Rayas: el dibujo
como experiencia de conocimiento
Roberto Echeto
Caracas, abril de 1999
Obertura
El presente ensayo tiene la particularidad de tratar un tema y
unos márgenes temáticos de los que, aparentemente,
todo el mundo tiene conocimiento. Desgraciadamente -para el ensayista-
hay tópicos que huelen a lugar común, a «a
mí se me ocurrió primero», a «eso ya
lo dijo Sócrates», a «eso lo sabe hasta mi
abuelita»... El caso es que hago esta advertencia para exorcizar
de una vez por todas cualquier gesto trivializador capaz de convertir
la lectura de este ensayo en una cacería de frases hechas
o de reflexiones alrededor del dibujo que sean moneda corriente
entre artistas, público, estudiantes y fisgones aficionados.
Todo el mundo -hasta el más lelo- tiene su opinión
sobre una actividad tan a la mano de todos como lo es dibujar,
pero así como hay buenos y malos dibujantes, hay buenos
y malos pensamientos alrededor del dibujo. Un trabajo como el
que ahora tiene el lector en sus manos está hecho luego
de haber oído, leído, experimentado y tamizado cientos
de concepciones que sobre el dibujo ha formulado nuestra cultura
occidental, amén de fijar por medio de la escritura mis
humildes preocupaciones particulares sobre un tema que me quita
el sueño.
Ahora que veo escrita esta última afirmación me
pregunto por qué me quita el sueño el dibujo, si
es algo que he disfrutado desde que tengo memoria y conciencia
de mí mismo. Creo que me preocupa el hecho de ver relegado
a segundos y terceros planos un oficio que más que un oficio
es una forma de pensamiento, un sistema de expresión paralelo
al código lingüístico, y que, como ese mismo
código, no es un arte en sí mismo, sino una materia
lista para ser tratada de acuerdo a una gramática y a unas
leyes establecidas para comunicar y darle soporte a contenidos
estéticos, conceptuales, plásticos y proyectuales
antes, ahora y siempre.
El dibujo es una actividad que está debajo de casi todas
las actividades humanas. La imagen que nos representamos del mundo
es un dibujo que mentalmente nos hacemos de él para ordenarlo,
para ponerle cotas y entenderlo. La escritura misma está
hecha con letras que son dibujos sobre los soportes que se nos
antojen. Los signos convencionales con los que a diario convivimos
en computadoras, señales de tránsito, medios de
comunicación y afines, son también dibujos. Ni hablar
de los proyectos de diseño industrial, arquitectónico
o de modas. En todos ellos vive ese acto voluntario de definición
y unión de puntos en el espacio que es el dibujo.
Por todo lo dicho me resulta difícil aceptar esa tendencia
terca del mundo contemporáneo que desdeña la expresión
dibujada, convirtiéndola en un arte mudo y servil, cuando,
paradójicamente, nunca como hoy, la humanidad había
vivido una época en la que existiera un delirio más
frenético por las imágenes que se proyectan desde
el dibujo con los recursos del dibujo. Quizás lo que no
ve nuestro mundo ciego -con todo y sus ojos ahítos de imágenes-
es que los medios con los que tradicionalmente pinchamos y retamos
nuestra imaginación, han ampliado su repertorio de trucos
y requiebros hasta crear un imaginario complejo que reclama toda
nuestra atención para ser descifrado. Hoy Dibujo no es
apenas lápiz, tinta o creyones sobre papel; es también
el mouse de la computadora, la pantalla, la reproducción
fotostática de unas líneas o la traza que deja un
dedo sobre la arena; es también la mirada que escoge lo
que quiere ver, la mente que recuerda y que le da a los objetos
«imaginados» un paradigma de contenidos, de relaciones
y medidas.
En el fondo este trabajo trata de enunciar como problema todo
lo que queda fuera de una discusión académica sobre
el tema, y todo lo que queda fuera de una fuerte sesión
de dibujo donde uno está atento de dibujar y no de romperse
la mollera pensando futilidades. Es obvio que el asunto no se
agota fácilmente, pero si Ud. encuentra que quedaron cosas
fuera del tintero, lo invito a que ordene sus geniales ideas y
escriba su propio ensayo sobre algo tan bonito y tan volátil
como el discurso dibujístico. Eso sí: hágalo
con sencilla elocuencia. Mire que el dibujo se lo merece...
El sistema de la imagen
En el principio «no» era el verbo. En el principio
era la Imagen, y la Imagen estaba en Dios, y la Imagen era Dios...
En el principio los hombres señalaron los objetos, señalaron
el mundo porque se dieron cuenta de que ellos no eran el mundo,
de que no eran la cueva que los cobijaba ni el alimento que los
mantenía. Ellos se dieron cuenta de que eran otra cosa,
un punto, un observatorio desde donde asombrarse ante el espectáculo
del universo. Ellos se descubrieron a sí mismos como esa
torre, como ese observatorio... El mundo estaba afuera y era algo
diferente a la individualidad humana. En el principio «no»
era el verbo. En el principio era la Imagen, y la Imagen estaba
en Dios, y la Imagen era Dios... Cuando los primeros hombres señalaron
las primeras cosas descubrieron que todas ellas no eran lo mismo;
que había algo: un ser, una esencia, una cualidad que las
hacía diferentes unas de las otras y que se materializaba
en las formas que el hombre primitivo podía señalar
con sus gestos corporales. De este modo se instaura el reino de
la imagen, el reino de lo que ven mis ojos y que mi cuerpo puede
indicar con su mímica para volverlo abstracto, para poder
«hablar» de él sin que se encuentre siempre
presente. Así el sol, la luna, las estrellas, los árboles,
plantas y animales dejan de ser un todo amorfo y se convierten
en objetos cognoscibles de una obra de arte universal y eterna
que vive en sí misma permitiendo que la miren y la reproduzcan
por medio de la pantomima y de la seña. Luego vinieron
las formas, las líneas y los colores insuficientes para
abarcar tanta belleza... El mundo se volvió imagen no sólo
porque se convirtió en un gran espectáculo para
la conciencia sensible, sino porque en cada hombre ese mundo comenzó
a ser pensado, reproducido y recreado cada día en la memoria
y en el pensamiento. El mundo se volvió imagen porque al
ser «leído» se convirtió en signo a
su vez reproducible en forma de pinturas o dibujos, y más
tarde, en forma de palabras y escritura.
Un toro, un caballo o cualquier animal pintado en las cuevas
de Lascaux, Altamira o Chauvet, cumple a cabalidad, como imagen,
un proceso de función sígnica, de abstracción
y conocimiento que debió surgir entre hombres que vivieron
rodeados de toros y caballos; hombres cuyo primer paso en la «lectura»
del mundo fue percatarse de que ellos no eran ni toros ni caballos;
que estos animales formaban parte de «lo otro», de
aquello que había que descifrar. Cuando el hombre se da
cuenta de sí mismo surge la conciencia que mira, toca,
huele, escucha y saborea lo otro para convertirlo en experiencia.
Por eso en el principio era la imagen, era el hombre observando
por primera vez el teatro del universo para luego reproducirlo
con trazos, colores y señales mímicas. Por otra
parte, la imagen se hizo mágica, sirvió para «dominar
y atrapar» la realidad. Tenía una existencia basada
en apropiarse del alma de las cosas, en robarse sus cualidades
únicas e irrepetibles, por eso se volvió naturalista
y mimética, semejante al mundo que reflejaba. El hombre
primitivo vio en sus primeras pinturas, no la imagen de un animal,
sino al animal. No vio el reflejo del toro, sino a la esencia
metafísica y pura de ese monstruo cuya existencia fue,
primero alimento y luego mito.
Hacia una explicación de las imágenes
Pero, de estas imágenes que resumen, explican y se apoderan
del mundo, ¿podemos decir que surge una voluntad artística?
Formular esta pregunta supone concebir al arte como una síntesis
de percepciones, y, particularmente, como un acto donde tiene
un papel protagónico la percepción visual. Para
hablar con propiedad de este asunto debemos establecer diferencias
entre sentir y percibir. Una sensación es cualquier proceso
productor de estímulos capaces de atravesar el umbral receptor
de cada uno de los cinco sentidos. Percibir es reciclar, entender,
organizar y definir todo lo que se obtuvo como información
externa por medio de los cinco sentidos. Percibir es saber lo
que se está viendo. La sensación se convierte en
un arma del conocimiento cuando deja de estar condicionada únicamente
por el hecho físico. Percibir supone explicar lo que sentimos.
Este paso, entre sentir y percibir, fue lo que hizo el hombre
primitivo del que hablábamos antes. Cada objeto, cada fenómeno
comenzó a construir en él un sedimento de experiencia
y memoria que hizo posibles la percepción de relaciones
y detalles que otros seres fueron incapaces de reconocer.
Nuestro campo visual está hecho de todo lo que nuestros
ojos puedan tocar con su mirada, de todo lo que podemos captar
gracias al sentido de la vista. La percepción visual supone
una conexión entre lo que sabemos y lo que vemos (sólo
vemos lo que sabemos). Es un acto de integración de conocimientos
que permite reconocer el universo con un alto grado de previsibilidad.
Cuando se llega a este punto, donde lo sensible está controlado
por el saber, nace un proceso que exige la síntesis de
todas las percepciones en un sistema activo que viva por sí
mismo. Ese sistema no es otra cosa que el Arte.
Un mundo que se ha vuelto «visible» unido a un hombre
que ha descubierto el medio para sintetizar sus percepciones sólo
puede dar como resultado un sistema de conocimiento basado en
la semejanza, basado en el deseo de atrapar lo inmediato, lo que
puede palparse con los sentidos. Sin embargo, cuando no existe
una visión de la realidad vista a través del lente
del conocimiento, no puede haber ninguna expresión responsable
que resuma y explique los fenómenos naturales. En consecuencia,
quienes ven en el acto reproductor y mimético de la realidad
un acto primitivo, deben tomar en cuenta que quien reproduce,
según la semejanza, el orden y las formas de los objetos
trata dos cosas aparentemente inconexas: la primera, explicárselos.
La segunda, abstraerlos de su realidad y convertirlos en signo.
En el principio «no» era el verbo. En el principio
era la Imagen, y la Imagen estaba en Dios, y la Imagen era Dios
porque el mundo se volvió abstracto cuando el primer hombre
fue capaz de ver cosas según su experiencia y su conocimiento;
tuvo que programar su cerebro para, simultáneamente, ver,
codificar y crear el gesto comunicador que haría de la
memoria un acto no sólo individual sino colectivo. Mirar
el mundo que se deja mirar no será tarea de un único
hombre sabio y mezquino, sino de una comunidad que comienza a
comprender que de la comunicación de esos signos también
depende su supervivencia.
Es curioso, cuando el hombre descubrió que el cosmos se
podía representar, lo hizo utilizando un sistema ambiguo;
un código que era lo suficientemente preciso como para
sustituir los objetos y, a la vez, tan abierto como para llamar
la atención sobre sí mismo. Esto es lo que sucede
en cualquier imagen, en cualquier dibujo o pintura realizados
bajo el criterio de la semejanza. Un toro pintado en una cueva
representa miméticamente al toro real. Los primeros espectadores
pudieron ver en esa imagen un acto educativo donde se le enseñaba
a los más jóvenes los rudimentos y especificaciones
técnicas de la cacería. Pero, por otro lado, el
dibujo del animal estaba pintado con colores fuertes y brillantes,
con líneas precisas, con manchas bien compuestas y equilibradas
que todavía hoy reclaman nuestra mirada sobre su organización
semiótica. Este proceso ambiguo y autorreflexivo propio
del signo, puede estudiarse con interesante dificultad en el sistema
de la imagen.
Cuando los primeros hombres dibujaron los objetos, crearon un
código estético y convencional basado en la reproducción
fiel de todo cuanto les rodeaba. Este sistema les sirvió
perfectamente para ejercer las bondades de un medio primitivo
de comunicación. Lo interesante es que mientras pasa el
tiempo, la mente humana se va despegando de la imagen mimética.
Los signos comienzan a funcionar sin tanto apego a la realidad,
a lo sensible; por el contrario, comienzan a moverse hacia lo
que se conoce, hacia lo que se percibe. Ya no se dibuja al toro
minuciosamente detallado; se estilizan sus formas. El hombre descubre
la geometría porque la convención, la experiencia
y la confianza en lo acertado de sus observaciones, le impulsan
a dar cierta independencia a las formas, a los colores, a las
líneas puras. Por otro lado, los contenidos también
se independizan de sus formas. La epistemología que comenzó
ligada a los objetos para entenderlos, terminó por despegárseles,
por hacerse libre, independiente y autodiscursiva. Poco a poco
la humanidad inventó y codificó sistemas de signos
mucho más exactos como, por ejemplo, la observación
de las estrellas. Esto fue algo que seguramente hicieron los primeros
hombres más de una vez. Al principio sólo se maravillaron
por la belleza del sol, la luna y los demás cuerpos celestes
brillando en la oscuridad. Luego comenzaron a unir los puntos
de las estrellas (porque sólo sabían hablar del
mundo con imágenes). Crearon verdaderos dibujos en el cielo
y pronto los relacionaron con hechos terrenales como la crecida
de los ríos o el tiempo de recolección de determinados
frutos. Un conocimiento estético del mundo los llevó
a los umbrales de toda una ciencia: la astronomía. Comparar
fenómenos los llevó a temporalizar la vida, la existencia
de todo su mundo conocido. La geometría y la matemática
también son ejemplos de sistemas que poseen, por naturaleza,
una mayor fuerza convencional, discursiva e independiente. El
hombre tardó un poco más en descubrirlas y codificarlas,
pero, al fin y al cabo, lo logró.
El dibujo como experiencia de conocimiento
Poca gente conoce la verdadera naturaleza del placer que significa
dibujar. Muchos creen que ese gusto radica en el gesto anatómico,
en el movimiento comedido de la mano, en el dominio de una técnica
o en el uso de determinados materiales. El placer que genera el
dibujo no reside allí, en la mecánica y babosa poética
del asunto; reside en la posibilidad cierta de objetivar ideas
sin pasar por el tamiz del lenguaje. Según esta afirmación,
el dibujo es otra de las formas que asume el pensamiento para
hacerse presente entre nosotros y en nuestras vidas. No cultivarlo
ni darle cabida a su existencia es sencillamente borrarnos una
manera de pensar las cosas del mundo más transparente y
menos intervenida que la generada por las vueltas del estamento
lingüístico. En este sentido el dibujo es toda una
forma de conocimiento cuya naturaleza se nos presenta alterna
y paralela a las palabras. Tanto es así que su presencia
(como toda verdadera institución intelectual) goza de una
estructura capaz de dar cuenta de lo percibido, de lo que nuestra
curiosidad nos llama a conocer a través de él. Con
el dibujo sucede que pocos son capaces de percibir su lógica
formal, y muchos menos son los dotados y entrenados para recrearla.
El dibujo tiene una lógica que no está hecha de
silogismos ni de fórmulas absolutas que se cumplen a priori;
tiene una lógica de la sensibilidad, de la expresión
y de la captura del instante. Quizás, por no haber comprendido
nunca esta lógica, el común de los mortales ha visto
-y ve- en el dibujo apenas un recurso preparatorio para artes
«mayores». De tales producciones magnas se valora
su supuesta presencia acabada, indiscutible, absoluta; no su carácter
de boceto o de idea. En el discurso del dibujo lo importante no
es la completitud de la obra. Lo verdaderamente importante radica
en la capacidad de análisis que tenga el artista frente
a su percepción de los objetos para generar una o varias
imágenes que den cuenta del pensamiento en plena actividad
de conocer.
Por todo lo dicho, por haber propuesto que el dibujo es más
una instancia intelectual que un estado de preparación
artística, por haber afirmado al dibujo como un lenguaje
y no como un mero proceso técnico, nos encontramos con
que el fin de quien dibuja es traducir el mundo a imágenes,
reducirlo a los mínimos recursos expresivos y comunicativos,
y ponerlo a vivir en el reino eterno, mudo y cualitativo del lenguaje
dibujístico. En el fondo se trata de una operación
semiótica en la cual se convierte a los objetos en signos.
Reflexionar sobre esta operación resulta algo común
si se trata del mundo de las palabras. Donde esa reflexión
no resulta común es en el ámbito de los dibujos
y de las imágenes. El mundo de la mirada es un espacio
que se nos perfila absolutamente natural y, por lo tanto, libre
de análisis. Es como si el mundo visual, por evidente,
no mereciera atención. Quizás porque concebimos
la mirada como algo dado y absoluto (sólo los ciegos pueden
concebirla de otra manera) nos resulte imposible no trivializarla.
Precisamente el dibujo ha sido la víctima más sentida
de ese proceso trivializador. No sólo se le ha concebido
como un arte preparatorio, sino que se le ha negado su naturaleza
visual. Es un lugar común muy difundido el hecho de creer
que quien dibuja «tiene una mano prodigiosa» capaz
de copiar lo que se le pose enfrente. Esa creencia popular constituye
un ejemplo de cómo se le niega al dibujo el ser producto
de una conjunción entre el ojo y el cerebro, entre la mirada
y la mente; en pocas palabras: el ser producto de un acto perceptivo.
Tal vez esa mitología que afirma al dibujo como un arte
descerebrado y puramente manual se deba a que quien dibuja tiene
la capacidad de reproducir la imagen de un objeto sin que éste
se encuentre presente. Lo que ignoran esos creadores de mitos
es que, en su virtualidad expresiva, el dibujo no tiene por qué
tener modelos reales y presentes. Todos tenemos en la memoria
la síntesis de los objetos que hemos percibido, conocido,
medido y experimentado. Por tanto podemos tomar, cuando queramos,
un trozo de grafito y dibujar un árbol, una mesa, una silla
o lo que nos dé la gana. En estos términos el dibujo
funciona como un resumen de nuestra experiencia visual acumulada
a lo largo de años concibiendo a la visión como
una actividad completamente voluntaria. Alguien educado visualmente
puede incluso dibujar sin soporte ni materia. Ese alguien puede
encontrar puntos en el espacio y unirlos con la sola voluntad
de su mirada, convirtiendo así al dibujo en una experiencia
virtual. Eso fue lo que hicieron los hombres de la antigüedad
cuando vieron el cielo y crearon las constelaciones... Ellos descubrieron
que el mundo podía resumirse a signos a los cuales se les
podía adjudicar un valor comunicativo. A nosotros nos ha
tocado codificar ese proceso que fue durante siglos asumido como
algo natural e inmanente a lo humano.
Las actualizaciones del dibujo
Resulta lógico afirmar que todo acto racionalizador genera
un discurso de aquello que se racionaliza. Definimos discurso
como entendimiento cabal de las leyes que rigen un acto, la comprensión
del orden que lo articula y la capacidad de reproducir conscientemente
sus premisas. El dibujo tiene su discurso, pero, como es natural,
con el paso del tiempo, los discursos se asumen como verdades
inalterables, se olvidan o se transforman en lugares comunes vacíos
de los cuales nadie aprende ni saca provecho. Eso es lo que ha
pasado con el dibujo: su retórica se ha visto aparentemente
aislada de los cambios tecnológicos y de las nuevas maneras
de concebir el hecho artístico en el mundo contemporáneo.
La teoría del dibujo se ha quedado con una lógica
en la que los elementos discursivos son el punto, la línea,
el plano, la exploración y reproducción del espacio
tridimensional, la fuerza expresiva de los recursos formales y
la creencia de que el dibujo es mera interacción física
entre el ojo y la mano. Hoy el dibujo es una actividad mucho más
compleja que se articula en los patios de un arte que dista mucho
de ser el tradicional.
Antes el Arte (así con mayúscula) vivía
en la pintura, en la escultura y en la música. En nuestro
mundo lo artístico no sólo vive en esas disciplinas;
vive en ellas y en muchísimas otras porque su concepto
amplió sus horizontes y sus áreas de influencia.
El arte contemporáneo es un arte ampliado; es una instancia
formal y conceptual capaz de llevar una conciencia sensible y
humanística a terrenos donde comúnmente no llega
esa conciencia. Por eso hoy en día es fácil conseguir
registros de lo artístico en la televisión, en el
diseño industrial, en los espectáculos públicos,
en la moda y hasta en la más mínima expresión
de la experiencia cotidiana. En el caso que nos ocupa, ¿qué
mejor ejemplo del dibujo como arte ampliado podemos encontrar
que los cómics publicados en la prensa y que las series
de dibujos animados que a diario transmite el medio televisivo?
Resulta curioso ver cómo todos los problemas formales que
el discurso dibujístico se ha planteado a lo largo de su
historia se encuentran presentes y resueltos en estos dos formatos.
A esos problemas de línea, perspectiva, proporción
y forma se le deben agregar ahora las complicaciones propias de
un arte masivo y sin la posibilidad de presentarse en el espacio
sagrado de una obra única. En verdad el arte contemporáneo
tiene una posibilidad ampliada, pero carece de «aura»,
de ese carácter único e irreproductible que tenían
las obras artísticas del pasado. Quizás esa sea
la explicación de por qué existen espacios estéticos
que tardaron tanto en ser considerados como legítimos.
Todavía hoy es fácil encontrar puristas rechazando
al cómic como un arte consagrado de nuestro siglo. A sus
dibujantes se les tacha de «ilustradores» y no de
artistas capaces de moldear los requiebros del dibujo para contar
una historia. Tal vez sea que las «posibilidades ampliadas»
del dibujo y del arte contemporáneo viajen a velocidades
muy superiores a las de nuestra capacidad de análisis.
Hoy es fácil ver cómo el dibujo vive como una instancia
visual mucho más certera que la misma pintura. Es más:
mientras al dibujo se le prestaba menos importancia como arte
independiente y válido en sí mismo o en los nuevos
formatos, la pintura abandonaba en parte su registro visual para
adquirir una personalidad táctil. De ese modo la pintura
cedió terreno para que otras artes asumieran definitivamente
el trono de la visualidad contemporánea. ¿Quién
se atreve a negar que nuestra manera de ver el mundo está
mucho más influida por la presencia del cine, la televisión,
la fotografía y el video que por la pintura? Nadie. El
que lo haga estará cayendo en un desmesurado anacronismo.
A todas éstas el dibujo contemporáneo se hace a
la luz de las influencias que sobre las maneras de ver tienen
los medios anteriormente citados. Esto trae como consecuencia
que se valore más la imagen en sí misma, como instancia
de comunicación, que la imagen regodeada en su propia configuración
plástica. Hoy, aparte de valorar esa iconografía
formalista desde el arte tradicional, valoramos una imagen contaminada,
pregnante, compleja y diseñada para aparecer al mismo tiempo
en miles de formatos de distinta estirpe. Esa imagen tiene la
particularidad de no aparecer desnuda de referencias, de no ser
inocente y de estar concebida para seducir al observador en un
mundo repleto de iconos que se encuentran en pasmosa competencia.
Un buen ejemplo del poder seductor de esas imágenes lo
constituyen los tatuajes. Al igual que la iconografía del
cómic o del video, la de los tatuajes es una iconografía
preconcebida y prefabricada que se actualiza en cada impresión,
en cada emisión y en cada marca en la piel. Quizás
lo que diferencie al tatuaje de otras artes visuales contemporáneas
basadas en el dibujo, es la importancia que en el mundo de los
tatuajes cobra el consumidor de la imagen. Este aserto es especialmente
importante porque nunca antes, en la historia del arte, se había
visto un medio que le permitiera a la gente expresar su afán
desmedido por consumir imágenes. Ciertamente el tatuaje
no es un arte recién inventado, pero sí es una nueva
manera de aceptar y divulgar el dibujo más exquisito que
se hace en la actualidad. A eso podemos añadir que nadie,
por voluntad propia, se tatúa una imagen de la que no se
encuentre enamorado y ceñido por una atadura moral... Enamorarse
de una imagen implica aceptar plenamente una vulnerabilidad. Somos
vulnerables a todo aquello que entra por nuestros ojos; somos
débiles ante la naturaleza sensual de lo visible. Lo interesante,
como ya mencionamos, es que la mirada no representa únicamente
un gesto sensible; representa también un gesto perceptivo:
sólo vemos lo que hemos visto; sólo podemos enamorarnos
de las imágenes capaces de hacernos evocar estados de goce
estético e intelectual. Nunca como hasta este momento de
la historia de las imágenes había sido tan importante
la posesión de una cultura imagética. Nuestro consumo
y nuestro enamoramiento de las imágenes dependen de un
constante diálogo entre las imágenes que viven guardadas
en nuestra memoria y las que viajan a través de los distintos
medios que hoy existen.
Otra de las características de la imagen contemporánea
que puede vislumbrarse en artes como el video y el tatuaje, es
su aparente independencia con respecto a la corporeidad que la
hace posible. Casi podemos afirmar que los oficios más
importantes de este fin de siglo (el diseño y la ciencia
digital) se valen de la posibilidad cierta de hacer que las imágenes
viajen alrededor del mundo, esperando a que alguien les dé
asidero físico en un sustrato material. Quien va a hacerse
un tatuaje, por ejemplo, entra a la tienda y lo primero que hace
es revisar el amplio catálogo de dibujos que seguramente
el tatuador tiene exhibido en un rincón. De ese catálogo
la persona escogerá el que mejor le parezca y, luego de
un acuerdo monetario con el artista, pasará a una salita
privada donde la imagen cambiará de sustrato y pasará
de ser una imagen virtual a ser un dibujo rayado en un cuerpo,
en una piel. En el fondo, el proceso es muy simple: la imagen
se corporeiza y pasa a vivir en nuevos ecosistemas y en nuevas
realidades. Algo semejante ocurre con el video o con la televisión.
En estos formatos las imágenes pierden su virtualidad y
su estado expresivo latente cuando las televisoras se toman el
trabajo de transmitirlas a un horario determinado y nosotros el
de sintonizarlas.
Pero, no nos engañemos. No es que la imagen contemporánea
funcione y circule sin interfaces; es que los interfaces se han
modificado para hacerse «menos presentes». Todo eso
nos trae a colación un tema la mar de interesante. La iconografía
clásica nos ofrecía tres posibilidades para analizar
y clasificar la difícil unión entre las percepciones
y la obra terminada. A ese espacio hueco, a ese pozo sin fondo
donde pueden perderse las mejores ideas, lo llamaremos «interfaz».
La historia del arte y de las imágenes podría releerse
completa si atendiésemos a cómo se han concebido
estas tres maneras de percibir las interfaces:
El objeto artístico como tal no interesa. No hay interfaz
porque podemos asumir la imagen como un divertimento en el que
participan la mirada y la mente, los ojos y el cerebro. Desarrollando
esa actividad podemos imaginarnos -en todo el sentido del término-
el mundo y los objetos, medir proporciones, establecer y unir
puntos en el espacio y hacernos del universo una imagen mental
sin asidero físico ni corpóreo.
El objeto artístico como materia que permite objetivar
una idea. Según esta premisa la imagen que se transmite
a través del dibujo, la pintura o la pantalla de video,
representa la materialización de un acto de pensamiento.
Sin ese proceso tangible el acto de pensamiento no existiría,
no habría pruebas de él o probablemente tendría
sentido, si acaso, en la instancia lingüística.
El objeto artístico como producto de una sucesiva interacción
de interfaces. Como afirmáramos en otro momento, antes
se valoraba la capacidad manual del artista. Antes importaba más
que nada el medio de expresión, las herramientas y el contacto
que el artista tuviera con ellas. Había toda una Poética
alrededor del hecho técnico, del proceso que materializaba
una idea. Así importaban «El Dibujo», «La
Pintura», «El Grabado», no el planteamiento
anecdótico ni conceptual que la pieza cargara consigo.
La obra se valoraba en tanto respetase los valores formales del
sustrato en que estaba realizada. Semejante valoración
del interfaz produjo durante siglos un asidero muy seguro para
la crítica y para el análisis de las imágenes
a lo largo de la historia del arte. Pero, lentamente, y de Marcel
Duchamp para acá, esa seguridad se ha visto minada por
dos caminos: por un lado se valoran cada vez más las palabras
que rodean y explican un proyecto artístico, y por otro
la producción de una obra de arte se ha complejizado hasta
niveles absolutamente delirantes. Hoy la mezcla de géneros
y de técnicas nos impide hablar de fotografía pura,
de pintura pura o de dibujo puro. Hoy las artes se mezclan, se
fagocitan, se remedan y se entrecruzan en un caldo de cultivo
único que genera monstruos y maravillas.
A esas tres premisas de los interfaces en la iconografía
clásica podríamos añadir una que declarase
la superación misma de los medios que hacen tangible al
dibujo o a la obra. Hoy podríamos declarar que el dibujo
siempre es «dibujo en potencia»; que siempre es «dibujo
por hacerse» y que el dibujo vive más allá
de su propia lógica y de la lógica del lenguaje
hecho de palabras. Dibujar es una instancia construida desde la
experiencia de la mirada que vive y padece en el alma de cada
ser humano que dibuja y siente la imperiosa necesidad de rayar
lo que se le atraviese para dejar constancia gráfica de
su vivencia perceptiva. La imagen que nos hacemos del mundo vive
en nosotros y le reclama al dibujante que la saque a flote siempre
y en todo lugar. Por eso podemos retornar al comienzo de este
ensayo y decir: En el principio era la Imagen, y la Imagen estaba
en Dios, y la Imagen era Dios... Aunque creo que mejor quedaría:
Desde el principio era la Imagen, y la Imagen es y será
siempre Dios encarnado en el dibujante, en el artista.
Final
Vivimos rodeados de dibujos, de signos que se nos presentan íntegros
en su grafía, comunicando, disparando información
a los aires para que nosotros la captemos, la procesemos y la
cotejemos con el desmesurado trasunto visual que inevitablemente
todos tenemos en la memoria. Es extremadamente agradable saberse
poseedor de un cúmulo de imágenes con las que podemos
entrar en contacto con sólo cerrar los ojos en plena vigilia
o en el sueño. Mejor aún es relacionar ese imaginario
con las imágenes que nos proporciona el mundo siempre cambiante,
siempre nuevo, siempre listo para gritarnos su presencia. Lo importante
para quien dibuja no es tener la mano preparada para rayar; es
tener el cerebro presto para establecer esas relaciones, para
descubrir las que existen y para crear unas nuevas. El único
y verdadero sentido que tiene la vida humana es el diálogo
con el universo que la rodea; un diálogo que debe ser para
aprender y para transformar. El dibujo es, apenas, una de las
«lenguas» con la que nuestra humanidad entabla conversación
con el mundo. Que así sea y siga siendo.