimismo y una escapatoria frente
a él? ¿Una defensa sutil obligada contra la verdad?
¿Y hablando en términos morales, algo así como
cobardía y falsedad? ¿Hablando en términos
no-morales, una astucia? Oh Sócrates, Sócrates, ¿fue
ése acaso tu secreto? Oh ironista misterioso, ¿fue
ésa acaso tu - ironía? - -
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Lo que yo conseguí aprehender entonces, algo terrible y peligroso,
un problema con cuernos, no necesariamente un toro precisamente,
en todo caso un problema nuevo: hoy yo diría que fue el problema
de la ciencia misma - la ciencia concebida por vez primera como
problemática, como discutible. Pero el libro en que entonces
encontraron desahogo mi valor y mi suspicacia juveniles - ¡qué
libro tan imposible tenía que surgir de una tarea tan contraria
a la juventud! Construido nada más que a base de vivencias
propias prematuras y demasiado verdes, todas las cuales estaban
junto al umbral de lo comunicable, colocado en el terreno del arte
- pues el problema de la ciencia no puede ser conocido en el terreno
de la ciencia -, acaso un libro para artistas dotados accesoriamente
de capacidades analíticas y retrospectivas (es decir, para
una especie excepcional de artistas, que hay que buscar y que ni
siquiera se querría buscar...), lleno de innovaciones psicológicas
y de secretos de artista, con una metafísica de artista en
el trasfondo, una obra juvenil llena de valor juvenil y de juvenil
melancolía, independi ente, obstinadamente autónoma
incluso allí
donde parece plegarse a una autoridad y a una veneración
propia, en suma, una primera obra, también en el mal sentido
de la expresión, que, pese a su problema senil, adolece de
todos los defectos de la juventud,
sobre todo de su «excesiva longitud», de su «tormenta
y arrebato» (Sturm und Drang): por otra parte, teniendo en
cuenta el éxito que obtuvo (especialmente en el gran artista
a que ella se dirigía como para un diálogo, en Richard
Wagner), un libro probado, quiero decir, un libro que, en todo caso,
ha satisfecho «a los mejores de su tiempo». Ya por esto
debería ser tratado con cierta deferencia y silencio; a pesar
de ello yo no quiero reprimir del todo el decir cuán desagradable
se me aparece ahora, cuán extraño está ahora
ante mí dieciséis años después - ante
unos ojos más viejos, cien veces más exigentes, pero
que en modo alguno
se han vuelto más fríos, ni tampoco más extraños
a aquella tarea a la que este temerario libro osó por vez
primera acercarse - ver la ciencia con la óptica del artista,
y el arte, con la de la vida...
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Dicho una vez más, hoy es para mí un libro imposible
- lo encuentro mal escrito, torpe, penoso, frenético de imágenes
y confuso a causa de ellas, sentimental, acá y allá
azucarado hasta lo femenino, desigual en el tempo [ritmo], sin voluntad
de limpieza lógica, muy convencido, y por ello, eximiéndose
de dar demostraciones, desconfiando incluso de la pertinencia de
dar demostraciones, como un libro para iniciados, como una «música»
para aquellos que han sido bautizados en la música, que desde
el comienzo de las cosas están ligados por experiencias artísticas
comunes y raras, como signo de reconocimiento para
quienes sean in artibus [en cuestiones artísticas] parientes
de sangre, - un libro altanero y entusiasta, que de antemano se
cierra al profanum vulgus [vulgo profano] de los «cultos»
más aún que al «pueblo», pero que, como
su influjo demostró y demuestra, tiene que ser también
bastante experto en buscar sus compañeros de entusiasmo y
en atraerlos hacia nuevos senderos ocultos y hacia nuevas pistas
de baile. Aquí hablaba en todo caso, - esto se admitió
con tanta curiosidad como repulsa - una voz extraña, el discípulo
de un «dios
desconocido» todavía, que por el momento se escondía
bajo la capucha del docto, bajo la pesadez y el desabrimiento dialéctico
del alemán, incluso bajo los malos modales del wagneriano;
había aquí un espíritu que sentía necesidades
nuevas, carentes aún de nombre, una memoria rebosante de
preguntas, experiencias, secretos, a cuyo margen estaba escrito
el nombre Dioniso como un signo más de interrogación:
aquí hablaba - así se dijo la gente con suspicacia
- una especie de alma mística y casi menádica, que
con esfuerzo y de manera arbitraria, casi indecisa sobre si lo que
quería era comunicarse u ocultarse, parecía
balbucear en un idioma extraño. Esa «alma nueva»
habría debido cantar - ¡y no hablar! Qué lástima
que lo que yo tenía entonces que decir no me atreviera a
decirlo como poeta: ¡tal vez habría sido capaz de hacerlo!
O, al menos, como filólogo: - ¡pues todavía
hoy para el filólogo está casi todo por descubrir
y desenterrar aún en este campo! Sobre todo el problema de
que aquí hay un problema, - y de que, ahora y antes, mientras
no tengamos una respuesta a la pregunta «¿qué
es lo dionisíaco?», los griegos continúan siendo
completamente desconocidos e inimaginables...
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Sí, ¿qué es lo dionisíaco? - En este
libro hay una respuesta a esa pregunta - en él habla alguien
que «sabe», el iniciado y discípulo de su dios.
Tal vez ahora yo hablaría con más cautela y menos
elocuencia acerca de una cuestión psicológica tan
difícil como es el origen de la tragedia entre los griegos.
Una cuestión fundamental es la relación del griego
con el dolor, su grado de sensibilidad, - ¿permaneció
idéntica
a sí misma esa relación?, ¿o se invirtió?
- la cuestión de si realmente su cada vez más fuerte
anhelo de belleza, de fiestas, de diversiones, de nuevos cultos,
surgió de una carencia, de una privación, de la melancolía,
del dolor. Suponiendo, en efecto, que precisamente esto fuese verdadero
- y Pericles (o Tucídides) nos lo da a entender en el gran
discurso fúnebre -: ¿de dónde tendría
que proceder el anhelo contrapuesto a éste y surgido antes
en el tiempo, el anhelo de lo feo, la buena y rigurosa voluntad,
propia del heleno primitivo, de pesimismo, de mito trágico,
de dar imagen a todas las cosas terribles, malvadas, enigmáticas,
aniquiladoras, funestas que hay en el fondo de la existencia, -
de dónde tendría que provenir
entonces la tragedia? ¿Acaso del placer, de la fuerza, de
una salud desbordante, de una plenitud demasiado grande? ¿Y
qué significado tiene entonces, hecha la pregunta fisiológicamente,
aquella demencia de que surgió tanto el arte trágico
como el cómico, la demencia dionisíaca? ¿Cómo?
¿Acaso no es la demencia, necesariamente, síntoma
de degeneración, de declive, de una cultura demasiado tardía?
¿Existen acaso -
una pregunta para médicos de locos - neurosis de la salud?,
¿de la juventud y juvenilidad de los pueblos?
¿A qué apunta aquella síntesis de dios y macho
cabrío que se da en el sátiro? ¿En razón
de qué vivencia de sí mismo, para satisfacer a qué
impulso tuvo el griego que imaginarse como un sátiro al entusiasta
y hombre primitivo dionisíaco? Y en lo que se refiere al
origen del coro trágico: ¿hubo acaso arrebatos endémicos
en aquellos siglos en que el cuerpo griego florecía, y el
alma griega desbordaba de vida? ¿Visiones y alucinaciones
que se transmitían a comunidades enteras, a asambleas enteras
reunidas para el culto? ¿Y si ocurriera que los griegos tuvieron,
precisamente en medio de la riqueza de su juventud, la voluntad
de lo
trágico y fueron pesimistas?, ¿que fue justo la demencia,
para emplear una frase de Platón, la que trajo las máximas
bendiciones sobre la Hélade?, ¿y que, por otro lado,
y a la inversa, fue precisamente en los tiempos de su disolución
y debilidad cuando los griegos se volvieron cada vez más
optimistas, más superficiales, más comediantes, también
más ansiosos de lógica y de logicización del
mundo, es decir, a la vez «más joviales» y «más
científicos»? ¿Y si tal vez, a despecho de todas
las «ideas modernas» y los prejuicios del gusto democrático,
pudieran la victoria del optimismo, la racionalidad predominante
desde entonces, el utilitarismo práctico y teórico,
así como la misma democracia, de la que son contemporáneos,
-
ser un síntoma de fuerza declinante, de vejez inminente,
de fatiga fisiológica? ¿Y precisamente no - el pesimismo?
¿Fue Epicuro un optimista - precisamente en cuanto hombre
que sufría? - - Ya se ve que es todo un fardo de difíciles
cuestiones el que este libro cargó sobre sus espaldas - ¡añadamos
además su cuestión más difícil! ¿Qué
significa, vista con la óptica de la vida, - la moral?...
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Ya en el «Prólogo a Richard Wagner» el arte -
y no la moral - es presentado como la actividad propiamente metafísica
del hombre; en el libro mismo reaparece en varias ocasiones la agresiva
tesis de que sólo como fenómeno estético está
justificada la existencia del mundo. De hecho el libro entero no
conoce, detrás de todo acontecer, más que un sentido
y un ultra-sentido de artista, - un «dios», si se quiere,
pero, desde luego, tan sólo un dios-artista completamente
amoral y desprovisto de escrúpulos, que tanto en el construir
como en el destruir, en el bien como en el mal, lo que quiere es
darse cuenta de su placer y su soberanía idénticos,
un dios-artista que, creando mundos, se desembaraza de la necesidad
implicada en la plenitud y la sobreplenitud, del sufrimiento de
las antítesis en él acumuladas. El mundo, en cada
instante la
alcanzada redención de dios, en cuanto es la visión
eternamente cambiante, eternamente nueva del ser más sufriente,
más antitético, más contradictorio, que únicamente
en la apariencia sabe redimirse: a toda esta metafísica de
artista se la puede denominar arbitraria, ociosa, fantasmagórica
-, lo esencial en esto está en que ella delata ya un espíritu
que alguna vez, pese a todos los peligros, se defenderá contra
la interpretación y el significado morales de la existencia.
Aquí se anuncia, acaso por vez primera, un pesimismo «más
allá
del bien y del mal», aquí se deja oír y se formula
aquella «perversidad de los sentimientos» contra la
que Schopenhauer no se cansó de disparar de antemano sus
más coléricas maldiciones y piedras de rayo, - una
filosofía que osa situar, rebajar la moral misma al mundo
de la apariencia y que la coloca no sólo entre las «apariencias»
(en el sentido de este terminus technicus idealista), sino entre
los «engaños», como apariencia, ilusión,
error, interpretación, aderezamiento, arte. Acaso donde mejor
pueda medirse la profundidad de esta tendencia antimoral es en el
precavido y hostil silencio con que en el libro entero se
trata al cristianismo, - el cristianismo en cuanto es la más
aberrante variación sobre el tema moral que la humanidad
ha llegado a escuchar hasta este momento. En verdad, no existe antítesis
más grande de la interpretación y justificación
puramente estéticas del mundo, tal como en este libro se
las enseña, que la doctrina cristiana, la cual es y quiere
ser sólo moral, y con sus normas absolutas, ya con su veracidad
de Dios por ejemplo, relega el arte, todo arte, al reino de la mentira,
- es decir, lo niega, lo reprueba, lo condena. Detrás de
semejante modo de pensar y valorar, el cual, mientras sea de alguna
manera auténtico, tiene que ser hostil al arte, percibía
yo también desde siempre lo hostil a la vida, la rencorosa,
vengativa
aversión contra la vida misma: pues toda vida se basa en
la apariencia, en el arte, en el engaño, en la óptica,
en la necesidad de lo perspectivístico y del error. El cristianismo
fue desde el comienzo, de manera esencial y básica, náusea
y fastidio contra la vida sentidos por la vida, náusea y
fastidio que no hacían más que disfrazarse, ocultarse,
ataviarse con la creencia en «otra» vida distinta o
«mejor». El odio al «mundo», la maldición
de los afectos, el miedo a la belleza y a la sensualidad, un más
allá inventado para calumniar mejor el más acá,
en el fondo un anhelo de hundirse en la nada, en el final, en el
reposo, hasta llegar al
«sábado de los sábados» - todo esto, así
como la incondicional voluntad del cristianismo de admitir valores
sólo morales me pareció siempre la forma más
peligrosa y siniestra de todas las formas posibles de una «voluntad
de ocaso»; al menos, un signo de enfermedad, fatiga, desaliento,
agotamiento, empobrecimiento hondísimos de la vida, - pues
ante la moral (especialmente ante la moral cristiana, es decir,
incondicional) la vida tiene que carecer de razón de manera
constante e inevitable, ya que la vida es algo esencialmente
amoral, - la vida, finalmente, oprimida bajo el peso del desprecio
y del eterno «no», tiene que ser sentida como indigna
de ser apetecida, como lo no-válido en sí. La moral
misma - ¿cómo?, ¿acaso sería la moral
una «voluntad de negación de la vida», un instinto
secreto de aniquilación, un principio de ruina, de empequeñecimiento,
de calumnia, un comienzo del final? ¿Y en consecuencia, el
peligro de los peligros?...
Contra la moral, pues, se levantó entonces, con este libro
problemático, mi instinto, como un instinto defensor de la
vida, y se inventó una doctrina y una valoración radicalmente
opuestas de la vida, una doctrina y una valoración puramente
artísticas, anticristianas. ¿Cómo denominarlas?
En cuanto filólogo y hombre de palabras las bauticé,
no sin cierta libertad - ¿pues quién conocería
el verdadero nombre del Anticristo? - con el nombre de un dios griego:
las llamé dionisíacos. -
6
¿Se entiende cuál es la tarea que yo osé rozar
ya con este libro?... ¡Cuánto lamento ahora el que
no tuviese yo entonces el valor (¿o la inmodestia?) de permitirme,
en todos los sentidos, un lenguaje propio para expresar unas intuiciones
y osadías tan propias, - el que intentase expresar penosamente,
con fórmulas schopenhauerianas y kantianas, unas valoraciones
extrañas y nuevas, que iban radicalmente en contra tanto
del espíritu de Kant y de Schopenhauer como de su gusto!
¿Cómo pensaba, en efecto, Schopenhauer acerca de la
tragedia? «Lo que otorga a todo lo trágico el empuje
peculiar hacia la elevación» - dice en El mundo como
voluntad y representación, II, 495- «es la aparición
del conocimiento de que el mundo, la vida no pueden dar una satisfacción
auténtica, y, por tanto, no son dignos de nuestro apego:
en esto consiste el espíritu trágico -, ese espíritu
lleva, según esto, a la resignación». ¡Oh,
de qué modo tan distinto me hablaba Dioniso a mí!
¡Oh, cuán lejos de mí se hallaba entonces justo
todo ese resignacionismo! - Pero en el libro hay algo mucho peor,
que yo ahora lamento más aún que el haber oscurecido
y estropeado con fórmulas schopenhauerianas unos presentimientos
dionisíacos: a saber, ¡el haberme echado a perder en
absoluto el grandioso problema griego, tal como a mí se me
había aparecido, por la injerencia de las cosas moder-
nísimas! ¡El haber puesto esperanzas donde nada había
que esperar, donde todo apuntaba, con demasiada claridad, hacia
un foral! ¡El haber comenzado a descarriar, basándome
en la última música alemana, acerca del «ser
alemán», como si éste se hallase precisamente
en trance de descubrirse y de reencontrarse a sí mismo -
y esto en una época en que el espíritu alemán,
que no hacía aún mucho tiempo había tenido
la voluntad de dominar sobre Europa, la fuerza de guiar a Europa,
acababa de presentar su abdicación definitiva e irrevocable,
y, bajo la pomposa excusa de fundar un Reich, realizaba su tránsito
a la mediocrización, a la democracia y a las «ideas
modernas»! De hecho, entre tanto he aprendido a pensar sin
esperanza ni indulgencia alguna acerca de ese «ser alemán»,
y asimismo acerca de la música alemana de ahora, la cual
es romanticismo de los pies a la cabeza y la menos griega de todas
las formas posibles de arte: además, una destrozadora de
nervios de primer rango, doblemente peligrosa en un pueblo que ama
la bebida y honra la oscuridad como una virtud, es decir, en su
doble condición de narcótico que embriaga y, a la
vez, obnubila. - Al margen, claro está, de todas las esperanzas
apresuradas y de todas las erróneas aplicaciones a la realidad
del presente con que yo me eché a perder entonces mi primer
libro, permanecerá en lo sucesivo el gran signo de interrogación
dionisíaco, tal como fue en él planteado, también
en lo que se refiere a la música: ¿cómo tendría
que estar hecha una música que no tuviese ya un origen romántico,
como lo tiene la música alemana - sino un origen dionisíaco?...
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-Pero, señor mío, ¿qué es romanticismo
en el mundo entero si su libro no es romanticismo? ¿Es que
el odio profundo contra el «tiempo de ahora», contra
la «realidad» y las «ideas modernas», puede
ser llevado más lejos de lo que se llevó en su metafísica
de artista? - ¿la cual prefiere creer hasta en la nada, hasta
en el demonio, antes que en el «ahora»? ¿No se
oye, por debajo de toda su polifonía contrapuntística
y de su seducción de los oídos, el zumbido de un bajo
continuo de cólera y de placer destructivo, una rabiosa
resolución contra todo lo que es «ahora», una
voluntad que no está demasiado lejos del nihilismo práctico
y que parece decir «¡prefiero que nada sea verdadero
antes de que vosotros tengáis razón, antes de que
vuestra verdad tenga razón!»? Escuche usted mismo,
señor pesimista y endiosador del arte, con un oído
un poco más abierto, un único pasaje escogido de su
libro, aquel pasaje que habla, no sin elocuencia, de los matadores
de dragones, y que sin duda tiene un sonido capcioso y embaucador
para oídos y corazones
jóvenes: ¿o es que no es ésta la genuina y
verdadera profesión de fe de los románticos de 1830
bajo la máscara del pesimismo de 1850?, tras de la cual confesión
se preludia ya el usual fínale de los románticos,
-
quiebra, hundimiento, retorno y prosternación ante una vieja
fe, ante el viejo dios... ¿O es que ese su libro de pesimista
no es un fragmento de antihelenidad y de romanticismo, incluso algo
«tan embriagador como obnubilante», un narcótico
en todo caso, hasta un fragmento de música, de música
alemana? Escúchese: Imaginémonos una generación
que crezca con esa intrepidez de la mirada, con esa heroica tendencia
hacia lo enorme, imaginémonos el paso audaz de esos matadores
de dragones, la orgullosa temeridad con que vuelven la espalda a
todas las doctrinas de debilidad del optimismo, para «vivir
resueltamente» en lo entero
y pleno: ¿acaso no sería necesario que el hombre trágico
de esa cultura, en su autoeducación para la seriedad y para
el horror, tuviese que desear un arte nuevo, el arte del consuelo
metafísico, la tragedia, como la Helena a él debida,
y que exclamar con Fausto:
¿Y no debo yo, con la violencia más llena de anhelo,
traer a la vida esa figura única entre todas?-.
«¿Acaso no sería necesario?»... ¡No,
tres veces no!, jóvenes románticos: ¡no sería
necesario! Pero es
muy probable que eso finalice así, que vosotros finalicéis
así, es decir, «consolados», como está
escrito, pese a toda la autoeducación para la seriedad y
para el horror, «ametafísicamente consolados»,
en suma, como finalizan los románticos, cristianamente...
¡No! Vosotros deberíais aprender antes el arte del
consuelo
intramundano, - vosotros deberíais aprender a reír,
mis jóvenes amigos, si es que, por otro lado, queréis
continuar siendo completamente pesimistas; quizás a consecuencia
de ello, como reidores, mandéis alguna vez al diablo todo
el consuelismo metafísico - ¡y, en primer lugar, la
metafísica! O, para decirlo con el lenguaje de aquel trasgo
dionisíaco que lleva el nombre de Zaratustra:
Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba!
¡más arriba!, ¡y no me olvidéis tampoco
las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros
buenos bailarines, y aún mejor: ¡sosteneos incluso
sobre la cabeza!
Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: yo mismo me
he puesto sobre mi cabeza esta corona, yo mismo he santificado mis
risas. A ningún otro he encontrado suficientemente fuerte
hoy para hacer esto.
Zaratustra el bailarín, Zaratustra el ligero, el que hace
señas con las alas, uno dispuesto a volar, haciendo señas
a todos los pájaros, preparado y listo, bienaventurado en
su ligereza: -
Zaratustra el que dice verdad, Zaratustra el que ríe verdad,
no un impaciente, no un incondicional, sí uno que ama los
saltos y las piruetas: ¡yo mismo me he puesto esa corona sobre
mi cabeza! Esta corona del que ríe, esta corona de rosas:
¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona!
Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprendedme
- ¡a reír! Así habló Zaratustra, cuarta
parte
Prólogo a Richard Wagner
Con el fin de mantener lejos de mí todas las críticas,
irritaciones y malentendidos a que los pensamientos reunidos en
este escrito darán ocasión, dado el carácter
peculiar de nuestro público estético, y con el fin
también de poder escribir las palabras introductorias con
idéntica delicia contemplativa de la cual él mismo,
como petrefacto de horas buenas y enaltecedoras, lleva los signos
en cada hoja, voy a imaginarme el instante en que usted, mi muy
venerado amigo, recibirá este escrito: cómo, acaso
tras un paseo vespertino
por la nieve invernal, mira usted el Prometeo desencadenado en la
portada, lee mi nombre, y en seguida queda convencido de que, sea
lo que sea aquello que se encuentre en este escrito, su autor tiene
algo serio y urgente que decir, y asimismo que, en todo lo que él
ideó, conversaba con usted como con alguien que
estuviera presente, y sólo le era lícito escribir
cosas que respondiesen a esa presencia. Usted recordará entonces
que yo me concentré en estos pensamientos al mismo tiempo
en que surgía su magnífico escrito conmemorativo sobre
Beethoven, es decir, en medio de los horrores y sublimidades de
la guerra que acababa de estallar. Sin embargo, errarían
quienes acaso pensasen, a propósito de esa concentración,
en la antítesis entre excitación patriótica
y disipación estética, entre seriedad valiente y juego
jovial: a éstos, si leen realmente este escrito, acaso les
quede claro, para estupor suyo, con qué problema seriamente
alemán
tenemos que habérnoslas, el cual es situado por nosotros
con toda propiedad en el centro de las esperanzas alemanas, como
vértice y punto de viraje. Pero acaso cabalmente a esos mismos
les resultará escandaloso el ver que un problema estético
es tomado tan en serio, en el caso, desde luego, de que no sean
capaces de reconocer en el arte nada más que un accesorio
divertido, nada más que un tintineo, del que sin duda se
puede prescindir, añadido a la «seriedad de la existencia»:
como si nadie supiese qué es lo que significa semejante «seriedad
de la existencia» cuando se hace esa contraposición.
A esos hombres serios sírvales para enseñarles que
yo estoy convencido de que el arte es la tarea suprema y la actividad
propiamente metafísica de esta vida, en el sentido del hombre
a quien quiero que quede dedicado aquí este escrito, como
a mi sublime precursor en esa vía.
Basilea, fin del año 1871
Uno Mucho es lo que habremos ganado para la ciencia estética
cuando hayamos llegado no sólo a la intelección lógica,
sino a la seguridad inmediata de la intuición de que el desarrollo
del arte está ligado a la duplicidad de lo apolíneo
y de lo dionisíaco: de modo similar a como la generación
depende de la dualidad de los sexos, entre los cuales la lucha es
constante y la reconciliación se efectúa sólo
periódicamente. Esos nombres se los tomamos en préstamo
a los griegos, los cuales hacen perceptibles al hombre inteligente
las profundas doctrinas secretas de su visión del arte, no,
ciertamente, con conceptos, sino con las figuras
incisivamente claras del mundo de sus dioses. Con sus dos divinidades
artísticas, Apolo y Dioniso, se enlaza nuestro conocimiento
de que en el mundo griego subsiste una antítesis enorme,
en cuanto a origen y metas, entre el arte del escultor, arte apolíneo,
y el arte no-escultórico de la música, que es el arte
de Dioniso: esos dos instintos tan diferentes marchan uno al lado
de otro, casi siempre en abierta discordia entre sí y excitándose
mutuamente a dar a luz frutos nuevos y cada vez más vigorosos,
para perpetuar en ellos la lucha de aquella antítesis, sobre
la cual sólo en apariencia tiende un puente la común
palabra «arte»:
hasta que, finalmente, por un milagroso acto metafísico de
la «voluntad» helénica, se muestran apareados
entre sí, y en ese apareamiento acaban engendrando la obra
de arte a la vez dionisíaca y apolínea de la tragedia
ática.
Para poner más a nuestro alcance esos dos instintos imaginémonoslos,
por el momento, como los mundos artísticos separados del
sueño y de la embriaguez; entre los cuales fenómenos
fisiológicos puede advertirse una antítesis correspondiente
a la que se da entre lo apolíneo y lo dionisíaco.
En el sueño fue donde, según Lucrecio, por vez primera
se presentaron ante las almas de los hombres las espléndidas
figuras de los dioses, en el sueño era donde el gran escultor
veía la fascinante estructura corporal de seres sobrehumanos,
y el poeta helénico, interrogado acerca de los secretos de
la procreación poética, habría mencionado asimismo
el sueño y habría dado una instrucción similar
a la que da Hans Sachs en Los maestros cantores:
Amigo mío, ésa es precisamente la obra del poeta,
el interpretar y observar sus sueños.
Creedme, la ilusión más verdadera del hombre
se le manifiesta en el sueño:
todo arte poético y toda poesía
no es más que interpretación de sueños que
dicen la verdad .
La bella apariencia de los mundos oníricos, en cuya producción
cada hombre es artista completo, es el presupuesto de todo arte
figurativo, más aún, también, como veremos
de una mitad importante de la poesía.
Gozamos en la comprensión inmediata de la figura, todas las
formas nos hablan, no existe nada indiferente ni innecesario. En
la vida suprema de esa realidad onírica tenemos, sin embargo,
el sentimiento traslúcido de su apariencia: al menos ésta
es mi experiencia, en favor de cuya reiteración, más
aún, normalidad, yo podría aducir varios testimonios
y las declaraciones de los poetas. El hombre filosófico tiene
incluso el presentimiento de que también por debajo de esta
realidad en que nosotros vivimos y somos yace oculta una
realidad del todo distinta, esto es, que también aquélla
es una apariencia: y Schopenhauer llega a decir que el signo distintivo
de la aptitud filosófica es ese don gracias al Cual los seres
humanos y todas las cosas se nos presentan a veces como meros fantasmas
o imágenes oníricas. La relación que el filósofo
mantiene con la realidad de la existencia es la que el hombre sensible
al arte mantiene con la realidad del sueño; la contempla
con minuciosidad y con gusto: pues de esas imágenes saca
él su interpretación de la vida, mediante esos sucesos
se ejercita para la vida. Y no son sólo acaso las imágenes
agradables y amistosas las que él experimenta en sí
con aquella inteligibilidad total: también las cosas serias,
oscuras, tristes,
tenebrosas, los obstáculos súbitos, las bromas del
azar, las esperas medrosas, en suma, toda la «divina comedia»
de la vida, con su Inferno, desfila ante él, no sólo
como un juego de sombras - pues también él vive y
sufre en esas escenas - y, sin embargo, tampoco sin aquella fugaz
sensación de apariencia; y tal vez más de uno recuerde,
como yo, haberse gritado a veces en los peligros y horrores del
sueño, animándose a sí mismo, y con éxito:
«¡Es un sueño! ¡Quiero seguir soñándolo!».
Así me lo han contado también personas que fueron
capaces de prolongar durante tres y más noches consecutivas
la causalidad de uno y el mismo sueño: hechos estos que dan
claramente testimonio de que nuestro ser más íntimo,
el substrato común de todos nosotros, experimenta el sueño
en sí con profundo placer y con alegre necesidad.
Esta alegre necesidad propia de la experiencia onírica fue
expresada asimismo por los griegos en su Apolo: Apolo, en cuanto
dios de todas las fuerzas figurativas, es a la vez el dios vaticinador.
Él, que es, según su raíz, «el Resplandeciente»,
la divinidad de la luz, domina también la bella apariencia
del mundo interno de la fantasía. La verdad superior, la
perfección propia de estos estados, que contrasta con la
sólo fragmentariamente inteligible realidad diurna, y además
la profunda consciencia de que en el dormir y el soñar la
naturaleza produce unos efectos salvadores y auxiliadores, todo
eso es a la vez el analogon
simbólico de la capacidad vaticinadora y, en general, de
las artes, que son las que hacen posible y digna de vivirse la vida.
Pero esa delicada línea que a la imagen onírica no
le es lícito sobrepasar para no producir un efecto patológico,
ya que, en caso contrario, la apariencia nos engañaría
presentándose como burda realidad
- no es lícito que falte tampoco en la imagen de Apolo: esa
mesurada limitación, ese estar libre de las emociones más
salvajes, ese sabio sosiego del dios-escultor. Su ojo tiene que
ser «solar», en conformidad con su origen; aun cuando
esté encolerizado y mire con malhumor, se halla bañado
en la solemnidad de la bella apariencia. Y así podría
aplicarse a Apolo, en un sentido excéntrico, lo que Schopenhauer
dice del hombre cogido en el velo de Maya. El mundo como voluntad
y representación, I, p. 416: «Como sobre el mar embravecido,
que, ilimitado por todos lados, levanta y abate rugiendo montañas
de olas, un navegante
está en una barca, confiando en la débil embarcación;
así está tranquilo, en medio de un mundo de tormentos,
el hombre individual, apoyado y confiando en el principium individuationis
[principio de individuación] ». Más aún,
de Apolo habría que decir que en él han alcanzado
su expresión más sublime la confianza inconclusa en
ese principium y el tranquilo estar allí de quien se halla
cogido en él, e incluso se podría designar a Apolo
como la magnífica imagen divina del principium individuationis,
por cuyos gestos
y miradas nos hablan todo el placer y sabiduría de la «apariencia»,
junto con su belleza.
En ese mismo pasaje nos ha descrito Schopenhauer el enorme espanto
que se apodera del ser humano cuando a éste le dejan súbitamente
perplejo las formas de conocimiento de la apariencia, por parecer
que el principio de razón sufre, en alguna de sus configuraciones,
una excepción. Si a ese espanto le añadimos el éxtasis
delicioso que, cuando se produce esa misma infracción del
principium individuationis, asciende desde el fondo más íntimo
del ser humano, y aun de la misma naturaleza, habremos echado una
mirada a la esencia de lo dionisíaco, a lo cual la analogía
de la embriaguez es la que más lo aproxima a nosotros. Bien
por el influjo de la bebida narcótica, de la que todos los
hombres y pueblos originarios hablan con himnos, bien con la aproximación
poderosa de la primavera, que impregna placenteramente la naturaleza
toda, despiértanse aquellas emociones dionisíacas
en cuya intensificación lo subjetivo desaparece hasta llegar
al completo olvido de sí. También en la Edad Media
alemana iban rodando de un lugar para otro, cantando y bailando
bajo el influjo de esa misma violencia dionisíaca, muchedumbres
cada vez mayores: en esos
danzantes de san Juan y san Vito reconocemos nosotros los coros
báquicos de los griegos, con su prehistoria en Asia Menor,
que se remontan hasta Babilonia y hasta los saces orgiásticos.
Hay hombres que, por falta de experiencia o por embotamiento de
espíritu, se apartan de esos fenómenos como de «enfermedades
populares», burlándose de ellos o lamentándolos,
apoyados en el sentimiento de su propia
salud: los pobres no sospechan, desde luego, qué color cadavérico
y qué aire fantasmal ostenta precisamente esa «salud»
suya cuando a su lado pasa rugiendo la vida ardiente de los entusiastas
dionisíacos.
Bajo la magia de lo dionisíaco no sólo se renueva
la alianza entre los seres humanos: también la naturaleza
enajenada, hostil o subyugada celebra su fiesta de reconciliación
con su hijo perdido, el hombre.
De manera espontánea ofrece la tierra sus dones, y pacíficamente
se acercan los animales rapaces de las rocas y del desierto. De
flores y guirnaldas está recubierto el carro de Dioniso:
bajo su yugo avanzan la pantera y el tigre. Transfórmese
el himno A la alegría de Beethoven en una pintura y no se
quede nadie rezagado con la imaginación cuando los millones
se postran estremecidos en el polvo: así será posible
aproximarse a lo dionisíaco. Ahora el esclavo es hombre libre,
ahora quedan rotas todas las rígidas, hostiles delimitaciones
que la necesidad, la arbitrariedad o la «moda insolente»
han establecido entre los hombres.
Ahora, en el evangelio de la armonía universal, cada uno
se siente no sólo reunido, reconciliado, fundido con su prójimo,
sino uno con él, cual si el velo de Maya estuviese desgarrado
y ahora sólo ondease de un
lado para otro, en jirones, ante lo misterioso Uno primordial. Cantando
y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una
comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está
en camino de echar a volar por los aires bailando. Por sus gestos
habla la transformación mágica. Al igual que ahora
los animales hablan y la tierra da leche y miel, también
en él resuena algo sobrenatural: se siente dios, él
mismo camina ahora tan estático y erguido como en sueños
veía caminar a los dioses. El ser humano no es ya un artista,
se ha convertido en una obra de arte: para suprema satisfacción
deleitable de lo Uno primordial, la potencia artística de
la naturaleza entera se revela aquí bajo los estremecimientos
de la embriaguez. El barro más noble, el mármol más
precioso son aquí amasados y tallados, el ser humano, y a
los golpes de cincel del artista dionisíaco de los mundos
resuena la llamada de los misterios eleusinos: «¿Os
postráis, millones? ¿Presientes tú al creador,
oh mundo?». -
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