
Era criollo; nació en Lima – Perú- el 13 de junio de 1585.
Los años de su primera juventud transcurrieron desordenadamente, en un clima de libertinaje.
Su vida cambió rotundamente cuando a partir de un sueño se sintió llamado a dedicarse totalmente al servicio de los aborígenes americanos.
Ingresó a la Compañía de Jesús, y en 1611 fue ordenado sacerdote en Santiago del Estero. Ese mismo año viajó a Asunción con el Superior Provincial. Fue destinado a la región del Guayrá, donde inició su labor misional.
En el camino hacia el Guayrá, pasa por la zona de Mbaracayú donde se queda unos días administrando los sacramentos a los aborígenes del lugar. Aquí pudo observar la planta natural de la yerba, como se hacía su cosecha y procesamiento y cómo los indios eran explotados en esta tarea por los encomenderos españoles. Además, según relata en su libro “La Conquista Espiritual”: “Con el continuo curso de hablar y oír la lengua [Guaraní], vine a alcanzar facilidad en ella”.
En el Guayrá los Padres José Cataldino y Simón Mascetta ya habían fundado 2 reducciones: Loreto y San Ignacio. Con entusiasmo Montoya suma sus esfuerzos a los de estos misioneros para evangelizar, construir y organizar. Fundaron así 11 reducciones más.
Las reducciones eran pueblos integrados por comunidades indígenas reunidas para ser evangelizadas. Según el propio Ruiz de Montoya los objetivos de “reducir” a pueblos eran: facilitar la evangelización, “poner paz entre españoles e indios” y acostumbrarlos a la “vida política”, sedentaria, a la monogamia, al uso del vestido y de la tecnología.
Estas reducciones establecidas por los jesuitas en la región de los guaraníes constituyeron un sistema de evangelización que abarcaba totalmente a la persona y a su comunidad, tratando de dar solución al conjunto de problemas que enfrentaban en esa precisa circunstancia histórica, desde la perspectiva de la salvación integral en Cristo.
Desde el Guayrá Montoya escribe sus primeras impresiones al padre Provincial: “Los indios que en estos ríos están escondidos, por miedo de los españoles, son muchos, haciendo en medio de los montes y espesuras unas poblaciones muy grandes; los caciques han salido solos, con unos pocos indios, a vernos; y si entendieran que lo pudieran hacer con seguridad, vinieran muchos”. Se refiere después a la pobreza en que halló a los Padres Cataldino y Mascetta, “sin camisa y sin zapatos y la sotana con mil remiendos, que ya no se conocía el primer lienzo”. Considera que teniendo más sacerdotes y protegiéndose a los naturales de los agravios de españoles y portugueses, “se reducirán casi todos, y se hará una de las más copiosas y lucidas cristiandades que haya en las Indias”.
En 1622 fue designado Superior de la Misión del Guayrá, iniciándose una nueva etapa caracterizada por la rápida expansión misionera y una decidida agresión externa dirigida por los bandeirantes paulistas (que cazaban a los indios para convertirlos en esclavos, llevándoselos al Brasil) y por los encomenderos españoles de Villarrica y Ciudad Real.
Ante tanta muerte y desolación Montoya decide organizar el éxodo de los sobrevivientes hacia el Sur.
En su obra “La Conquista Espiritual”, nos relata: “La centinela que comúnmente teníamos, nos dio aviso de la venida del enemigo, con que los indios trataron de mudar y dejar sus tierras por escapar las vidas y libertad.
Ponía espanto ver por toda aquella playa ocupados los indios en hacer balsas, que son juntas dos canoas o dos maderos grandes cavados a modo de barco, y sobre ellos formar una casa bien cubierta que resiste el agua y sol; andaba la gente toda ocupada en bajar a la playa sus alhajas y su matalotaje, sus avecillas y crianza. El ruido de las herramientas, la prisa y la confusión, daban demostraciones de acercarse ya el juicio. ¿Y quien lo dudara, viendo seis o siete sacerdotes que allí nos hallamos, recoger los ornamentos, desenterrar tres cuerpos de misioneros insignes que allí sepultados descansaban, desamparar tan lindas y suntuosas iglesias que dejamos bien cerradas porque no se volvieran en escondrijos de bestias?
Fabricáronse en muy breve tiempo 700 balsas sin muchas canoas sueltas en que se embarcaron más de 12.000 almas, que solas escaparon en este diluvio tan tempestuoso”.
Navegaron aguas abajo por el río Paraná. Al llegar a los saltos del Guayrá, donde era obligado desembarcar para hacer un trecho por tierra, los encomenderos de Ciudad Real se habían atrincherado para no dejar pasar a los emigrantes y obligarlos a someterse al servicio personal. El obstáculo pudo superarse, pero con las mayores penurias, puesto que perdieron sus embarcaciones en los saltos y apenas pudieron avanzar acuciados por la falta de alimentos y las enfermedades, hasta alcanzar el socorro de los primeros asentamientos del Alto Paraná: Natividad del Acaray y Santa María del Iguazú, aproximadamente en los emplazamientos actuales de Ciudad del Este y Foz de Iguazú. Se retomó la vía fluvial y en marzo de 1632 llegaron a las orillas del Yabebirí, donde concluyó el penoso éxodo con la refundación de 2 reducciones: San Ignacio y Loreto.
En las regiones próximas a los ríos Uruguay y Paraná Antonio Ruiz de Montoya continuó con la tarea de organizar las reducciones. Pero los bandeirantes no cesaron de atacar los pueblos para capturar esclavos. Entonces, los superiores jesuitas decidieron enviar al P. Montoya a España para realizar gestiones ante la Corte de Felipe IV en defensa de los guaraníes. Sus ruegos fueron escuchados y –mediante distintas cédulas- el Rey condenó las incursiones bandeirantes, ordenó la libertad de los cautivos y permitió a los habitantes de las reducciones utilizar armas de fuego para su defensa. También firmó el Rey otras disposiciones en favor de los guaraníes reducidos y de la economía de sus pueblos.
En Madrid Montoya publicó sus obras de lingüística: “El Tesoro de la lengua guaraní”y “El Arte y Vocabulario de la lengua guaraní”. Escribió allí y también publicó una relación de lo acontecido en las reducciones hasta 1637 titulada “La Conquista Espiritual”. Estos libros reflejan su profundo conocimiento de la cultura guaraní y de su lengua.
Terminada su misión en España se embarcó rumbo a Lima para entregar los documentos al virrey y completar sus gestiones diplomáticas. Allí se enfermó, pero todavía alcanzó a escribir un tratado de mística: “El sílex del Divino Amor” y una “Apología en defensa de la doctrina cristiana escrita en lengua guaraní”, obras que fueron editadas recién en la década de 1990.
No pudo regresar a las Misiones pues falleció el 11 de abril de 1652; pero él había manifestado: “no permitan que mis huesos queden entre españoles, aunque muera entre ellos; procuren que vayan donde están los indios, mis queridos hijos, que allí donde trabajaron y se molieron han de descansar.” Su deseo se cumplió, los guaraníes buscaron sus restos y los trajeron a Loreto, donde se hallan sepultados.
Extraído del libro:
Amable, María Angélica-Dohmann, Karina, Historia del Montoya. Posadas, Centro de Investigaciones Históricas “Guillermo Furlong”, ISARM, 2002
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